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MADRID DÍA 24 DE DICBRE. DE 1946. NUMERO SUELTO 40 GENTS) S LA CASA INVADIDA (Cuento de Nochebuena) ro del Banco al oído de la dama de su derecha. -Pero si traen ua niño- -objetó la dama aprovechando la ocasión para proteger con su mano el collar de perlas e inducir a error acerca de su sospechosa autenticidad. -Traen todos los elementos de destrucción- -susurró el consejero- traen tanques, traen niños... tanto les da. La abuela, cuyo consumido bulto apenas sobresalía sobre los platos, habló suavemente cuando el anfitrión paseaba su mira enfurecido por los invitados como para ponerles por testigos de la insólita provocación, pero en realidad para ver si alguno ofrecía síntomas de levantarse antes que él para pelearse con el atrevido. -Déjalos, Luis- -dijo la anciana- Acojámosles como homenaje al desvalimiento del Niño Jesús. -Pues ya está- -se apresuró. a aceptar el llamado. Camuña. Y se sentó con los suyos en un extre. mo de la mesa. Se apoderó de tres copas- -la del niño era más pequeña- y haciendo a Simón un gesto autoritario, dispuso: -iVenga de ahí! ¡No! -protestó don Luis- Pero ¿también van a. comer con nosotros? ¡Alto! -rechazó Camuña- Yo no gorroneo nunca. Tengo mis cartillas de racionamiento. Ahí van los cupones. Y se precipitaron sobre los alimentos. La verdad es que si la cena resultó lúgubre no fue por culpa de los recién llegados que bromeaban y charlaban con animación que la mezcla de vinos acrecentaba. El niño se multiplicó hasta parecer veinte niños. Subióse a la mesa, guardó golosinas en los bolsillos, rompió algunos platos y al fin se echó a llorar inconteniblemente. -Tiene sueño- -interpretó la madre. -Tiene una cogorcita- -rectificó, con rigor científico, el padre- Ha bebido como un interventor electoral. Que lo acuesten. Y desentendiéndose del episodio, propuso cantar unos villancicos. ¡Más vino para todos! ¡Pago yo! -gritó, esparciendo una docena de cupones sobre el mantel- Y, a cantar. Berreó entusiastamente ¡Dale, dale, dale, la marimorena... ¡No es así, no es así! -se opuso su mujer. Los invitados fueron levantándose y se marcharon con gestos de repugnancia. -No he visto gente más aburrida- -declaró Camuña, mientras el viejo Simón le acompañaba al cuarto de huéspedes, tras de haber fracasado en sus exhortaciones para que se fuese a respirar aire puro. D I A R I O IL U s T R A D O DE I NF O R MAGI O N G EN E R A L -Sí, señor- -respondió el otro, bastante confuso. ¡Hace falta tener poca vergüenza! Este es nuestro cuarto. ¿Cómo se atrevió a meterse en nuestro cuarto? Voy a entregarle a la Policía. -Señor, no me pierda usted... El frío, la nieve... ¡Cuentos, literatura! ¡No nieva nada! Aprenda a respetar los hogares. Este es mi cuarto. ¿Lo ha oído usted? Toca el timbre, Sofía. Agarró al ladrón por el cuello, le dio un rodillazo en los ríñones y lo arrastró al óasillo. W. FERNANDEZ FLOREZ de la Real Academia Española E L alborotó que se produjo en el vestíbulo llegó tan atenuado al comedor que nadie se dio cuenta. Aniitriones e invitados vivían unos instantes beatíficos, porque la vajilla era delicada, la cena prometedora, cada cual gozaba del placer de sentirse bien vestido entre gente bien vestida, y el cóctel había logrado tal perfección de sabor, de color, de olor y de temperatura que hasta la señora del consejero del Banco bebió tres copitas después de declarar que no era rencorosa, pero que bien ganado creía tener el derecho pe fastidiar por una vez a su hígado que tantos malos ratos le hacía pasar a ella. Fue acercándose el bullicio y la puerta del comedor corrió entre sus encajes. Aun en forcejeo con Ja doncella que hostilizaba su avance, mostróse en el umbral un desconocido. Mfjdia edad, gabán marchito, barba de la Víspera y una de esas bufandas de color ¡verdoso que parecen haberse hecho vehenosas a fuerza de filtrar los infinitos y! variados bacilos del aliento. La estancia se anegó) en 1 estupor; El dueño de la casa inició una frase: ¿Cómo... y no dijo más. Simón, el viejo criado, que distribuía las tazas de consomé imperial se inmovilizó con una en cada mano, y ía doncella, excitada por el sentimiento 1 de su derrota y el temor de su responsabilidad, no acertó a explicar nada. El intruso no estaba solo. Cuando descorrió casi por completo la ancha hoja de madera y cristal aparecieron junto a él una mujer y un niño cu 3 as narices en- rojecidas por el frío establecían a primera vista un parentesco con la también colorada nariz del desconocido y, enjuiciando lógicamente, con todo. él. -Buenas noches- -dijo aquel hombre- no quiero faltar a nadie, pero estamos aquí y nos sorprendería mucho que pudiesen echarnos. ¿Quién... quién es usted y... qué desea? -acertó a balbucir el dueño de la casa. -Me llamo Camuña- -se presentó el invasor- mi mujer, Sofía, y el chico, Jacobito. Soy empleado. Hemos buscado inútilmente un piso desde que me trasladaron a esta ciudad. La pensión donde vivíamos resultaba demasiado costosa para mí, y anteayer nos expulsaron. Estoy resuelto a no pasar la Nochebuena en la calle y a albergarme donde sobre sitio. Al pasar ante esta casa grande decidí entrar. Esto lo han hecho ya en otros muchos sitios los hombres sin techo. No es ni original- -Llamaré a la Policía. -Pero antes de que llegue tendrán ustedes motivos para creer que ha caído en este comedor una bomba atómica. Espero que se muestren sensibles a las circunstancias. Nochebuena... el hogar... la nieve... -No nieva. -Siempre se habla de la nieve en un día como hoy. Siéntate, Sofía. -Son forajidos- -murmuró el conseje- JUNTO AL NACIMIENTO L poeta sueña... Es su oficio, piensan algunos... Acaso i Acaso lo que la gente llama ensueño, imaginaciones, fantasías, no san sino realidades perfectamente prácticas para, mañana, a veces para hoy misino. El poeta sueña, empero, en este momento, si bien de un modo diametralmente opuesto al que pudiera apartarle cíe. la realidad tangible... El po; eta gusta hoy le desmontar las metáforas y las figuras de lenguaje, interpretándolas al píe de la le- tra, en su sentido directo, es decir, no metafórico. En vez de soñar la vida quisiera, vivi su sueño y sustituirlo a la espantosaangustia que atenaza hoy al mundo. Es la Sección dé estos días y, mejoir, de aquella Noche única, en quie Dios se hizo hombre. Lo más ideal y. siublim ¡e se allana a Id. más común, y deleznable; lo más alto a lo- más t a j o lo más poderoso a lo más desvalido; lo más fuerte a lo más endeble; lo,i nfinito a lo limitada; 1 eterno a lo efí mero; lo divino, en fin, a lo humano. Bajó El, s- in embargo, hasta nosotros para, enseñarnos a amar a D -os como al Padi e común; para darnos, con esa palabra la mías clara ejecutoria de que podríamos gozar y señalarnos, el más alto valor que tenemos én la Creación; para recor dirnos, en fin, que- -por parte de Padre- -somos algo, en suma. Otras pobres fctía, s, más humildes y limitadas aún que nols oteosb. ¡parecieron comprender, sentir, al menas, en la oscuridad de su instinto, la enormidad del sacrificio hedió a nuestra Redención, y con el calor de sus cuerpos y la dulzura de su aliento, abrigaron las caniecitas trémulas del Salvador recién nacido... De entre, los hombres, los más simples y rústicos estuvieron siempre más cerca de EL Y es que hay tana sabiduría que los sabios no alcanzan, y a la qu e basta, en camIbio, on buen sentido, ayudado por unos buenos sentimientos... No mentirás, mo robarás, no matarás... 1 Esto es claro, sencillo. Y. está al alcance da la más modesta fortuna intelectual, Y. sini embargo, ¡si esto se cumpliera! Y. No soy yo- -pobre de mí- -quien lo repite. Es ese Niño divino, que cada año naca en el estab o y muere en la cruz. MANUEL MACHADO, de la Real Academia Española. Cuando la puerta de la alcoba se cerró tras de ellos, Sofía curioseó én la estancia y de pronto dio un grito. Había descubierto un hombre oculto bajo la cama. ¡Salga usted! -ordenó el marido. Apareció un sujeto mal encarado, con muchas ganzúas en un llavero de alambre. ¿Usted es ese ladrón que hay siempre debajo de la cama de los ricos?