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CU A E IDDS MAS DE PARÍS Palaoio del Ayuntamiento (París) E N el París de Ochoa, centro del mundo, en ese año de 1855, aunque nadie se preocupase por contestarla, todos los parisienses tenían bien presente en la memoria una pregunta que se había deslizado en cierta composición poética de Víctor Hugo, que decía: Que deviendrait la voix du monde le jour oü París se tairait? París imponía ya en ese tiempo, enriqueciendo a su industria y a su comercio, la tiranía de la moda, principal atractivo para sus visitantes, sobre todo si eran mujeres, todas muy conformes con el dicho, fruto de Boileau, de que el gusto, el buen gusto nació francés. Eran novedad por esos días las sesiones de magnetismo dadas por el barón Du- Potet, en un tercer piso de la casa donde, en el Palais Royal, abría sus puertas el famoso restaurante llamado de Los hermanos Provenzales Según Ochoa, se trataba de un hombre de buena fe, no de un impostor. Allí el sueño magnético, y las posturas desequilibradas; la marcha a ciegas, sin dar por eso tropezones, por entre obstáculos diversos; la insensibilidad para las punzanas con gruesos alfileres, el dominio absoluto del magnetizador sobre la voluntad del magnetizado. Al llegar la fecha del r. de enero, además del aguinaldo metálico que se solía hacer a los servidores, se les regalaba una cajita con almendras, forrada de papel blanco, y atadas con cintas de seda. Entre la gente culta se cambiaban libros bellamente encuadernados, muebles, utensilios de tocador, objetos de arte, siempre algo mejor y más duradero, para testimonio perenne de los afectos, que los pavos, los capones y los embutidos con que se obsequiaban por esta fecha los españoles. Los teatros de París daban revistas crítico- burlescas, poniendo en ellas en berlina a cuantos se habían destacado durante el año an- terior por algún motivo, salvo los políticos, pues Napoleón I I I había prohibido los tomasen como tema. Ese año de 1856 fue blanco principal de los satíricos nada menos que el secretario de la Academia de Ciencias, autor de un libro donde intentaba probar que a los cincuenta años se inicia en el hombre una segunda juventud. El bohemio había desertado las guardillas, y ya no iba a morir en la cama de los hospitales. Los hombres de mérito gozaban rentas de príncipe. Un Alejandro Dumas maridábase construir en San Germán su palacio de Monte Cristo; las actrices Raquel y Mars recibían en sus hoteles del barrio de Breda, mientras Lamartine, Ingres, Horacio Vernet y otros artistas tenían pisos sumamente lujosos para acoger las visitas le sus amigos y admiradores. Quien a todos estos superaba por el lujo oriental de su vivienda era Eugenio Sue, el autor de los Misterios de París que en aquella sazón residía en Suiza, desterrado por demócrata. La gente de letras se distraía con improvisaciones jeroglíficas, llamadas rebus o narrando con! la mayor formalidad historias desatinadlas, que ponían en acción sucesos imposibles. Dadas sus aficiones, es lógico que Ochoa nos hable de los cajones de libros colocados sobre los parapetos o malecones del Sena, entre el puente de la Cite y el término del muelle Voltaire, llenó este último de librerías, estamperías y tiendas de bric a brac las que lustró Balzac, y dieron a la literatura unoj de sus maestros, Anatole France. A lo libros viejos se les llamaba bouquins a quienes, co merciaban con ellos, bouquimers y de ello se engendró el verbo bouquiner equivalente del nuestro chamarilear, es decir, andar buscando por los baratillos a caza de gangas, verbo cada vez de más difícil ejecución. Reconoce Ochoa la habilidad de las francesas para cruzar las calles en días lluviosos, el paraguas en una mano, la falda sujeta con la otra, de puntillas, como palomas, sin recoger mancha ninguna en la blanca y estirada media. El macadam invención inglesa, cuyo centenario celebróse recientemente, aceptado por el Gobierno francés para librarse del empedrado, que con tanta facilidad permitía la rápida formación callejera de barricadas, favorecía las evoluciones de aquellas a las que Ochoa veía como pajaritas de las nieves; las jóvenes y bonitas, naturalmente; que las feas o viejas parecíanle soldados de caballería. Al jardín de las Tullerías, de dos a cuatro, acudía la gente elegante para pasear á pie bajó los tilos o castaños, antes de encaminarse, a caballo o en coche, a los Campos Elíseos o al Bosque de Bolonia. Entre dos luces se retiraban a sus casas o a las de los amigos. Los Campos Elíseos, el paseo más elegante de París, estaban sembrados de teatrillos de marionetas, delicia de niños, hiñeras y soldados, especialmente los pious- pious de la Infantería. Las Tullerías resultaban igualmente un paraíso infantil, siempre que no lloviera y pudiesen los niños corretear tras de sus aros o de s is pelota o seguir sobre el agua de los estanques el curso de los barquichuelos. Gozaban as criaturas de toda la ternura, rendíaseÍes verdadera idolatría, tal vez por ser producto menos copiso que en otros países. Pero sorprendía a Ochoa evitasen las madres criarlos por sí mismas y aun tenerlos bajo su mismo techo y aun en la misma ciudad, recomendándose en París como casa bien tenue aquella donde el casero, tirano autoritario, imponía a us inquilinos el que lio tuviesen ni niños ni perros, J. GARCÍA MERCA DAL