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MADRID DÍA 13 DE SEPTBRE. DE 1946. NUMERO SUELTO 40 C E N T S f HAMLET Y DESCARTES ABC los mandatos de los fantasmas y los desfallecimientos de la ternura filial. Todo se aclararía si su voluntad y su entendimiento, como dos caballos emparejados, se dirigieran a la interna meta. Pero ya Descartes nos tíirá después que la tragedia de la personalidad humana consiste en que el entendimiento es finito y la voluntad infinita. Y á hombre puede anhelarlo todo y, sin embargo, el entendimiento proporcionarle ideas sin ninguna garantía de certidumbre. ¿No es ésta la mejor definición d e la psicología de Hamlet? Ni un instante deja de- estar tensa la voluntad del 1 grueso y desvaído Príncipe de Dinamarca Pero sus ideas pasan como sombras, sin que la evidencia las fije inexorables. Además, desde el momento en que nada hay bueno ni malo sino en fuerza de nuestra fantasía el hombre se vé constreñido a una inacción que deja su libertad sin objeto. Ya está la raíz de la personalidad de Hamlet y d e la teoría cartesiana de la certidumbre. Hamlet se muero siempre en esa zona crepuscular que va de la decisión al acto. En ei mismo umbral efe la venganza se detiene ante el temor de convertir la justicia en crimen. Y Descartes plantea el problema de la libertad como una transformación de la idea en verdad objetiva por una afirmación del libre albedrío. Hav una adecuación sutilísima del entendimiento a la voluntad potr la cual una leve precipitación decisoria puede convertir! a sugestión en engaño. Y este delicado tránsito de la imaginación a la evidencia es el que mantiene a Hamlet incoherente y tornadizo sobre la escena expectante. DIARIO ILU 5 T R, A D O DE 1 N F O RM A C í O N G E N E R AL NA vez más la filosofía justifica y jerarquiza intenciones poéticas o hallazgos científicos, Shakespeare plantea con una crudeza que ha de constituir la medu a de tragedia, la dualidad pavorosa de espíritu y naturaleza, de pasiones y de razón. Las fricciones- de este dualismo que llenan de cadáveres la escena, ian de constituir también d eran problema de la filosofía barroca. El idealismo kantiano superará después esta escisión, en cuyos abismos se han fraguado todos los episodios cruentos de las dramaturgia inglesa y española. Pero hasta Kant, las contradicciones, entre los anchos anhelos del alma y la coacción tantas veces miserable d e la realidad, determinan con Descartes, cotí Spinosa y con Leibritz, los tres intentos de aclarar esta oposición siempre indongruente entre las leyes universales y los destinos personales. Es Shakespeare el que ha revelado con túnica ensangrentada y pasiones tari demandadas como cometas, esta sensibilidad del mundo moderno pama las alteraciones de las normas- planteadas por k razón con alcance cósmico. Aquí está Hamlet- -en la interpretación de Alejandro Ulloa, encarnado con fuerte tensión trágica- -adelantándose en casi medio siglo a. los problemas cartesianos y presentando, con juego de espectros y parricidios, la actitud de Descartes ante 3 a evidencia como primer síntoma de verdad. ¿Cuál es la esencia de la. duda hamletiana? De las quebradas rutas del pensamienUna acumulación de razones exige la voto de Hamlet, emerge una, nebulosa que lo obrar. Y Hamlet exenvuelve, y determina esas crisis de vacila- luntad cartesiana para e inconstancias como tiende sus extravíes ción entre la venganza impaciente y sus ma- u t i a red, para apresar evidencias. Para JIOS cautelosas. Surge la sombra de su pa- Shakespeare la duda que relaja los brazos dre v ya se borra la frontera entre la rea- de Hamlet, no sólo entre la realidad y la lidad y el sueño. La misma naturaleza toma pesadilla, sino entre la resistencia! o la acoformas volubles sometidas a la improvisa- modación al mal, es una forma de la fatación. Y una nube puede simular, en un ins- lidad que va cubriendo de víctimas las etata, ntc, apariencia de camello, de comadreja pas comprobatorias. En Descartes, es una y d- e ballena. La única- ley qu ¡e parece pre- técnica qtie niega toda certidumbre objetiva sidir el universo es la una inestabilidad de y deja al hombre con la única regularidad fortunas y afecciones que deja sin sentido- -con la total steJedad- -de que es un ser a esos principios morales más sólidos que pensante. ios cimientos ¿el mundo. Sólo hav un principio externo inmutable He aquí este terrible vacío cartesiano, en que rige fas leyes de la tragedia y de la meel cual el hombre no tiene más asidero que tafísica. El Dios de la prueba ontológica, 5 U pensamiento. Hamtet palpa fiólo fantas- cuyo ser y cuyo existir se confunden, y el mas, madres incestuosas, novias ahogadas, de las justicias inexorables que üiacert de fríos disimulos, cadáveres entre los corti- Claudio, el Rev de Dinamarca, el verdadejiojcs. Y lo único permanente, el único re- ro perfonaje trágico de 1 obrci al pregunfugio siempre inextinto, es el de su angus- tarse si no habrá en V s cielos piadosos tia. Todo lo que está fuera de la turbad 1 lluvia, suficiente para volver candido como intimidad, tiene los perfiles empañados 1 por la misma nieve su brazo teñido en sangre fraterna. la muerte o por el crimen. Coloca a su amor el gorro amarillo de la locura y hay un moJOSÉ CAMÓN AZNAR mento en que la única realidad impetuosa es una ficción teatral. Los planos de la farsa y de la evidencia están siempre superpuestos. Y entre el espectro que eriza los cabela misa de todo escritor de periódico llos, como soldados despertados con tromafluye hoy con consoladora frecuenpeta y la madre pálida, la razón duda cuál cia, con motivo de este o aquel res la presencia concreta y tangible. La contradicción, como clave del mundo, tículo, la marca cordial de la correspondenhace a Hamlet replcgairse a las puras, su- c i a con que el público subraya su tarea para gestiones de la conciencia. Como a Descar- bien o para mal. A veces, son largas espístotes, la falibilidad de todos los instrumentos lás, de contenido incitante o demoledor; a de percepción lo hace ar. raincnr íel pensa- VOC R, sólo unas líneas de aliento; otras, las cf miento como I.i única que no ole- meiM s, la e inflila anónima y amfnazsdora íiiih iiicimi ia, como lazo oficial y todo... ¡Oh, ra dudas. Es la incert dumlvre lo que ma- enra con e. a letra y temblorosa e- a gloria... con que pretende ocultarse de- sí misim la niata la libertad en ITamlet. Con traspiés de indec ion es y de propósitos ardientes, vileza. Pero todas esas carta? absolutamenGASPAR GÓMEZ DE LA SERNA así cruza Hamkt la escena, oscilante entre te todas. Ue- ní- n uua aha misión: la de cons- U CORRESPONDENCIA A tatar que la literatura periodística cumple la función para la que realmente nació, qus no ís otra sino la de servir de abierto ventanal por donde circule el aire intelectual que se respira en un país. Comunicarse; verse las almas tal como las caras se ven en el contacto diario de las calles y las casas de la ciudad: la posibilidad de sacar a la luz virtud, alegría y esperanza, tanto como el vicio, la pereza o Ja melancolía de la nación: he ahí el punto de partida de toda convivencia fecunda. Pero en esa convivencia, que remoza como una corriente de aire libre el almario donde cada alma aloja su intimidad, el artículo de periódico es sólo una de las fuentes; da otra, sin la cual aquélla muere fuera de toda fecundidad, está en el lector misino. Si éste no responde, si no corresponde evidenciando que la antena sensible de su ánimo ha percibido la onda en que el escritor le ha lanzado un trozo de sí mismo, ¿a qué escribir? Comunicarse; ¿cómo vivir si no? Pronto va a hacer ciento diez años que Mariano José de Larra, aquel de cuyas manos nsció la literatura periodística, murió justamente de ausencia de comunicación con sus contemporáneos, de aislamiento intelectual. Pues que el romántico pistoletazo de Larra no fue ya sino un eco de este grito patético y desgarrador, lanzado, un año antes de morir, en medio da la deshilacliada y cerril trabazón de su pueblo: ¿Quién oye aguí? Como una semilla que lleva el vano viento, veí a Larra perderse su alerta diario sobre el mal vivir de España. El estaba en la bréfcha; llenándola estaba, día tras día, ton esa su amargura enamorada de España; derribando fantoches, apartando sombrajos inmundos, nublándose de llanto los ojos del alma en la ingrata tarea de avizorar una aurora no nacida; pero, más que nada, ahogándose estaba en un mar de penosa soledad, íin un oído atento ni un alma dispuesta. ¿Quién oye aquí? ¡Oh, responded- -parecía implorar- -con palabras amigas o envidiosas, coa. sabiduría o sin ella, pero responded! ¡Que alguien oiga, dando con su palabra testimonio a esa vida común en que se precisa creer, para creer que de veras existe nuestro pueblo! Por fortuna, ya que no otra cosa, nuestro tiempo ha dado en buena parte respuesta a ese amargo grito dtl pobre Larra. Y aquí y allá, muchas voces se levantan para dar fe de un crecimiento colectivo que d cabida a las mejores esperanzas. Que Dios prodigue esas, voces; y que Jas bendiga también; porque, por añadidura, el mayor cfümulo y compensación que el escritor percibe es esa voz co ¡n qu el lector atento acusa recibo de la corriente cordial que aquél ha encauzado hacia él. desde el surtidor arrebatado de su alma. Esa es su verdadera recompensa. De cualquier otra moneda con que quisierais pagarle, podría decir ú escritor de periódico lo que Cristina d? Suecia de su corona: non mi bisigna c non mi basln. Pero c: a recompensa le unas lincas, amigas o enemigas, que nadie sino el lector y ti- escritor conocen, ésa si- la necesita. Ellas son la pequeña gloria humanísima y callada, de que se a imenta la ilusión que el escritor precisa para vivir. Porí iif en manto a la nlra, n La Gloria por