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MADRID DÍA 10 DE SEPTBRE. DE 1946. NUMERO SUELTO 40 C E N T S I SIEMPRE HAY SITIO PARA UNA MESA MAS ABC DIARIO ILUS T R A D O DE IN F O R M AG I O N G E N ER AL sa probablemente falta de color local, entendido éste a la. manera romántica. Pero, ¿no 9 al mismo tiempo un signo de íntima- y honda distinción? La palidez que crea percibir se h- ace blancura casi nivea en lai Catedral de León, afirmándose por contraste con las piedras monumentales de caracterizadas ciudades castellanas: p i e d r a s áureas de Sala- manca. -piedras rojas, de Soria; piedras gris- es, de Burgos, con el matiz de la ceniza o del acero. En. mi nienTO ria visual, coroesponden, efectivamente, loa tonos más bajos, dentro de la gran Castilla, a León. Gomo a Jaén, en relación con la tierra andaluza. Sevilla tiene- sus azuleios y sus claveles que evidentemente la definen. Granada, las pintadas! yeserías de la Alhambra, el encendido ladrillo de las torres mudejares. Jaén, con su Catedral de apagada entonación y los humildes cíivos, tiene mucho del hidalgo elegantemente empeñado en pasar inadvertido. Tampoco Vitoria quiere ¡llamar la atención, y se codea de tierras que- sólo aceptan muy leves toques de color, y, fuera ya de nuestra vista, las montaña 9 del campo alavés se abrirán en valles ás jugosos matices verdes. Tres puertas de Castilla se abren, respectivamente, en Ice. vértices del triángulo Vi toria- León- Jaén. Por la puerta de Jaén- -portillos de sierra Morena- -penetra el aire, la luz, el olor de lá Castilla nianchcg a una Castilla que lanzó sus adelanta hasta las fuentes del Guadalquivir. P- ot! Í puerta de León se vislumbran, como en u: i forillo, las lejanías del país galaico- asíur. Y en la puerta da Vitoria pregonan viejos fo aíones la mezcla de sanercs. mitad ñor: mitad, castellana y vasca, con la elocuencia! de los típicos apellides dobles: López de Avala, Ortiz de Zarate, Hurtado de lendo- za, por ejemplo. Las ciudades enclavadas ¡en indecisas marcas, como Vitoria, León y Jaén- -hacia R! Pirineo, hacia Finisterre, hacia la Béticapropiamente dicha- -disfrutan la ventaja de una condición fluctuanta que las substrae a lo enterizo y categórico. Son ciudades que se mantienen en un pie, sobre una linca que les permite descubrir dos vertientes, en geográfico, en lo histórico, en lo espiritual, en lo folklórico; todo ello, naturalmente, con fusión de elementos. Pero las mezclas suelen despistar. Y a ¡sí s 9 oye decir, a propósito de esas ciudades intermedias, qua Jaén, verbi- gratia, no 5 Andalucía. De la Andalucía que da motivo o pretexto a la consabida pandereta. Jaén, en efecto, no- forina parte. Peno si de la otra Andalucía, la alta, castellanizada en grandes zonas, la Andalucía retratada en Bodas de sangre, de García Lorca, poema dramático que en su localización geográfica desorienta un poco, porque es de ambiente andaluz y castellana a la par. De Vitoria ss dice algo por el estilo; ¡realmente, es la capital menos vasca- de las tres. Marchando de Sur a Norte, advertimos que la provincia de Álava- -de las más convencionales entre todas las de España- 110 es todavía- Vasconia 1. P. ero ya se presiente Vasconia, más que en el paisaje, abierto y- con líneas de choRos, en la luz que ¡juega mimosamente con las formas y tiende a difuminar los perfiles en el tenue vaivén- -tan propicio a la pintura impresionista- -de un iré húmedo. Y se comprende, cu cierlo modo, la desviación de Uuanumo, yji; bilbaíno de iiaduiientio. hacia Cas- os que conocen algo de filosofía política saben Ja importancia radical que tiene ei decidir si el hombre es o no sociable por naturaleza. Si lo es, como sostiene la filosofía cristiana, es natural también cuanto es consecuencia o ondición. de la sociedad: la autoridad, la familia, el municipio. Si no lo es, entonces, como pensó Rousseau, ¡a sociedad será una construcción libremente decidida y pactada por el hombre. En este caso, todo e 3 posible y legítimo, pues le; hombres pueden pactar una cosa ti otra, libremente, como los socios de un club de golf ó de una sociedad de riñas de gallos. El divorcio, el comunismo, a federación o la república, todo puede decidirse en junta general. Hasta el anarquismo es legítimo. El anarquista es, sencillamente, un socio que se da de baja. Ya s e comprenderá, vista la trascendencia de raíz y cimiento que tiene esa premisa de la sociabilidad natural en el hombre, lo que los ortodoxos sostenedores de ella se han afanado por defenderla y probarla. Y yo escribo este articulo para suministrarles un argumento ocular y plástico de más fuerza probatoria, a mi ju cio, que todo cuanto hasta ahora ideó la filosofía. A mi argumento le rebosa, hasta derramársele, el valor probatorio. Porque no prueba ya que el hombre tiende, ipor naturaleza, a la sociedad. Prueba más: elr hombre tiende, por naturaleza, a la apretura. Vengo de las playas del Norte de ver los saloncitos donde ¡las gentes bailan, cenan o toman el té; las arenas donde juegan o se tienden: y pienso que el texto bíblico citado siempre como base de la sociabilidad natural del hombre- No es bueno que el hombre esté solo -disimula y encubre tina más íntima disposición divina. Jchnvá debió pensar: Eís bueno que ei hombre esté amontonado. Porque no hay que recurrir a menos de una ordenación providencial para- explicarse esta tendencia innata que arrastra al hombre, como a los rebaños, a aglomerarse en los espacios insuficientes. No hay comedor ni salón de té que tenga éxito, si no es estrecho e incómodo. No hay baile que adquiera- toda su plenitud, mientras no se desarrolla en un cuadrilátero minúsculo de pista, donde las parejas chocan y se consigue un comunal trasiego de sudores. Ningún empresario experto y avisado, dueño de esta clase de establecimiento: ampliará nunca su local. Sabe aue suministrar al cliente anchura y espacio, es como invitarle al desvio y la frialdad. Sabe, sobre todo, que siempre hay sitio para una mesa más y que esa mesa es, tanto más agradecida por el cliente, como excepción y halago, cuando es colocada en forma cruel para las rodillas y los pies de los ya instalados. Porque esa es, a mi juicio, la última raíz fe esta filosofía de la apretura, que yo no acababa de explicarme del todo. La entendí, de pronto, en uno de estos comedorcitos guip jzccanos de nombre ilustre y espacio insuficiente, viendo el gesto beatífico de la dueña, ante el cliente imposible de las tres menos cuarto. Es una estrategia de dos tiempos. Primero: Imposible. No hay sitio. Luego, levantando los ojos: Ah, ¿pero e s el señor marqués? Para el señor marqués hay siempre un sitio, Pepita: a ver si pned -s meter una ru. üi nuis imito a la ventaría, qui- I tando aquella maceta. Efectivamente, la maceta es sustituida por una mesa, entre un desplazamiento de rodillas vecinas. Es una mesa mínima y provisional, que por su aire de ser la propia me illa de noche de la dueña, adquiere un mayor aire conmovedor de excepcional e íntima concesión. Un guiño d; complicidad, invita al marqués a emprender, entre Dardanelos do mesas anteriores, la complicada travesía hacia- su mesa. Una vez instalado en ella, como la camarera no puede acercarse a la mesa, el señor marqués pide sus chipirones por un complicado telégrafo de señales, sobre las cabezas de los vecinos señores de González. Y éstos se quedan, malhumorados, explorando el aire, como yugoslavos en frontera, seguros de que por allí tendrán que pasar los chipirones del señor marqués. Y esta es teda la filosofía de esa codiciada apretura, donde siempre cabe una nresa más para un marqués retrasado. Yo llego a sospechar que los ladinos empresarios de estos establecimientos ilustres, los llenan a prim íra- hora con una promoción de clientes alquilados. Porque su negocio empieza fundamentalmente cuando ya no- hay sitio: cuando cada mesa es una excepción 5 una complacencia. Todo esto me parece a mí que está lleno de una luz reveladora para la teoría v probanza de la sociabilidad natural del hombre. El hombre necesita asociaría con los demás, precisamente para diferenciarse de ellos. Busca la apretura, para que, luego, le abran paso. A fuerza de sentirse solista requiere la asistencia del coro. Y me complazco en suministra: -a los ortodoxos esta, nueva -ucba plástica de la sociabilidad humana: el comedor insigne, el salón de té, a pista de baile. Más: la playa, en cuyas anchas arenas se acota un pedazo para aniontonanc. Todavía más: el mar, de cuya infinitud se demarca un pedazo, con unas balizas, para p dcr tropezar unos con otros... ¡Tropezar en el mar 1: he ahí la última prueba extremosa de la sociabilidad humana. ¿Cómo pudo negarse esta tendencia fundamrntal de la naturaleza del hombre? ¡Si achicar espacios y tropezar con el vecino es la tendencia innata de tocio hombre, para hacer notar su piso por el plar. c a 1 JOSÉ MARÍA P E M A N de la Real Academia Española. TRES PUERTAS DE CASTILLA E aquí un itinerario: Vitoria- LeáiJacn, que nadie de seguro se habrá propuesto jamás; yo mismo no lo he seguido, ni tenía por qué. Pero ahora, pasando unos días en la- capital alavesa, tan fina y- equilibrada, tan limpia y discreta, tienta a mi pluma ese recorrido, al paiccer, caprichoso. Ya el año pasado, en sazón idéntica, se me ocurrió pensar que algún punto de contacto había entre Vitoria y Jaén. Ahora pienso que lo hay también entre ambas ciudades y León, dando en la conclusión de que las- tres capitales determinan un triángulo claramente inscrito en el mapa de la vida nacional, como expresión de una España singular, transitiva entre zomas muy dispares: una España: precisamente per eso descolorida, sin el menor sentida, peyorativo: una España delicadamente pálicK ÍL- z pulidez (I: ii.o ri. León Jaé atu- H