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ELEGÍA DE LAS GÓNDOLAS i se piensa en Vene. cia, hay que evocar necesariamente a las góndolas. Pero V hoy, en- esta época absurda, ni las góndolas ni los bellos pensamientos cuentan para nada. En torno a la ligera embarcación, larga, elegante, esbeltísima, dulce de movimientos, graciosa como una danzarina, con su popa fina y puntiaguda cortando el cendal de las brisas, adriáticas y con su proa de cisne negro rielando el mórbido cristal irisado de los canales, se han escrito y se han dicho bellísimas palabras, recamadas de imágenes y tro, pos. Hubo una época en que ir a Venecia representaba un sueño semejante al de las mil y una noches. Era un tiempo aquél, en que el recuerdo de Casanova bogaba en cada góndola y la magia de la luna lo hacía revivir en la imaginación romántica de las mujeres y en el estremecimiento lírico de los poetas. Pero esos tiempos- -tiempos; con cuentas de años que se pasaban como un rosario de ilusiones de cristal por los ojos y por el corazón- -han muerto asesinados por los hombres insensibles. Byron y Wágner. por caso, huirían hoy de Venecia con el mismo terror que en los días hoscos de la peste que contó Tomás Man Y huirían, sobre todo, al contemplar la agonía de las góndolas, y ver cómo, desmayadas por el dolor y la indiferencia, atracadas junto a las pasarelas donde las gentes las piropeaban, se han convertido en ataúdes de su propio recuerdo y en nostálgica evocación de una época que solamente muy poco? aciertan a comprender. Y es que. de de el 700 galante hasta el 900 del atomismo, hay la imisma diferencia que de los trópicos a las regiones de Alaska. Hogaño, los espíritus 1, en cuanto a la belleza, viven en congelación permanente. Y las góndolas se mueren de frío y de soledad en los canales que tuvieron antes perennes brisas de primavera y alientos que salían en llamaradas de las hogueras inextinguibles, del corazón humano. s los enaiticrados. Bajo el clara sol o bajo la luna clara, la góndola veneciana ha arriado el estandarte de su graciosa soberanía. En el reino de Venecia, ya la embarcación de ébano y de hierro brillante, no es más que una mendiga dolorosa. Pide, con lamentos de siglos, el suave peso de unos hombres o de unas mujeres que sientan inflamárseles el: corazón, y derretírseles) el almaj mientras ella, lánguidamente, se desliza silenciosa por el dédalo de cristales estremecidos de las calles venecianas, buscando laa sombras hechiceras de sus antiguos trovadores. JUMAN CORTES CAVANILLAS PIEDRA CON AIRE DENTRO y prendido se quedó es poco de aire en la veste leve que envuelve nubiles formas. Aire sereno de la paganía clásica. Aire y ritmo de una estrofa homérica, del cincel mágico de Fidias, del latir onoro del cerebro platónico. Es el mismo aire mediterráneo que creó los mirras olímpicos, que hizo sonoras las rocas pinas en Delfos, y que más tarde hinchó las velas tejidas en ¡Tarso, qu traían) hacia las camperas romanas un nuevo espíritu y una nueva fe. Aire eterno de la Gw a antigua, que sigue agitándose con esa ihisión de inmortalidad que nos produce siempre el arte verdadero por encima de mudanzas temporales y renovación de cánones estéticos. Fue allá, donde en tiempos le nacieran dioses de las espumas y mitos jocundos de las melenas verdes de sus islas al viejo mar Egeo, donde los azares de la última guerra han descubierto esta piedra lírica, en la que el genio de la ¡gran Grecia fijó para eternidad dos casas fugaces: una forma humana y un poco de aire. Yi ahora, fermentada ya coa la levadura espiritual de tres civilizaciones- -griega, romuna, púnica- llega hasta nuestra sensibilidad occidental, hasta nuestra era del cemento geométrico y la desintegración atómica esta escultura- -piedra ingrávida con aire dentro- es decir, con espíritu, con molimiento, con ritmo y formas imperecederas. Acaso los arqueólogos de Occidente no se pongan de acuerdo nunca sobre la genear logia estética de esta piedra- -carne de diosa o de simple mortal- que nos trae envuelta en una veste de flotante piedra una emoción de lejanías históricas y metafísicasPero ¿qué importa, en definitiva, eso? El tiempo voraz, quetamlbién ama lo imposible, lo que no puede destruir- -ya nos han dicho los biólogos que ert todo amor hay un oscuro afán desintegrador- canta ante esta estatua, que no ha podido devorar íntegramente, una romanza de siglos, una endecha de brisas mediterráneas al eterno milagro del espíritu prisionero de la forma. Recordamos que Ana de Stael escribía en 1800: El espíritu poético se inspira en un viento que procede del Norte y en otro que viene del Sur. Pero nosotros, los españoles, sabemos que el más auténtico aire de nuestra poesía y de nuestra mística nos llega de Oriente con el conocimiento de la geografía es- leste y ¡a lírica geometría de las estrellas. Es un viento que aun huele a brea do las barcas de üliícs y de San Pablo. Oriente nos dio la inquietud y el espíritu. Occidente ha. logrado la técnica. Una civilización que marcha rauda sobre caucho, se aumenta de petróleo: conoce el secreto de! as hélices y el misterio de esos botones niquelados, que dan vida, eléctrica a los motores de explosión. ¡Civilización, con un alma física de millones de voltios! Y el hombre occidental se siente orgulloso de sus motores y de sus palancas de mando, de sus hélices y de sus específicos. Asegura que el mundo ha entrado en una nueva épota. ¿Per. o, será realmente así? Vendrá sobre ruedas de caucho una nueva Biblia, un nuevo Hornero, una verdad fundamental y fecunda, salvadora? A pesar de todo, nos conmueve y nos emociona esa ráfaga de aire griego que hace flotar la piedra de esta escultura descubierta por los soldados en una isla del mar Egeo. Quizá porque aun nos trae suaves olores de la Arcadia. RENDADO P (Fotos Nula) ¡Qué poco se oye ahora, rompiendo el si- góndola veneciana ha arriado el estandarte lencio de la laguna, el Ahé misterioso, grito de su graciosa soberanía. ritual del gondolero, que, como un príncipe legendario sobre ti trono de la popa, bogaba en el ensueño abriendo con su gesto cien paraísos seductores en cada esquina y en cada puente! En los siglos de esplendor, las góndolas venecianas no eran menos de diez mil. Pero las góndolas, dechado de belleza y de gracia fascinadora, no podían dar la batalla a ¡as canoas automóviles, ni a los vaporcillos humeantes, ni a las grises barcucha. accionadas por un motor de aceite pesado. En 1 república de la Velocidad y del mal gusto, la góndola no tiene puesto, porque es una rejna y una soberana bellísima, a quien la lian usurpado su espacio y a quien la han robado el patrimonio del misterio y del silencio. La góndola, se deslizaba por las aguas serenas, acariciándolas con amor y durmiéndolas con mimos y canciottesi melodiosas. Pero las embarcaciones motorizadas clavar, sus proas en el cristal veneciano, rompiéndole en sucias espumas, violentando sus entrañas y ofendiendo su pudor silencioso con el estridente rugido de sus caballos mecánicos y de sus movimientos de danza negra, IX- a diez mil góndolas, ni doscientas existen hoy en Venecia. Los hombres sin espíritu y b guerra in conciencia las han matado n centenares. Las que quedan, concentradas, mu- t. i; sin brillo de azabache, parecen pri- loiu- rar. tu los puertecillos donde se acercan iljjjnos curiosos. Las que bogan melancóli- Piedra grávida con aire dentro; es decir, con camente- i, se envuelven en los crespones de espíritu, con movimiento, con ritmo y formas caiizoi; -tlns románticas que arrullaban a imperecederas. Bajo el claro de sol o bajo la ¡una clara, la JUAN AXTOMO CABEZAS