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L Contemplad, por último, a este caballero, que tala despiadadamente- ¡oh, dolor de la guerra; -las viciosas mkses de la yega de Guadix, donde estaba encerrada la flor del Ejército granadino. ¡Con qué desembarazo acorrala entre olivares a la morisma, encerrándola en sus callejones y con qué desprecio habla de las tímidas tropas concejiles! Es don Fernán Alvares de Toledo, señor de Valdecorneja y futuro conde de Alba, padre que fue del primer duque del mismo título. Las g u e r r a s de Granada t u v i e r on muchas alternativas. La pluma admirable que ha prologado la nueva edición de las Aventuras del capitán Alonso de Contreras ha pintado con vivo color el revés negativo de las empresas incumplid a s Se juntaban las mesnadas en e! arroyo de las Yeguas. Allí comían y bebían, hacían bailar los dados, caracolear los corceles dé culata redonda, evitando ponerse de acuerdo sobré la estrategia a seguir, pero logrando con sus furiosas discusiones que en la campiña a n d a l u z a retumbase el denuesto. Así sucedía muchas v e c e s Pero también existe el anverso brillante, donde se troquelan hazañas que presagian el triunfo insigne de los Reyes Católicos, La última carta de la f r o n t e r a de Fragmento de fresco que representa la batalla de la Higueruela. en 1 ala de Batallas de El Escorial. (F. Muro. Granada que edita ¿Quién es este otro soberbio magnate Carriazo- -5 que en rigor ya no merece el vado un sumario historial (base luego de titulo- -resulta conmovedora. La escribe las crónicas) escrito por Pero Carrillo, que dice haber talado panes y viñas y halconero del Rey y hombre de su confian- huertas, tantos y tales y tan hermosos en su villa del Salar, a 6 de abril de 1509, za. Y aunque los hechos fuesen conocidos, como yo nunca vi que va iemfcrando Fernán Pérez del Pulgar, el de las Hano lo eran en esta redacción directa y ca- de humo los campos de Granada, hasta zañas, y va dirigida a Pedro Navarro, liente, cuya leptura nos hace contemporá- que no se parecía cosa de ¡a Vega y cande de Oliveto, empeñado en fa conque se ve desairado porque el rey moro quista de Oran. Ya se ha acabado la gueneos de íos sucesos. Nos narran estos partes cuatro opera- no contesta al reto que le envía por un rra de Granada y los Ejércitos de España faraute? Es nada menos que el condes- luchan ahora en África. Pero, como un ciones fundamentales de las campañas table don Alvaro- le Luna, hoy todavía puente que enlaza la Edad Media con el contra moros: 1 juna explicación, técnica de la doble celada, tan típica de la gue- ejemplo de ascensión fulminante, como Renacimiento, en un estilo sabrosísimo y ya entreverado de Aníbales, Escipiones, rra granadina; una aparatosa correría mañana! o será de vertiginosa caída. Yugurtas y Titos Livios, el paladín del Pero parad mientes en aquel otro héroe por tierra de infieles; la toma de una ciudad; la tala de una vega. Las dos prime- mancebo, y en cómo ganó la fuerte villa Ave María aconseja al capitán imperial de Huesear. Vedlo acechar en silencio íjue tenga siempre muy presentes las enras cartas son de noviembre de 1430 y mayo de 1431; las dos últimas, de no- para poner la escala en, pasando las ron- señanzas de la guerra de moros. Nos imaviembre de 1434 y mayo de 1435. Entre das, las cuales iban hablando en su ará- ginamos que, acabada de otra manera, la unas y otras encaja, por tanto, zt famosa bigo reñir con ios moros haciéndolos guerra de Troya, Héctor no hubiera muerto, y, retirado a gozar de su hacienbatalla de la Higueruela (1. de julio de huir por los tejados hasta encerrarlos en el alcázar; resistir, aunque herido, los re- da, escribiese a Eneas, a Italia, cómo tenía 1431) cuando los ojos 1 encandilados de fuerzos infieles, reclamando los propios, que habérselas con las tribus del Lacio. don Juan II, guiados por el índice sabio mediaijte el empleo de una sortija y una del- infante moroj Abenámar, atisbaron EMILIO GARCÍA GÓMEZ caperuza, porque no estaba- n razó desde lejos Alhanibras y AHxares, Torres rfe la Real Academia JSspnvolai. Bermejas y Generalifes; paraísos de es- dejar la pelea por la escritura y quedar, última guerra dé Granada- -dice con frase feliz su historiador don Miguel Lafuente Alcántara- duró diez años como la de Troya, y en su empeño se realizaron hazañas más arduas y menos fabulosas qtse las cuenta Hornero Antes de esta Ilíada hubo otras, sin embargo, también sin dioses, pero cuajadas de héroes y envueltas en un exceso torbellino de poesía. El catedrático de la Universidad de Sevilla don Juan de Mata Carriazo acaba de publicar en nuestra revista de estudios árabes Al- Andalus un precioso estudio, en el que edita críticamente y comenta con segura erudición varias Cartas de la frontera de Granada hermanas de los deliciosos romances fronterizos. Son verdaderos y extensos partes de guerra que los protagonistas de la lucha enviaban al Rey don Juan II, y que nos ha conser- tuco, vagamente rosados, coronando los alcores verdes, frente a la sierra: Si tú quisieras, Granada, contigo me casaría... ¡Qué sobriedad en la primera carta! Caídos los moros en la celada que les han preparado ¡las dos escuadras, cristianas, mueren hasta doscientos nobles granadinos. En cuanto a los caballeros cristianos, hicieron todo cuanto pudieron por vuestro servicio dice su jefe al Rey. Y ¿sabéis quién era este jefe? Pues el famoso adelantado de Andalucía Diego de Ribera, que, poco después, había de morir, combatiendo a Alora, la bien cercada del traicionero viratón que le asestó en la cabeza un morico de los que no se habían refugiado en la alcazaba con la pasa y el higo muerte eternamente actual en e 1 prodigioso romance. en fin, por dueño de la plaza. Se llama Rodrigo Manrique, comendador, de Segura, que luego había de ser conde de Paredes y maestre de Santiago. Dio rmjcko que hablar en vida, y su muerte- éri las Coplas de su hijo aun nos sirve de meditación: Cuando tú vienes airada todo lo pssas de claro con tu flecha.