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MADRID DÍA 23 DE JÜLI O D E 1 9 4 6 NUMERO SUELTO 40 G ENT S. AL DEJAD CHICO ABC pido proyectil, ese muenachito que corre con las gacelas y como las gacelas pasaría a ser la definitiva esperanza. Un Adán que por azar encontraría a Eva, asustada, entre las raíces de un árbol. Y, lentamente, penosamente, sin memoria ni historia, recomenzaría la Humanidad bajo el tótem de la gacela, a lo menos mientras no fuese lo bastante vanidosa para preferir el del león. Cautivar a ese chico sería mayor canallada aún que éstas que se hacen casi a diario de esclavizar a un pueblo. Contra un pueblo, por inocente que sea, siempre es posible inventar pretextos que tranquilicen las conciencias perezosas. Contra el derecho de ese pequeño ser a vivir una vida que a nadie daña, no hay nada; toda hipocresía se hace transparente. ¡Dejadle, beduinos de todas las naciones! Con su edad, su estómago, sus piernas y el alfabeto olvidado, ¡cuántos querríamos llevar su existencia casi sobrenatural a fuerza de ser natural! Pero, entendámonos... ¿es que no puede uno salirse de esta inmensa manada de lobos en que se han convertido los hombres y dejar para quien los quiera os discursos políticos, las huelgas, las guerras, los tribunales populares, las sanciones de mil clases, los nauseabundos pero tremendos tópicos de los partidos, los odios implacables, el hambre organizada, el pasaporte regateado, los sabios en panal- -cada uno en su celdilla- agotándose en la labor imbécil de ayudar a la muerte? Pues, ¿qué trae esta cultura que no sea frío para el corazón y desesperaciones para el espíritu? Y si la cultura no es amor, ni es felicidad, ni es placidez, ¿para qué sirve? En la triste historia de la humanidad nada hubo tan ridículo como ese oscuro reyezuelo de Bikini al declarar, cuando abandonó, en unión de sus 160 subditos, la islilla que iba a ser arruinada por la bomba atómica: -Estoy muy contento por contribuir al avance de la civilización. ¡Desgraciado y barrigudo personajillo! ¡El, él era la civilización; él, que vivía tranquilamente con los suyos, comiendo cocos y pescado, sin saber lo que era un tranvía, ni un gabán, ni un contador de luz, ni un sótano, ni una película del Oeste! Yo creo que era el único rincón feliz del mundo. Por eso lo eligieron para aniquilarlo. Pensemos que hoy un rincón feliz es subversivo. A nosotros- -ya lo veis- porque vivimos mejor que los otros puebles de Europa... nos miran de reojo. W. FERNANDEZ FLOREZ de la Real Academia Española. DIARIO ILUS T R D O DE I NF O RM AGI O N G E N E R AL UAN conmovedor ese niño, que fue visto compartiendo la vida de las gacelas en los territorios en que lindan la TransJordania y el Irak! Saludémosle desde esta inmensa distancia de la civilización y de, la geografía, aunque sepamos que nunca ha de poder ni sospecharlo. Los periódicos le llaman el niño Tarzán sugestionados por ese folletón ¿absurdo que alcanzó tantos lectores; pero la verdad es que está muy por encima- del protagonista de tal novela por entregas. El niño del Irak se parece más al maravilloso protagonista de El libro de las Tierras Vírgenes creado por aquel gran poeta, que fue- -que es, porque un gran poeta no muere- -liudyard Kipling. Es M, owgli hecho carne viva, desnuda y morena; es el hombrecillo rana criado por los lobos, odiado por el viejo tigre ShereKivM, amparado por la prudencia de la pantera. Es él. Corre entre las gacelas en vez de dar al lobo el nombre de hermano y de seguir junto a él el rastro en las cacerías. Y en esto, la Naturaleza corrigió al poeta sensatamente porque si un infante desvalido ha do convivir con los animales de la selva, no serán sus compañeros los feroces carnívoros, sino aquellos que sienten sin cesar el miedo de su escasa pujanza y están siempre prontos a huir, con el oído despierto y el hocico olfateante y la, s piernas estremecidas. El niño Mowgli, del Irak, fue descubierto por un grupo de beduinos que cazaban gacelas. Ya le había divisado gente de otras tribus en diferentes ocasiones, pero en la más reciente, los beduinos desatendieron su caza para apoderarse de él. Lograron aislarle de la manada, y, tras una persecución que duró varias horas, le cautivaron. La criatura no sabía hablar ni comía más que algunas hierbas ni sentía hacia el trato humano sino horror. En un descuido de sus aprehensores huyó con tal ligereza, que nadie pudo alcanzarle; y se reunió otra vez con, las gacelas. Ahora se han organizado expediciones, en una zona de doscientas millas cuadradas, para capturarle de nuevo. Capturarle... ¿en nombre de qué? Hay muchos centenares, muchos millares de niños que capturar en las ciudades y en los campos de la tierra que se llama civilizada chiquillos a quienes la guerra y el hambre dejó solos y en los que se ocupan alguna vez los periódicos en crónicas lastimeras y horrorizantes, porque en aquellos cuerpecillos se refugia y opera toda la maldad de los hombres- -la codicia, la crueldad, el engaño, la salacidad- todos los vicios; y ninguno de los dulces adornos de la infancia. Son los niños que vagan por las agujereadas llanuras de la Europa destrozada, y los que se organizan en bandas en la desmoralizada Francia. Pero el Mowgli del Irak, ¿a quién daña? Es ya tan sabio que huye de los hombres; ni con ellos se educa- ni con 1 tigre, sino Con las gacelas. Quizá de ellas haya recibido sostén en sus primeros años, como de la loba el personaje de Kipling. ¿Quién ouede decir qué prodigiosa historia e s la suya? Acaso esos tozudos beduinos que, en representación de la Humanidad, intentan cazarle, con feroz empeño, conspiran contra el hombre del futuro. Porque cuando todos los países culto se hayan aniquilado e. n una guerra de rayos cósmicos y átomos desintegrados y demonios coronados, cuando el penúltimo combatiente, ya moribundo, lance contra s última r ersonn. viva su oostaro v estú- C DON EDUARDO PALOU Y FLORES ON Elias Tormo y Monzó pone de actualidad la figura de don Eduardo Palou y Flores. Habla de él en un notable estudio sobre la Donatío constan niana, texto tan denso, tan profundo, tan metido en la entraña de la Historia, que es ya difícil, sin leerlo y meditarlo, dominar la disciplina de CHo y Hcrodoto. Al morir don Eduardo Palou, aspiró Tormo a la cátedra de la Historia de la Iglesia que quedaba vacante y firmó las oposiciones en unión de don Prudencio Meló y Alcalde, que fue después obispo de MadridAlcalá y arzobispo de Valencia, muerto no hace mucho todavía. Se suprimió entonces la Catedral, y don Elias Tormo hubo de consagrar sus actividades a la historia del ar- D te, en la que, desde hace años, es maestro y autoridad de primer orden. Al estudiar por segunda vez el paraninfo de k Universidad en el último nume. ro publicado del Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, vuelve Tormo a consagrar unas líneas, no muy halagüeñas por cierto, al catedrático de la Historia de la Iglesia en el doctorado de Derecho. Don Eduardo Palou y Flores íué un hombre popularísimo en el Madrid de la Restauración, la Regencia y, aun antes, en las días de Isabel II. Era sacerdote y catedrático de la antigua Facultad de Teología. De allí pasó a la de Derecho cuando la revolución del 68 arrojó de las Universidades españolas la ciencia de Dio. s. Adernás de catedrático fue Palou senador del Reino, sumiller de cortina en la Real Capilla, caballero de San Juan de Jerusalén, individuo del Cuerpo Colegiado de Caballeros Hijosdalgo de la nobleza) de Madrid. Los Papas le habían concedido honores diversos, y él, con gracejo andaluz, solía decir que tenía honores de cardenal y sueldo de sacristán Murió Palou en diciembre de 1904. No era tan viejo como las gentes sospechaban. Acaso no había cumplido entonces los setenta y cinco. Se le enterró, a igual que su compañero el hebraísta! don Antonio García Blanco, revestido como para decir misa. Era don Eduardo Palou un conversador muy- entretenido. A todo el mundo conocía, a todos saludaba en la calle- -ya lo dice Tormo- pocos estaban en su épeca tan facultados como él para, desentrañar genealogías, matrimonios, vicisitudes, ascendencia! y circunstancias de cuantos pasaban por sus amigos en todas las clases sociales. El comentario de la lista de clase que menciona Tormo consistía en recordar a cada uno de los alumnos cosas curiosas de sus propias familias y de sus deudos y conocidos. No debemos fiarnos de los parecidos de las novelas. Las claves, la mayoría de las veces, sobre ser falsas, vienen a perpej rar en la deformación, en la exageración del relato, un atentado a la justicia. Han de ponerse las cosas en su justo medio. Sólo entonces, y con todos los respetos para el modelo y todos los distingos y hasta contradicciones entre el personaje de la ficción y el de la realidad viviente, cabe formular una sospecha. ¿Conoció Galdós a don Eduardo Palou y Flores y pensó en él cuando estaba escribiendo la segunda de sus novelas. El Atidas, para trazar el tipo del abate, den Lino Paniagua? Es el año 70, acaso el 71; Palou dice misa de doce en el Rosario, una iglesia que estuvo en la calle Ancha de San Bernardo, muy próxima al solar en que luego se construyó el templo de los Jesuítas de la calle de la Flor, incendiado por las turbas en 1931. Galdós investiga en todos los medios sociales, observa, inquiere, le gusta llevar a su obra la vida misma que se desenvuelve a su lado. Palou es muy conocido. Ha de tentar al entonces joven novelista que oye hablar de él en las tertulias de estrado. El sacerdote catedrático es un perfecto hombre de mundo, con sotana y púrpura en el alzacuello. Luce en su pecho la cruz de Lope de Vega, que es la de Malta o San Juan de Jerusalén. Era una tentación para el literato. Luego se ha borrado esta concomitancia. Parece que las generaciones beben el olvido en las aguas dtl Leteo. Luis ARAUJO- COSTA