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Y muy pocos teatros en Lisboa, razón por la cual- -y esto parece un a perogrullada- -todos ellos están siempre llenos. Creo que existe alguna di- posición edilicia que impide o dificulta la edificación de nuevas ¿alas de espectáculos, mientras no vayan desapareciendo las antiguas. Pero, por la razón que sea, el h. clio evidente es que hay pocos teatro- que todos se llenan y que es dificilísimo encontrar iocnüda les en ninguno si no se ¿ncargan can tiempo. Como en esta época los teatros suios exceptuado el de Doña María, no funcionan, me fui a ver una revista: el Tiro- Uro, en el coquetón teatro de la Avenida. Las revistas portuguesas no son tan espectaculares como las españolas ni están presentadas con tanta suntuosidad y riqueza, En cambie, son bastante más graciosas, más entretenidas y... más ingeniosas. Las revistas además han de sujetarse a un patrón... Ki público portugués exige que en la revista haya un cuadro español, a ser posible con una vedette española un cuadro brasileño, un par de cuadro- de sátira política, un cuadro patriótico y el inevitable cuadro fadista, que entusiasma y enloquece al auditorio. Sin estos componentes, la revista no tiene éxito. El público no se cansa de este patrón, que para, autore- y jmpi snrios es obligatorio. Los artistas son excelentes; los decorarlos, discretos; la disciplina en la escena, rigurosa. En el Tiro- Liro de la Avenida hay todo esto... Los autores, en completa libertad, embroman a todo el mundo. Luego, como contraste, venía el cuadro satírico. Titulaba- 1 El trabajo por la alegría, o I- a alegría del trabajo... No sé... Uno de esos bonitos títulos que se han ideado hace ya tiempo para dtmo- trar que no hay nada más agradable que... no trabajar. H ¡Canta que te cantarás, que eso menos trabajarás... En El trabajo por la alegría aparecen media docena de braceros apisonando adoquineen una calle de Lisboa. Estos bravos obreros e nos presentan fantásticamente coronados de flores. Lo- instrumentos y herramientas de trabajo- -picos, palas y apisonadoras- -están florecidos también... Cantan y bailan los trabajadores contentos, hacen pequeñas evoluciones coreográfica. -y dejan caer la apisonadora blandamente sobre el adoquín puntiagudo, como- i le hicieran una caricia. De vez en cuando, los vigilantes les ofrecen cigarrillos, una bebida calente ¿n invierno, un refresco en verano, el tentempié, a mef ia mañana, y la merienda, a media tarde... i ide más i nía- quieres! Pero ¡ay! todo tiene un fin. Una fatídica campana anuncia la terminación del trabajo, pon ue la jornada legal es inexorable... y allí tendrían ustedes que ver los lloros, ¡os lamemos, la desesperación de aquellos denodados trabajadores... Vierten lágrimas conuí garbanzos, se arredilan y suplican que les permitan seguir sacrificándose, trabajando un par de lio ritas más- ¡claro que pagadas como horas extraordinarias! y de tal modo se obstinan, que es preciso arrojarles, brutalmente, quitándoles las herramientas de la- mano- expulsándoles a viva fuerza... ¿Qué vamos a hacer ahora? -exclaman mesándose el cabello- ¡Pobres de nosotros! Cómo vamos a matar el tiempo hasta mañana? ¡Tantas horas ociosos! Tendremos ¡ue ir al teatro... O al cine... O a lo- bares a gastar dinevo... O encerrarnos en nuestros domicilios con nuestra? mujeres, aburridos, disputando o haciendo 1 cigarrillos, o discutiendo acerca de las ventajas e inconveniente- de la repoblación forestal... El cuadro fadisía en las revistas portuguesa- e- el cuadro que más cuidan los autores porque es siempre el que más interesa y emociona al público... Son canciones con letras- entím. lítales del barrio de la Morería, escenificadas con arte e interpretadas por artistas de positivo mérito. Todo el público las corea porque el fado está dentro del corazón del pueblo. Cuántas veces, a altas horas i! la madrugada, paseando por las calles siK: tHÍo- a fi viento nos trajo la melancólica melodía de un fado que escuchamos conmovidos, i LTna nochei en un popular restaurante abarrotado de gente, entraron tres guitarrista- que amenizaron breves momentos la ce; ejecutando fados, cuyas letras vendían luego a les comensales. Pe pronto, de una de las mesas, una voz gritó; ¡El fado de Coimbra! El que había dado aquella orden era un hombre de unos cuarenta años, abogado muy conocido en Lisboa, que estaba tranquilamente cenando con su familia y varios amigos. La guitarrada, obediente, templó los instrumentos; la luz de la sala disminuyó, quedando todo en suave penumbra, el público enmudeció, las garridas mozas que servían detuviéronse como paralizadas... Y acompañado por los guitarristas, aquel hombre comenzó a cantar con voz limpia y varonil y exquisito gusto... Era el canto evo. cador de la juventud, recuerdo. estudiantiles di la vieja c. udad risueña y tumultuosa, la de las mil trovas y románticas leyendas, donde el sol cubre de oro los viñedos y la luna ilumina con su luz silenciosa las noches ardientes de los enamorados. Coimbra tala surgía ante nosotros con sus capas estudiantiles, sus serenatas, sus escándalos y sus bulliciosos motines... Todo esto evocaba aquel hombre que, apoyado el rostro en ambas manos, con la mirada perdida en el espacio, abstraído, sin ver a nadie, corno si se encontrara allí solo, solo con sus recuerdos, cantaba... Cantaba suavemente, dulcemente, deliciosamente y era la canción de su juventud con todas su ilusiones, sus alegrías, -us amores y sus saudades... ¡Que eso es el fado de Coimbra! El público que le escuchara, emocionado y humedecidos los ojos, le tributó una ovación clamorosa, que él apenas escuchó... Sin dar más importancia a su sentimental desahogo, reanudó la conversación con sus familiarey amigos, y continuó cenando tranqtiilamente, El íad de Coimbra ¡El más lindo fado que yo be oído en toda mi vida! JOSÉ JUAN CADENAS