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PESCA EN El MAR SARDINA FRESHCUA N la dár. -ena pesquera hay un intuiso trajín de pleamar; las chimeneas de las unidades ancladas humean con las calderas a presión; los chinchorros auxiliares se mueven inquietos entre la- unidades mayores, El barullo rompe la intimidad de la hora al fresco hiriente de la medianoche. Un vaporcito desatraea, por fin. y abre rumbo con la gente a bordo. Junto a una escala mani- obran, COTÍ la ayuda de un remo, desde la proa de otro vaporcito que sale también. Y luego otro y otro. Al instante, nuevos vaporcito? ocupan sus puestos, cargan nerviosamente hombres y artes y parten en pos de los primeros. Y más y más. Toda la flotilla sale. E La bocana del puerto tiene alteadas de mar gruesa. Vi inte, treinta, cuarenta vapo r c i t o s rompen, en alargado rosario, la quietud de las aguas que se habían quedado dormidas. En alucinante procesión avanzan en la ncche. mar adentro. Suben y bajan al paso de las olas como serpientes que se arrastraran p: r una complicada orografía. Delante e- tá la noche; la noche y el mar muchas millas de mar. Y ciué importa: los vaporcitos da la flotilla pesquera, con -iet; hombres a bordo, cada uno, van en busca del bálamo de la sardina. El patrón lleva, el gobernalle como puede. Los fogoneros cuidan de ¡a presión de las KAN SEBASTIAN. -Lanchillas con bocarta. (Foto calderas; alguno h o m b r e s aprietan sus espaldas contra el caparazón- -i Máquina! a estribor t- -grita el pade! guardacalor; otro; van tumbados en la cala; alguno t ue otro trabaja a oscura? or- trón. El vaporcito vira a la derecha. Segundenando piolas y drizas. dos después vuelve a gritar ¡Arriar el arte! El convoy prosigue su ruta; pero no se Dos pescadores ponen la red sobre la rolle ve: la luna, débil y esponjosa, no liega a dibujar sus 1 siluetas. Sin embargo, las luciér- dana de estribor que, echada a brazadas, cae al agua y traza un surco festoneado de esnagas verdes y rojas de sus luces de posición y las caracolas de espuma que levantan en el puma. El vaporcito ¡sigue virando, apartanagua denuncian su paso. De pronto, aparece do la popa para que la hélice no alcance h la ardora; el mar se enciende en un rebrillo red en sus furiosas manotadas. En u virametálico: es la manjúa que navega a flor de je traza una circunferencia sobre el centro geométrico del chinchorro, donde el chico agua. Miles, millones de sardinas cubren toda la superficie, dando cuerpo a la corteza ma- maciza todavía pava entretener la sardina. A rítima y brillo y rebrillo al agua. El branque bordo todos los hombres están en sus puestos. El pesquero cierra, al fin, la circunfereny los pantoques de los vaporcitos, al chotear cia y el honibre que tiene el bichero engancon la manjúa, le arrancan, como si fueran virutas, docenas de sardinas que, tras una pi- cha la corchera que marca el punto inicial del aparejo. Otras manos acuden presurosas rueta en el aire, vuelven a caer. Buen moa completar la maniobra. El patrón contemmento para echar el arte; pero es de noche pla el círculo que encierran los corchos de aún y no se puede. Los pesqueros cortan ia marcha; los patrones ordenan, el macizo y, la red y grita: acto seguido, rissde unos barrilillos de raba, ¡Cobrar relinga! que ¡levan en pupa, arrojan; manotadas de Los cinco o seis alineados juntos cebo para entretener el bálamo. En todos los a la borda, tiran al hombres, de la estacha que vaporcito arrian el chinchorro con un hom- pasa por las manos unísono de todos, bre, un chico y el bnrrilillo a bordo. Ras. ras, ras cantan a coro para acomLa nnchf pierda opacidad poco a poco; el pasar el esfuerzo: y la driza, empapada de negro que mancha el espacio se hace gris agua, pasa como una culebra sin fin entrí que clarea por momentos. Las unidades de sus manos. El patrón, que quisiera acelerar el ritmo de la flotilla acusan gradualmente A dibujo de la recogida, les cantan a un compás má- nersus silueta ln que en una calcomanía do niño Nuestro patrón mira con nervio- vioso sismo los chinchorros. Quiere ser el pri- -Ras, raí? ras, ras. mero en largar. Tero rio lo consigue; uno de Pero los hombres siguen el suyo. Ellos said- barcos suelta la cola de la red; al insi- ben que- e- -unciente. La relinga, de la que tante, rru y otro. Por fin el marinero de tiran sin- cesar, pasa por unas anillas que nuestro chinchorro M- pone en pie y abre lleva la red en u parte inferior y. al redu brazo -i! en- -cirse ésta. va n frando por el fondo corno marqués de Santa Mari del Villar. una bolsa. Su peso y la resistencia de agua hacen que el esfuerzo sea mayor por momentos. Pero el ritmo no puede disminuir. Lo que importa es cerrar la bolsa cuanto antes, aunque las manos se agrieten; si no, la rird na se escapará por el boquete como un río. Mas esta vez no puede irse; la driza ha llegado a su tope y el patrón manda: -Cobrar la encimera. Los marineros dejan la estacha y. sin cambiar de posición, cogen la relinga- uperior. Ras, ras, ras cantan de nuevo. La circunferencia que dibujan los corchos- e hace menor y pierde la. regularidad de su curva. La sardina cercada descubre, al fin, que le han puesto puertas al mar, y se agita alocada buscando la salida. Varios cientds, acaso miles, metsn la cabeza en lo, -ojos de la malla y quedan clavadas e i la red; las demás, formando un denso banco de varia toneladas, se revuelven furiosas, haciendo palpitar el agua. El momento es de una belleza impresionante. La superficie que delimitan los corchos, hierve agitada por los coletazo de la sardina, que llena el agua de aleteos r irisaciones! Al fin ya no es agua lo que encierra la red, sino sardina sardinas nada más. Ras, ras, ras cantan aún las manos doloridas y el pecho jadeante. El banco inquieto y andariego que cruzó incansable meridianos y paralelos se ahoga, ahora, encerrado en un saco- de malla, al costado del vaporcito pesquero. En realidad, la pesca ha terminado. No falta ya más que subirla a bordo: y con unos, salabardos se hace fácilmente. Y, en seguida, a tierra. Interesa mucho ser el primero en llegar a puerto, El que arriba ante i s quien vende mejor. M. CTRTQUÍAIX- GAIZTARRO