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UNA CENA EN EL IMPARCIAL D lo. s primeros diez años del presente siglo, tuve la costumbre, que interrumpí muy raras noches, de visitar en su despacho de la redacción 4 e El Imparcial a mi inolvidable e íntimo amigo Ortega Muralla, que dirigía et referido diario. Quise entrañablemente y admiré con fervorosa devoción a aquel gran escritor, príncipe de la Prensa, en cuyo ser reñían en rivalidad perenne la bondad y el talento, porque si éste era profundo y brillante, aquélla era incomparable v ejemplar. Un día del ines de noviembre- -no tengo anotado cuál fue- -de 1907, al encontrarnos en el Congreso, me mostró el deseo de que cenáramos varios amigos en el domicilio del periódico y que cada uno UDANTE que no vivieron aquellos tiempos, que muchos creerán que fueron peores que és, tos, no pueden tener idea de cómo era entonces la vida. Paz en todo e! planeta; para viajar 110 se necesitaba pasaporte; se podía importar y exportar el dinero sin límite de cantidad; la baratura era fabulosa para comer, vestir, viajar y divertirle, y, por consiguiente, tan feliz bienestar engendraba una alegría que se reflejaba, en. todas las fases fie la existencia. Se habló de todo, pero la mayor parte de la conversación la consumió la política, en la cual todos, menos Cavia, estábamos interesados. Laserna, con su ingenio agudo y chispeante, nos hizo reír lo indecible. Ortega le pinchaba de vez en cuando, y él respondía con una rapidez que resultaba más festiva, DÉLOS APUNTES PARA MIS MEMORIAS Santiago Alba. José Ortega Mnnilla. Rafael Casset. lleváramos el manjar que nos pareciera nía? oportuno, previo acuerdo para que ninguno resultara duplicado. Me pareció de perlas el proyectó, y en la velada siguiente nos congregamos él, Rafael Gasset. Santiago Alba, Luis López Ballesteros, Pepe Laserna. Mariano de Cavia y el que rememora el acto en estas líneas. Cada uno aportó su contingente para el condumio, según se había convenido. Gasset, cuatro langostas; Alba, cuatro pollos; Ballesteros, catorce docenas de ostras; Laserna, dulces y frutas, y yo, un jamón de Trévelez. A cargo de Ortega corrió el vino, el café, y el coñac. Cavia quedó exento de contribuir, porque generalmente no comía. Se le preguntó qué deseaba beber y pidió una botella de Je, rez y dos de cerveza, que, mientras nos. otros comíamos él e las iba bebiendo, guardando riguroso turno en las libacio, ne. s, hasta dejar los cascos vacíos. La cena no hay qué decir que fue ame. 11 a y regocijada y mucho más la sobremesa, que duró ha. -jta la madrugada. Los porque todo lo decía sin abandonar su seriedad habitual, y sin pretender hacer chistes, que es, en mi concepto, el m o d o más clásico de darle eficacia graciosa al donaire. No necesito decir que todas los comestibles se consumieron. Del jamón no quedaron más que el hueso y la piel; de los pollos y las langostas, los esqueletos, y de las ostras, las valvas. Y de la cantidad de vino que José Laserna. se bebió no conservo nota, pero sí recuerdo que, sin llegar a la embriaguez, nos acercamos a ella. Cavia habló poco y, cuando, ya pasada la media noche, le dijo Ortega: Mariano, el señor Paco dice- -el señor Paco era el. regente de la imprenta- -que si vas a dar algo para mañana lo- mandes en seguida, porque hay que hacer el ajuste. 1 Allá voy respondió el eximio periodista. Y con el contenido de las tres bo- tellas trasladado a su, estómago, se encerró en uno de aqueLuis López Bailes llos cubículos, donde teros. él solía trabajar, y escribió en poco más de media hora, una Chachara que. cuando al día siguiente la leíamos, no podíamos concebir que un cerebro que su. poníamos entorpecido por la influencia del alcohol conservara una claridad tan diáfana y un ingenio tan gentil y garboso. De los que disfrutamos aquel delicioso ágape 110 quedamos vivos más que Santiago Alba y yo. La alegría y el regocijo de aquellas horas felices las recuerdo con profunda amargura, no sólo porque aquellos buenos amaradas emprendieron el viaje triste del que no se regresa, sino porque la juventud huyó para no volver. y aquella vida apacible, tranquila y deleitosa no la gozarán mis descendientes en muchísimas generaciones, porque, si vuelve a reinar, será 1 pasados acaso siglos, cuando la tierra esté poblada de seres dotados de la prudencia y la- sensatez de que carece la actual especie humana, que cifra su empeño en la siniestra locura de deshacer y descuartizar el mundo que Dios, en su infinita misericordia, sacó de lanada para que fuera encanto y solaz del hombre, que para eso lo creó a su imagen y semejanza. NATALIO d e Xtjt, íaj Academia de lt, i Historia. RIVAS Mariano de Cavia.