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J üLi O DE 1946. NUMERO SUELTO 40 GENTS. I URGENTE DEBER tinción social, por prurito i mantener frente- a la lengua nuevamente impuesta el hecho diferencial filipino, por gusto y regusto de la tradición n las clases rectoras del país. Finalmente, desde la redacción de la nueva Constitución, por afirmación de la soberanía filipina que considera nuestra lengua como herencia irretiúnciable y gloriosa, y declara mantenerla con caracteres de cooficialidad con la sajona. Pero esta situación lingüística tan complicada no puede permanecer indefinidamente. Un pueb o trilingüe, a la larga no se concibe. ¿Cederán las lenguas malayas? Es muy dudoso. Cuentan para un porvenir, más o menos lejano, pero seguro, con el apoyo d- e las otras lenguas hermanas de Malasia, cuyos pueblos han de progresar bacía- su emancipación. ¿Desmayará el inglés? Parece imposible. El inglés es la lengua internacional de toda Asia -de todo el Pacífico. Los Estados Unidos no. abandonarán nunca del todo sus bases lingüísticas. La lengua española, menos dominada hoy por los filipinos, alejada millares. de millas de sus dos troncos, español y americano, es la que corre el más serio peligro. Para que se conserve y aun se aumente v purifique- -legítimo deseo que no nos es dado abdicar- será preciso, que los filipinos sigan sintiéndose hispánicos por encima de todo antes que étnicamente malayos o técnicamente sajones. Que de las tres edades transcurridas de su historia, sientan como esencial el peso de los cuatro siglos de su cristianización, sobre el antes y eJ después. España puede y debe hacer mucho. Lo que a mí se me ocurre com o de mayor urgencia- emergencia dirían, ¡ay! allí- no cabe ya en este artículo e irá en otro. GERARDO DIEGO DIARIO ILUS T R A D O DE 1 NF O R M A GI O N G E N E R AL 1 servidor de ustedes- -contempla el panorama... No hay grandes trenes de vida, las familias de abolengo y tradición huv alquilado sus palacios para irse a vivir a los hoteles, huyendo dé las chinchorrerías sociales del servicio; no hay fiestas suntuosas, ni abonos caros en los teatros, ni más temporadas de ópera que unas cuantas fundones jardineriles, con tenores sesentones... Y uno se pregunta, lleno de asombro y curiosidad: ¿Dónde va a parar ese dinero? ¿En qué lo gastan? Porque está visto que no lo gastan. Quizá sea éste nuestro problema. Aquí nadie gasta con arreglo a lo que gana O al ingreso que obtiene. Los que ganan pqpo. porque no los alcanza y tienen que gastar más y empeñarse... Los que ganan mucho, porque no gastan la décima a te de lo que ganan. Esrtos se limitan a vivir mejor, pero sin hacer ostentación de, sus beneficios por temor a que se los arrebaten como si fuesen b enes mal adquiridos. No emplean su dinero en empresas c! e envergadura, ni siquiera se preocupan de incrementar el lujo, cosa muy- necesaria, porque hace vivir a mucha gente. Atesoran los millones, los esconden medrosamente y no son capaces de acometer nada de lo qiio debe hacerse cuando se posee una exagerada fortuna, adquirida con facilidad: una empresa grande v beneficiosa que consagre el recuerdo imperecedero de un apellido, una obra patriótica, mí mecenazgo artístico desinteresado y generoso, una locura... ¡En íín, al- o! Pues no, señores... Afanosamente van atesorando millones... para retirarlos de la circulación... Su placer es aumentar su riqueza y ocultarla... A mí me recuerdan a aquel Perico Mendrugo- del célebre saínete, que gotaba contando todas las noches, a solas, sus capitales, haciéndolos desfilar en abrillante revista como Cuerpos de Ejército... Las peluconas eran la Artillería; los centenes de oro, la Caballería; los duros, la Infantería... Perico Mendrugo se divertía jugando a los soldados como los chiquillos, sólo que los soldados del avaro eran las onzasy doblas que atesoraba. Los grandes negociantes que cada día se enriquecen un poco más, no por sus ideas geniales, ni por su laboriosidad e inteligencia, sino favorecidos por las circunstancias qti? los ayudan, son unos grandísimos egoístas. Quisieran enterrar sus fortunas, no protegen una empresa si no ven en ella una ganancia inmediata y desproporcionada al víe? go que pueda correr el capital invertido; no ayudan una iniciativa ni favorecen un esfuerzo... No recuerdan sus comienzos difíciles, si los tuvieron, ni lo que lucharon, ni lo que sufrieron, ni lo que penaron... Con el éxito lo han olvidado todo... Son secos y duros... No piensan que otros hoy, como ellos ayer, se debaten y pelean contra los obstáculos y dificultades de la vi la, áspera y agria. Son, como decía AVfredo Captis, los que una vez legados al quinto piso... ¡no devuelven el ascensor! JOSÉ JUAN CADENAS E SPAÑA no puede dejar abaldonada su obia en Filipinas. Durante el casi me dio siglo que ha transcurrido desde el 98, apenas nada hemos hecho oficialmente por mantener allí el prestigio de nuestra cultura y la extensión y pureza de nuestro idioma. La admirable labor de nuestros religiosos, la educación científica y técnica de la Universidad de Santo Tomás y el trabajo industrioso, agrícola y comercial de nuestra honrada y patriótica colonia han sido suficientes a que durante ese tiempo no se haya apagado el fervor español, limpio ya de recelos y nubes familiares, en los corazones de los buenos filipinos. Pero la realidad es que el tiempo transcurre. Van siendo ya pocos lo s supervivientes de la época española y dentro de diez, de veinte años, sus filas se enrarecerán hasta quedar reducidas a un venerable patriarcado más o menos jubilado prácticamente. -Cuál será el porvenir d e la cultura española, de la lengua esp- ñola en el archipiélago nada más que dentro de otro medio siglo? E s evidente que o se perderán, pero sin embargo d- ebemos darnos cuenta exacta de los riesgos que corren. En España se suele tener una idea bastante errónea de lo que allí sucedió y sucede, asimilándolo al hecho hispanoamericano. Es frecuente en nuestros libros de historia y de gramática sumar sin más a todos los filipinos- -ahora parece que son ya 18 millones- -dentro d l imperio lingüístico español. La realidad es muy ctra. Ni el 98 ni menos ahora, la lengua castellana ha llegado sino a una minoría de filipinos. Y aun de esa minaría, una porción considerable lo manejan muy imperfectamente. España no tiene, ciertamente la culpa. Las dificultades para la expansión de la cultura eran mucho mayores en el archipiélago que en América, Nuestros misioneros, como era su deber, procuraron antes aprender ellos las lenguas indígenas que enseñar la propia. Esas lenguas nativas viven hoy lozanas, y el tagalo, por ejemplo, cuenta con una. Prensa eficiente y una literatura entusiasta. ¿Ocurre algo parecido en ninguna República americana? Es muy lógico que el sentimiento de saberse libres e independientes fomente aún más el cultivo de las lenguas vernáculas. Tan sólo su pluralidad dificultará e l empeño y servirá indirectamente para favorecer la causa de nuestra cultura. Pero además hay otro hecho abrumador e irreparable. Les Estados Unidos desde el primer día usaron de. todo su poderío y su tenacidad para imponer con celeridad maravillosa la lengua inglesa. El castellano no fue proscrito ni prohibido, pero sí relegado a la categoría de lengua extranjera, en la cual no se pedía enseñar. Los maestros dominicos de Santo Tomás se veían obligados a explicar sus clases en inglés. El resultado de esa estratégica campaña ha sido la imposición del inglés como lengua incomparablemente más difundida hoy que la nuestra, sobre todo en las generaciones jóvenes, que bien pronto serán las únicas. Se mantiene el español po. r elegancia de- espíritu, de dis- EL ASCENSOR S E ha desarrollado una afición a los negocios verdaderamente inquietante... Todo el mundo hace negocios Nadie se ocupa más que de hacer negocios Son legiones de negociantes las que nos han invadido y recorren la Península de una punta a la otra. Yo, cuando veo entrar a un hombre con una cartera, ya sé que rae va a proponer algún negocio fabuloso: la explotación de una mina de lacre o un pozo de petróleo en el Cerro del Pimiento. Empiezan hablando de millones... Acaban contentándose con diez pesetas. -Pero, ¿hacen negocios? -rpreguntarán ustedes. Indudablemente, porque todos los días oímos hablar de operaciones magníficas, de fortunas rápidas y extraordinarias, de ventas v compras que dejan en manos de los intermediarios- -lícitamente, no lo dudo- -feumas que, en otros tiempos, nos hubieran parecido fabulosas. No se trata de casos aislados. Son docenas de- personas que realizan a diario beneficios verdaderamente escandaiosos... ¿Quién no conoce alguno? El hombre de la calle -en te caso un