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DE UN TORERO EL TRIUNFO DE PEPIN MARTIN VÁZQUEZ, EN LAS VENTAS, FUEEL TRIUNFO DE LA VERDAD Cogido gravemente, el diestro sevillano realizó y terminó una gran faena Sí... Conviene recordar la faena de Pepín Martín. Vázquez el pasado domingo en M adr. d, porque, recordándola, tendremos la medida exacta de su magnífico valor, de su importancia y de u significado. Quizá, y íin quizá para nosotros, esta faena de Pepín Martín Vázquez haya si ¿lo la mejor. O mereció ser la mejor, porque Pepín la fue tejiendo primorosamente, a costa de su sangre v de su propio dolor. Más que un gesto de Pepín, si meditamos un poco, sacaremos la conclusión de que Pepín Martín Vázquez, cuando fue coiridcv. no pensó en nada ni en nadie, y que gesto y sin un ademán fuera de tono. En Pepín fue todo tan sencillo y a la vez tan sincero, que llegó a emocionarnos a todos, porque comprendimos que en él, en. Pepín Martín Vázquez, residía la verdad. Y on la verdad nosotros admitimos todo, y aun más lo admitimos en los toros, donde muchas veces juegan recursos tan engañosos y tan teatrales como en la misma farsa. Pero es que a Pepín no podía pasarle esto. Y no podía pasarle por dos razones: por juventud v por corazón. Y por juventud y por corazón, Pepín Martín Vázquez fue en las Ventas la verdad. Toda la verdad. De aquí nació la naturalidad de su faena. su acción íné tan espontánea como el mismo impulso que le llevó a ella, sobreponiéndose a su dolor. No: no hay que buscar en la acción de Pepín el gesto y sí la verdad de su arte, el sentido de su responsabilidad v la entrega total de su misma vida a unos fines que, aun en la Fiesta, pueden ser altos porque en ellos entró razón tan suprema como es el corazón. Más allá de lo humano y lo sencillo, yo no quisiera explicar la actitud de Pepín el pasado domingo en las Ventas. Posiblemente lo que todos vimos excluya la explicación. Y, sin embargo, sí conviene recordar, porque las cosas dignas, sencilla con verdad debemos tenerlas presentes por cuanto tienen de lección y ejempiaridad. V también porque retratan de cuerpo ente o a un hombre. Y de lo qué este hombre c? capaz de hacer cuando la vida le enfrenta con la adversidad. Que, en definitiva, es o i ut- hizo Pepín Martín Vázquez: crecerse i jugárselo todo ¡i ima sol? carta, sin un Su sencillez, su quietud y su mando. Lo que hizo Pepín fue continuar el sueño de triunfo ciue traía prendido en su capotillo... Seguir su sueño, sin importarle que unos pitones le hubieran bordado rosas de sangre en su cuerpo joven. ¿Que le había cogido ei toro? ¿Por esto él iba a afligirse? ¿Que tenía sangre en su taleguilla? ¡Qué importaba! Lo interesante era seguir adelante sin flaquezas y sin desmayos. Y Pepín siguió basta que no pudo más. Pero hasta aquel momento Pepín había hecho ya demasiado. Había hecho su faena, la me soñó en el paseíllo... Con temple, con mando y con quietud, igual, igual que si los pitones no le hubieran pasado tan cerca y. a la ve le. habrían dado tan dentro. La charla no tiene fecha. Lo mismo pudo ser ayer, que hoy. porque Pepín Martín Vázquez aun sigue en el Sanatorio de Todol or, misino, de rero- Xj Jas curas la herida lian podido quitarle de sus labios su sonrisa aniñada. Contemplándolo así, rudeado de amigos, y olvidado, el tono austero de la habitación, podríanlos creer QV. V. Pepín estaba dejando correr las horas que le faltaban para vestirse de torero en una tarde cualquiera... Sin embargo, Pepín no se encontraba en el Sanatorio de Toreros por razón, tan leve. Si se encentraba allí, era, sencillamente, porque el pasado domingo salió a buscar el triunfo... y se? rt x ntrú con el triunfo y con una cornada. ¿Mejor: -Gracias a Dios, estoy mtjor. ¿Más contento? -Sí. -I Te asustó la cogida? -Cuando me levanté, dvjé de pensar en ella. Olvidé que el ton me había cogido. ¿Pero tú sabías que la cogida era grave? -Lo sabía, porque yo noté cómo el pitón había entrado en mi carne. -Y, sin embargo... Pepín, con un ademán, cortó mis palabras. -Lo que hice fue, sencillamente, lo utie debía hacer, porque uno se viste de luces para darlo todo, sin aspavientos y sin ruidos. ¿Cómo te cogió? -Di el pase cambiado perfectamente; pero, cuando el toro se volvió, la muleta la había: levantado tanto ei viento, que los pitones se encontraron con mi cuerpo. Y a pesar de lo que te supone la cogida, estás contento? -Sí. Estoy muy contento. Cuando se cuniple con el deber, siempre se está contento. Además he recibido tantas muestras de afecto, que me siento pagadísimo de todo lo que hice, Al público hay que darle siempre todp! o que es uno. Aparte de que yo en Madrid tengo siempre deseos de triunfar. Y todo lo que hago siempre tne parece poco. Por tu cogida, pierdes muchas corridas? -Eso creo. Pero no me hagas mucho taso, porque eso lo sabe Miguel Prieto, m. apoderado. Han entrado unos amigos. Ahora la charla salta de un sitio a otro y no hay forma de que mis preguntas puedan ser escuchadas, -Bueno, Pepín, te dejo... El, en silencio, estrecha mi mano. Pepín Martín Vázquez seguía sonriendo, Podía sonreír por muchas razones: por su juventud, por la satisfacción de. haber sabido ser tan hombre siendo tan niño y por hatjgr sabido darlo todo cuando lo fácil hubiera sido no haber dado nada. Yo creo que, cuando el hombre está en posesión de su verdad, debe de tener en sus labios esa sonrisa de Pepín Martín Vázquez. Sana, limpia y sincera. Así se puede ser torero y se puede ser hombre. Y si, además. el arte teje ep la verdad sus primores, se puede triunfar siempre. Igual, igual que le ocurre a Pepín Martín Vázquez.