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MADRID DÍA 5 PE j U L i Q DE 19 46 NUMERO SUELTO 40 G E N T S B EL S I G L O X V I I I EKNANDO Díaz- Plaja ha publicado un libro sobre el siglo x v í n se contrae el autor, principalmente, a las costumbres, a las practicáis sociales. Jcari Sai raiUi, el autor de un sólido Martines de La Rosa, está preparando hace tiempo un libro sobre nuestro siglo XVIII. El siglo x v í n comienza a ser simpático; vemos en esa centuria lo que no velamos antes; se presta a tal centuria más atención que antes. ¿Y qué es, en realidad, nuestro siglo x v í n? ¿Cómo definirlo? Habría que comenzar el estudio de nuestro siglo x v í n estableciendo las relaciones que ese siglo tkaie con los demás siglos x v í n en Europa; no podemos ya prescindir de los métodos de la literatura comparada. No se desenvolvió nuestra vida nacional en el siglo x v í n con independencia de los otros siglos x v í n europeos. Discriminar las conexiones de unos sÍR ¡os c o n otros sería de la más alia importancia. Y si algo se ha hedió ya, convendría seguir trabajando por ese camino. Hay siglos que parecen propios de Madrid y los hay que semejan siglos provincianos. No sólo hemos ie atender, para esta consideración, a la política, sino can mayor cuidado a las letras y a las disciplinas filosóficas. Si el siglo x v n ha sido todavía un siglo marcadamente centralista, en cuanto a la literatura, el siglo XVIII podríamos decir que inicia ya una tendencia curiosa; es más que de Madrid de provincias esa centuria. Y podríamos razonar esta tesis pensando en las corrientes literarias que se inician, con cierta independencia de Madrid, en Barcelona, en Sevilla, en Valencia. Un hombre, Mayáns y Ciscar, llena casi todo nuestro siglo XVIII, y ese hombre es un valenciano; trabaja, no ya en la capital del reino, sino en un pueblo: Oliva. ¿Y t o vernos, al estar en Sevilla, Jovellanos, Jovellanos mozo, el ambiente literario que su presencia aviva, fortifica, con el cultivo de la poesía, con el trato íntimo y cordial de los ingenios sevillanos, agrupados en torno de este joven innovador? H El siglo XVII marca un descenso de las facultades imaginativas en l 0 ous respecta a la creación literaria; marca, a su vez, un aumento de esas mismas íacultades en su aplicación a las ciencias. Hemos dicho las ciencias. ¿Y e s que en el siglo x y n i no se inicia un cierto hecho, altamente significativo, que tendrá su afirmación plena en el siglo xix, pero que es n este siglo cuando se produce: el hecho de considerar, no las ciencias en sí, independientemente en su desarrollo, sino formando un todo orgánico, abstracto, y dando pábulo al concepto social de Ciencia, Ciencia con mayúscula, Ciencia que será uno da los ídolos del siglo xix? En nuestro siglo XVIII se cultiva la botánica; se hacen estudios de embriología con más o menos seriedad; se ponen los fundamentos, ahora con entera seriedad, a la ciencia de la filología. Ha habido también, Hervás y Panduro, el filólogo, quien ha escrito un largo tratado de astronomía, mis teórico que práctico. Todas las ciencias, en fin, van teniendo en el siglo XVIII español un cuerpo y una expansión que no tenían antes, Y en relación con las ciencias- -o la Ciencia- ¿qué hacía la literatura? ¿Cómo se desenvolvía la literatura? Si asoma el concepto Ciencia, cotí mayúscula, que es un concepto pocial, forzosamente tendremos un concepto social, incipiente o no, de lo literario. La literatura, en el s iglo XVII- -y en los anteriores- -es un hecho individual: en el siglo XVIII comienza a tener un carácter social: carácter T DIARIO ILUS R A D O DE I N F O RM Ae i O N G EN ER A L ff que se ha de ir intensificando en el siglo xix hasta constituir el literato un hombre encargado de una misión El mismo vocablo misión coa referencia a la literatura, que hacía sonreír, ya muy entrado el siglo, a c: n Juan Valora, manifiesta ¡a índole especial de las letras en á siglo x v í n y en el xix. ¿Qué es, en el fondo, una. novela como Fray Gerundio? ¿Una simple sátira individual, ccnio aparentemente es el Quijote? ¿No hay en esa novela algo más que la condenación de un cierto modo de orar en público? Y las comedias de Mcratín, el padre, y luego de Moratín, el hijo, ¿qué son en Realidad, sino comedias sociales, con una tesis social? ¿Y es que esa predicación laica e imaginativa se concebía en el siglo anterior? No es del siglo XVIII propiamente el Rodrigo de Pcñadura, puesto que la novela está fechada en 1824; pero del si? í- x v n i procede, netamente, una concepción novelística como ésta en que el héroe se lanza al campo a difundir, a esparcir, a propugnar, no a la justicia, individual, con aplicación a determinados casos, sino como doctrina, la doctrina de un Voltaire, de un Rousseau, de un Mably, de un Voiney, como ya se nos dice en la primera página del libro, en el primer párrafo. Y esto ¿qué es sino el concepto de lo social, de lo plenamente social, que sustituye, en el siglo x v í n y en el xix, a! concepto de lo individual? i Y no es ese concepto todo el siglo xvín y todo el xix? AZORIN ¿NEBRIjA, O LEBRIJA? E N el periódico Madrid de 30 de mayo pasado y en la sección titulada Dicen los lectores aparece una carta abierta, firmada T. A. R. y encabezada así, con titulares llamativos: A don Julio Casares, Secretario de la R. Academia Española. La invocación de tan honroso cargo bien pudiera servirme de pretexto para callar, sin incurrir en descortesía, ya que siempre tuve por merma no arriesgar en andanzas periodísticas la confianza que, para otros fines, se dignaren otorgarme mis compañero Ahora bien, si el autor de la carta se aviene a que sea simplemente el que suscribe, a cuerpo limpio, quien conteste a las preguntas formuladas, algo podré decir que, tal vez, sea oportuno y de interés general. ¿Por qué no llamar calle de la Daganzuela a la que ahora llamamos de la Arganzuela El consultante tiene por cosa averiguada que, al rotular primitivamente esa calle, se pretendió perpetuar la fama de una joven hermosa, hija de cierto ventero, natural de Daganzo, que ejerció por aquellos parajes su hospitalaria industria. Si ello es ssi- -yo no entro ni salgo- -y si hemos sido fieles- en el recuerdo, pongo por -aso, a un horrible rinoceronte (calle de la Abada) y a una becerra candida (calle de la Ternera) bien merecía igual fidelidad, por lo menos, la bella Daganzuela (c. p. b. La rectificación, on todo caso, no habría que esperarla de la Academia, sino de la galantería, bien conocida, de nuestros regidores edilicios. ¿Por qué llamar Palacio de Oriente al Palacio Real? o veo aquí una reliquia del ingenio cufemístico de aquellos honorables republicanos fin de siglo que, por no tropezar con la campanilla parlamentaria, inventaron, también lo de las crisis oricnles La argumentación del amable lector que ir. consulta ¡a considero, en este particular, acertada y concluyente, Y; ahora, vamos a la pregunta de más miga, que es asimismo la de mayor actualidad. Parece incomprensible- -dice la c; ría- -que habiéndose titulado a sí mismo Elio Antonio de Ncbrija el celebre gramático, sigamos llamando Lebrija a su pueblo y perpetuando un inútil confusionismo. En c; c; -so presente, ¿a quién debemos acatar: al glorioso polígrafo o a una corruptela popular Que existe confusionismo es evidente, y añadiré que no sólo afecta a los nombres propios citadas, sino también a los adjetivos derivados de ellos. Todavía quedará en las paredes de Sevilla algún cartel de los qus fe fijaron para anunciar las fiestas de la Semana Nebrixense semana que en otros textos, también destinados al público, se trueca en Nebriceiise, cuando la única forma correcta, y además estampada en el Diccionario, es NEBRISENSE. Está, pues, muy en su punto el llamamiento al orden que formula el firmante de la carta, aunque, como luego veremos, haya tomado el rábano por las hojas. Ese insigne polígrafo a quien se acaba de rendir un homenaje resonante, digno de su gloria y digno de España, se. llamaba realmente, como es sabido, Antonio Martínez Cala. Siguiendo una c o s t u m b r e muy en boga en su tiempo, se le ocurrió tomar como apellido el nombre de su pueblo natal, que a la sazón se escribía Lcbrixa; y aun se antepuso en ocasiones el pronombre de Elio, no sólo para darse más empaque renacentista, sino porque, según decía él, era en cierto modo pariente, y desde luego coterráneo, de los famosos El ios andaluces que rigieron el Imperio Romano. Como Antonio de Lebrixa firmó ordinariamente sus escritos en castellano; como tal Lebrixa fuá conocido, alabado y combatido por sus contemporáneos, y con ese apellido era todavía citado muchos años después de su muerte. Si quisiéramos, pues, y debíamos querer, atenernos al expreso deseo del fundador de la filología española, habríamos de llamarle Lebrixa con la ortografía moderna: Lebrija) y asi quedaría desvanecida para siempre la confusión que lamentarnos. Esta nació de que Lebrija, para traducir su nombre al latín, lo que también era práctica usual entre los humanistas de toda Europa, identificó a su pueblo de origen (Lebn- sah de los árabes) con la antigua Nebrissa turdetana, mencionada por Tolouieo y Plinio y cantada por Silvio Itálico. De este modo el hispalense Antonio de Lebrixa se transformó, latinizado, en Antonius de Nebrissa o Antonius Neb. rissen. -is y de squí salió esa ene inicial que liemos trasladado de Nebrissa a Lebrija. He dicho antes que al insigne mático- -él, que podía aspirar a tantos títulos, e. -timó siempre éste de gramático como el más honroso de todos- -se le citaba aún como Lebrixa cuando ya hacía bastante tiempo que había dejado de existir. Contra esta afirmación estaría el dato alegado por González- Llubera, de que Vanegas, en su tratado de ortografía (1531) escribiese Nebrixa apenas transcurridos nueve años desde la muerte del maestro; pero se trata de un error, trasplantado de la Biblioteca Histórica de Vinaza. Lo que Vanegas estampó realmente es Ncbri. con punto detrás de la t, o sea la abreviatura de Nebrissensis que el propio Elio Antonio solía abreviar en la forma NctaruS -n. y así está en la única firma autógrafa que conozco. No es éste el lugar adecuado para docu-