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i. o sé por qué irte ha ¡emocionado ver hoy, a más allá de cttaíenta millas de Nueva York, pacífica, ajena al mundo ciícúndante, inhibida como sus congéneres del universa entero, una vaca. Otra había visto antes y ésta en el corazón mismo de Manhathan, en los Almacenes Macy, en donde, por haber de todo, hay inclusive una sección de animales, en la que las vaca? pueden comprarse bajo el mismo techo que los sombreros de primavera y ser mandadas a domicilio si el comprador en cuentra incómodo llevárselas puestasl De una y de otra, sabía por su leche. La leche de Nueva York es una de las. mejores cosas que? e dan en efcta ciudad, e inducir de sus excelentes calidades la existencia de las; vacas no creo que. constituya, realmente! un alarde de sutileza o de penetración. T r o p ezarme hoy de mañana, sin mbargo, con una de ella en su- tradicional escenario campestre, sobre. su pradizuelo de recortada hierba, con sus ojos húmedos hechos al reflejo de los trenes veloces, sobre los que diseñan su pentagrama ios hilos del telégrafo, en los que cardan su lírica sombra los susurrantes castaños de mi tierra natal, me ha producid una sensación de frescura y de alivio. N Mientras nuestro coche, después de haber cruzado por uno de los seis túneles que perforan el lecho del Hud- on. camino de la maravillosa ingeniería de los puentes, volaba sobre autopistas de triple vía hacia los lejano ferry- boats del Delaware y era. un secundo solamente, efímero 1 paisaje de su lánguida y bondadosa mirada, yo he pensado que. al fin, aquella vaca estaba puesta a! borde de las últimas estribaciones urbanas, como un poste indicador que marcaba la lleffada al reino de la naturaleza, el fin de la jurisdicción del hormigón armado, el arribo a una tierra en la que el aura, el regato, la flor silvestre tenían un sentido y r. n la que el canto del gallo primaba obre el horario de Greenwieh. A (jii. lla vaca anónima ha cobrado, por virtud de tocias esas intimas elucubraciones, un casi simbólico en mis pensamientos ile viajero, y vo, sin perjuicio de alejarme de- ni contorno a la velocidad límite impue- ta por los indicadores de carretera, la! u- elevado a la categoría le valor pentianenU- y la he vi- la. de pronto, a na luz nueva e inesperada, sujeta a las mismas y elementales normas de la primera di las que pacieron hierba y la última de ias que pacerán, igual a sí misma y a sus costumbre- desde el principio de los siglos, corno un antídoto a la apresurada rotación que el hombre pretende dar al planeta en que rive, animado, al parecer, del único (leseo, infantil y trágico a la vez, de hacer cada año distintas e incompatibles con las del anterior sus fórmulas de convivencia. Y es ¡ue sucede que en tanto que el hombre ha inventado las monarquía las re. públiica. s, la democracias. las dictaduras, el liberalismo, la intolerancia, el comunismo, el fascismo y las derecha; Ui. s vaca- tu realidad, no han inventario nada. Siguen en su circulo de hierba, condenadas por lo- tábanos del iniciado mayo a eterna negativa v aportándonos su colaboración de carne, y ubre con el aire monocorde de un estribillo. Está- bien, sin embargo, eso de que el mundo animal se divida en dos grupos más anchos que ei más andi o LJnneo: uno, el de aquellos que son capaces de inventar, y otro, el de aquellos que no lo son. Kstá bien que frente a esta ininterrumpida y noble movilidad riel hombre, siempre acuciado por necesidades de la materia o del espíritu, e oponga, o al metios se produzca, produ esta quintaría fiík- li iad de resto de lo -seré vivos, ajustados a- molde i r d u r a Wcí seguidores sie. m- piv de la mi- ni. i íni n n- m i m p r la órbif i ¡n- mirn -idn n c pri- mer día; del Génesis. Está bien, en consecuencia, que el hombre invente tanto y que la vaca no invente nada, porque si fuera posible que la vaca inventará también, no se dónde iríamos a parar. En la ¡ue. aburridamente es, sin saberlo, gonfalonero del campo, patriarcalmente hospedada bajo el claro cielo de un día caluroso, yo descanso mi mirada de la cotidiana fatiga neoyorquina. Su mugido bucólico me indemniza del claxon: -u morosa lentitud, de! vértigo; su inocente mirar, de la malicia su pasiva modestia, de la militante vanidad que nos oprime. Ajena a que aun es, en el cruce de algún exótico paralelo, animal sagrado y en todos y ayer y siempre, indispensable; uncida a la servidumbre de la guiada o de lo- mayorales, surn. sa. humilde, la vaca me ve pasar como ha v -to pasar siempre al hombre: ignorándolo. Tero a mí su breve presencia en una calva del trayecto, V. nipih e chinítneas. de naves de fábricas y de estaciones de gasolina, ule ha parecido un sorprendente milagro, un conmovedor reencuentro con- un paisaje olvidado, lleno en mi alma de evocaciones y de ternura... K- por eso por lo que. do- de la abierta ventanilla le tni coche, r ¡h; -saludado con tanta efu ióii, con tanto júbilo, que vaca ha nece- uado ser para no adverarlo. ÍOÍO! -ÍN M. VO SOTKi. O í