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MADRID DÍA 29 DE J U N I O DE 1 9 4 6 NUMERO SUELTO 40 C E N T S DIARIO ILUS: T RADO DE I NF O R MA 6 I O N G EN ER AL llegar a barajarlos todos. ¿No sería un juguete tentador y delicioso? A lo mejor, el libro tendría también un brillante éxito comercial. Pero en cuanto a la música espectacular, la prueba era, infalible. Como que contaba ya con innumerables siglos de experiencia. Y si 110, que se lo cuenten a los avisados reyezuelos de la opereta, el cuplé y la zarzuela. Según mis cálculos, una melodía, un tema, a ser posible vulgarcito y untuoso, empieza a tener éxito cuando se le oye veinticuatro veces consecutivas, dos menos que el del Bolero ravelino. La cuenta es justa para la música de revista. Cuatro veces en la obertura, dos en el primer intermedio, dos en la exposición instrumental, antes de que la voz se inicie, y van ocho. Las otras dieciséis se reparten a pareja por cada una de las cuatro estrofas del cantable, que, como es de rigor, se bisa siempre. iY si se vuelve a repetir, patio y cazuela están ya en condiciones de corear la musiquilla, y la inocente diversión coral colma la apetencia da juerga y apaga, la. sed de música que laten en el fondo de todo corazoncito. Cada vino las satisface como puede, pero en el fondo es el mismo caso y el éxito está tan garantizado para las muchedumbres plebeyas como para las elegantes que acuden a las danzas de Ida Rubinstein y a los conciertos de los Straram o Stokowsky. Ahora, el famoso Bolero puede verse maravillosamente interpretado en- una paralela variación progresiva de pasos de b a i l e Edgar Ncville se ha ocupado en estas columnas de nuestros bailadores cOn el elogio que merecen. El ya un tanto marchito v cargante Bolero se remoza y se justifica plenamente. Pero yo sólo quería deducir la oportuna moraleja. Las orejas humanas están hechas, para la lisonja, y no sólo las del príncipe insigne de la Epístola mo al a Fabio, sino las. de cualquier escuchador de radios. La mayor necedad empieza a parecer razonable si se la encajan a uno veinticuatro veces más una. En cuanto a mis amigos los músicos, los buenos músicos, ya saben el secreto del triunfo. Ingeníense para hacer oír sus temas ese número de veces, bien infiriéndolos diestra y verosímilmente en el contexto de la obra, bien organizando las inmediatas audiciones necesarias, y pronto podrán tratar de tú al simpático maestro Guerrero. GERARDO DIEGO MORALEJA DEL BOLERO oco antes de zarpar, en 1 1928, p a r a América, Mauricio Ravel recibe de la, famosa bailarina Ida Rubinstein el encargo de un ballet. Ravel, preocupado entonces con otros proyectos, acepta sobre la base de orquestar música de Albéniz. Pero, entre tanto, llega a su conocimiento la exclusiva de Arbós, por voluntad del propio maestro de Iberia, para orquestar sus obras. Entonces- -piensa Ravel- puesto que el tiempo urge, lo más rápido será que orqueste yo mi propia música, antes que; la ajena. Pero el caso es que primero hay que componerla. Y Ravel se dispone a. escribir la mínima música necesaria para el placer de colorear. Otro Rubinstein, el gran pianista lArturo, nos contaba poco después en España que el encargo de Ida fue rápidamente cumplido y Ravel presentaba un primitivo Bolero, embrión del actual. Pero la bailarina lo encontró corto para sus necesidades coreográficas. Ravel, músico clásico, había escrito una danza de proporciones normaJes siete minutos. Y el proyecto que bullía en la mente de la ifdstffe bacante exigía no menos de veinte para su acabada plenitud. Y Ravel, sonriendo 1 irónicamente, recoge ¡sus papeles y se dispone a estirar como una goma su equilibrado crescendo de timbres. Bueno era nuestro inolvidable amigo para dejarse amilanar por pies forzados. Cuanto mayores traban, convenciones, datos impuestos, medidas implacables de sastre, tanta mayor alegría de la ingeniosa libertad creadora. Y el artista clásico, doblado de excéntric o ironista de circo, que fue el poeta- sutil de Ja Alborada del gracioso, corazón de niño disimulado por más conchas que un galápago, volvía días después cotí su flamante Bolero de la buena pipa. Yo no respondo de lo que va a pasar decía el músico a sus íntimos. Y todos contenían en que el Bolero, recalcitrante hasta la falta de respeto y la insolencia, jamás figuraría en los programas de los conciertos matinales. El chasco fue mayúsculo. A los ipocos meses, el condenado Bolero era la música de moda en ambos continentes. Orquestas de lujo o de provincia, nidios, discos, altavoces aguardentosos de las ferias úe pueblo y hasta el silbo distraído e irresponsable del estudiante que se afeita en Cambridge, de la estrella de cuarta magnitud que se maquilla en Hollywood o del hortera dominical rumbo a las Cuatro Caminos proíongaban el maldito Bolero como en u n í ¡filactería serpentina, que daba vueltas y más vueltas al mundo. Y el nuevo aprendiz de brujo sonreía, más divertido que asustado, de la devastardora inundación. ¿Que había pasado? Si nos Jo hubieran preguntado a tiempo, habríamos cantado el golpe. ¿Conocéis esos libros para niños, en que los cuentos O las fábulas apairecen ilustrados con unos dibujos tenues o punteados para que la criatura se entretenga en rellenar los contornos con colores de Jápices? No suele faltar una lámina v a cromática, a manera de muestra o estímulo para Ja imaginación del futuro Españólelo. Imaginad ahora un libro en que el mismo dibujo se repita- en negro veinte y más veces para obligar al ilustrador a que lo varíe, Utilizando a cada prueba un lápiz más hasta P CORRESPONSALES EXTRANJEROS que cuando es subdito. Personalmente no con! partí nunca esta concepción del periodismo, pues si na nk go, ni siquiera discuto, lo que hay en ella de abnegado, emocionante e inc- uso heroico, la contrapartida de que las autoridades del país en donde el corresponsal esté acreditado tomen a éste por espía me corta el resuello. Tanto o más que- en cualquier actividad o carrera, importa mucho el buen parecer en el periodismo. Y si pudiera dar un consejo sería el siguiente absténganse los corresponsales da parecer espías, ya que í- on muchos, por desgracia, los espías que se disfrazan de corresponsales. Reconozco, sin embargo, que me aparto del criterio moliente. Antes ya ds la otra guerra, concretamente durante las campañas anglo- boer y ruso- japonesa, las empresas norteamericanas premiaban y ascendían a todo enviado especial que, prestando servicios n determinando frente, lograba atravesar, con o sin regreso a su destino primitivo, las líneas enemigas. Si existe, no obstante, algún país en el que los corresponsales formados por aquella escuela no den paradójicamente mucho que hablar, este país es España. Pululan por aquí periodistas de diverso origen, lengua y condición, servidores de grandes diarios y agencias anglosajones, italianos, hispanoamericanos, franceses, etc. y, por lo tanto, responsables principal o decisivamente de la réplka que la sensibilidad universal, tan cara al presidente Rooscvelt, pueda dar la. acusación da que España, constituye una amenaza potencial contsa la paz. Pocas veces fue tan tentador y transcendente el encargo de informar al gran público sobre lo que ecurre en tierra extranjera; tentador, transcendente y, por añadidura, fácil, pues 1 el Gobierno de Madrid ha concedido a los corresponsales y enviados especiales aquellas facilidades de movimiento, enlace y comunicación que reclaman cu vano del Estado soviético y sus Gobiernos satélites. Hay unos cuantos periodistas privilegiados que, por ser testigos de mayor excepción, deben confirmar o desmentir cerca de sus lectores respectivos, los delegados d la O. N. LT. inclusive, si desde el punto da vista militar, industrial, psicológico, publicitario o cualquier otro, amaga el Suroeste da Europa a la vista o a largo plazo esa concordia presunta que reina entre Estados y naciones; si se realizan o no en España experiencias científicas de carácter atómico; si rabaja o no en nuestros laboratorios, con fines o bajo auspicios de aquella naturaleza, algún sabio alemán, en defecto de muchos; si la colonia alemana en España ha engrosada o disminuido con relación a 1045 o cualquier año precedente... La papeleta, insisto, es, a un tiempo, llana y sensacional, pues si, de una parte, la actualidad diplomática, obliga, proíe- sionalmente hablando, a contribuir al sumario abierto por el más alto Tribunal del orbe, de otra, es fehaciente y notorio que- nada ni nadie mediatiza o interviene en España los mensajes de los informadores forasteros. La coyunlura que suministra la O. N. U. es, hoy ¡por hoy, la más oportuna; y hacedera parai que el mundo contemporáneo averigüe cuál es el papel de los corresponsales extranjeros; para qué sirve y en qué medida estimula o retrasa 1 predominio del hecho objetivo y de la moral internacional. MARIANO DARANAS O TRQ tema que cabría plantear en Copenhague a los miembros del anunciado Congreso Internacional de Prensa es el papel que desempeñan los- corresponsales en el extranjero; para qué sirven y en qué medida contribuyen al conocimiento de los hechos contemporáneos. He aquí un tema picudo que no ha obtenido, hasta, ahora, cabal definición. A juicio de cierta Prensa, cuyo adelanto técnico suele responder a la fertilidad de U recursos fiS 3 nancieros, el corresponsal o enviado especial debe aguzar el sentido de la busca y la captación de la noticia con más ahinco y osadía que i trabajara en la Patria propia. Ha de ser más entrometido y dinámico y veloz- -sobre todo entrometido- -cuando es huésped