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Corrida de toros, cau n oara tapiz jue se conserva en la Academia de San Fernando. el padre Goya asoma a los tqros su terca y genial cabeza de baturro, la fiesta había desmontado ya su gracia, señorial y antigua para bordar en la arena, con lidiadores a sueldo, el garabato dramático y bravio de su arte. Los primeros caballeros de España ya pjp salían a rejonear toros entre comitivas espléndidas de pajes y criados, sobre corceles engalanados con arreos heráldicos y leyendas orgullosas, como aquella de Son mis amores reales que costó la vida al conde de Villamediana, y la no menos fanfarrona d e A mí sólo es permitido, yo sólo tengo licencia que lució un día aquel don Fernando de Valenzuela, marqués de Villasierra y señor de San Bartolomé de los Pinares, que supo trepar de la humilde condición do paje a la de favorito de la Reina y dueño de los destinos de la España fanatizada de la minoridad de Carlos II. La fiesta, sangre y sol, de nuestra España no había esmaltado aún en el campo redondo de su linaje esa filigrana estilizada y a. rtística, orfebrería de alamares, sedas, cuernas y piel de toro, donde se funde en crisol de muerte el valor y el arte, en estampas de una plasticidad maravillosa. Sus características eran el arrojo, el pundonor y la destreza. Toros muy grandes, potentes, de pura casta bravia, dignas fieras descendientes de aquél tótem ibérico de las edades remotas. Lidiadores profesionales, superdotados de valor, maestría y vergüenza torera, que marchaban, con su sueño al brazo de gloria y riqueza, por el camino rumboso y ton, reaños de la torería, bordeando trágicos abismos de muerte. Es curioso observar cómo al contagiarse de afrancesamiento la aristocracia españQia del dieciocho, con los racionalismos y enciciopedismas a, la moda extranjera, y íxaltar el pueblo español de esa segunda mitad de! setecientos las virtudes tradicionales de la raza, creando lo que se ha venido a llamar casticismo, el arte de lidiar toros bravos pasa C UANDO rridas que, por su importancia, tenían carácter de acontecimiento, se celebraban en la plaza Mayor, por razón de su rancio abolengo de primer escenario de la Corte. Los Reyes, como en los días antiguos, grandiosos y solemnes de: los Austrias, ocupaban el balcón principal de la Casa Panadería; a sus pies, como homenaje a su máxima jerarquía, una fila de soldados de su guardia haciendo de barrera con las alabardas en ristre. En Los restantes balcones de la misma casa, diplomáticos, dignatarios de la Corte, nobles y grandes de servicio, y las personas reales, Con sus séquitos respectivos. La mesocracia y las damas y caballeros de la nobleza que no tenían puesto en lá regia comitiva solían ocude las manos señoriles y cabalgantes de los par los balcones de las otras casas de la planobles a las toscas y plebeyas del peonaje. Y za, colgando estos últimos en ellos reposteros antiguos con las armas de sus linajes. Y abaes que en esa encrucijada del siglo XVIII la Historia tenía citada a España con los pri- jo, en el graderío, rugiendo de emoción, la meros aires exóticos demoledores de sus pres- gente del bronce, el pueblo llano: gritos, insultos, donaires, broncas y ¡oles! tigios tradicionales. Cuantío don Paco el de los toros se sentó Sabemos, por una carta de Moratín, qu, e por primer vez en un taurino graderío ma- los toros alcanzaron en esta época un auge drileño para emborracharse con los perfilas, espléndido, gracias a la competencia feroz de luces y colores, que luego había de inmor- los partidarios de Romero y Costillares. Y talizar el arte brujo de su paleta, era cos- sabemos también. que, a causa de esta rivatumbre lidiar los días de corrida dieciséis o lidad, hubo tales reyertas y escándalos entre dieciocho toros seis por la mañana, y los res- los espectadores partidarios de, uno y otro, tantes, por la tarde, si daba tiempo, según que el Rey Nuestro Señor don Carlos III rezaban los carteles de la época. Muchas ve- hubo de prohibir los toros por cédula dada ces se dividía el ruedo en dos para que la gen- el o. de diciembre de 1785. t) os. damas de la te presenciara al mismo tiempo dos lidias. Y nobleza capitaneaban, en. su mundo a los paren ellas solían picarse doce o catorce toros tidarios respectivos ¿e Romero y Costillares: para los toreros de cartel, y los otros cua- a los del primero, la docta condesa- duquesa tro corrían a cargo de los lidiadores de m e- de Benavente, mecenas dé escritor. es. y artisnos fama que tomaban parte en la fiesta. tas; a los del segundo, la linda y maja, se- Se celebraban las corridas en el coso tau- norial y castiza, duquesita Cayetana de Alba, rino que había junta a la Puerta de Alcalá, la de los rojos claveles en la coron; ducal, donde están Jioy las casas de la plaza de la cuyo aroma perfumará siempre, la poética Independencia que hay frente al Retiro. Co- leyenda de su vida, indestructible por la gramo fugadas- de lienzo del padre Goya, calle cia de Dios, pese a todos los diagnósticos rede Alcalá arriba, acudía a ellas, color y brillo, trospectivos de los buenos y sabios doctores rumbo y donaire, todo un Madrid de majas, en Medicina y a los malos humores de Iqs chisperos, tonadilleras, usías, lindos, petime- humoristas malos. tres, currutacos y damas de alcurnia. Las coF. B 0 NMAT 1 DE CODECIDO TOROS EN EL MADRID GOYESCO