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LA PRESENCIA DE SAN AGUSTÍN AN Agustín sigue reiterándonos su lección permanente de lo eterno. Indudablemente vivimos de su herencia, porque, sin cansancio, continúan rezumando óleos y dulzores las vides, y olivares de Hipona. No podemos rehuir la dulce e invasora tiranía de su presencia. Como el Dante requiere la presencia benigna del vate mantuano, nosotros requerimos la de San Agustín lo mismo cuando- rompen el primer vue lo las alas novicias para ascender a Dios que cuando nos internamos, con apasionada y reiterativa angustia d e conocer, por las pleamares del corazón. Al fin, él es el poeta de la verdad y de la intimidad. Es el filósofo de la Historia; pero es, en mayor grado, el filósofo del alma. Y su intérprete más luminoso y caritativo. Sus palabras, transidas: de piedad, arden en pura combustión. Son como una viva llama inextinguible, que nos traspasa su ardor inacabado y dispone el espíritu para la emoción de Dios. El navegó el corazón en todas sus direcciones y conoce bien, pues fue su más experto cosmógrafo, sus honduras, sus tormentas y sus capacidades. Después de muchos errabundeos y clamores y análisis infructíferos por sobre la muchedumbre de las osas criadas, que también dan noticia y testimonio de Dios, encuentra que es dentro del hombre donde reside la verdad. El corazón, tormentoso y dolorido, no encuentra reposo hasta descansar en Dio? Entonces se establece la ecuación solemne entre Dios y la verdad. El que tiene a Dios tiene la verdad total y llena, y es como si toda el alma se constelara de astro? San Agustín profundiza en la psicología del hombre nuevo, libre por la gracia, y del hombre viejo, manumitido por el pecado. Hay que ir inmediatamente al rescate del corazón y buscarle una base eterna a sus amores. El mal es un intruso en la obra ordenada del universo, alterado por el desorden del amor. Sólo cuando el corazón se limpia y asegura es cuando adviene la posesión, de Dios y el gozo de la uz. Porque todo está en el corazón; y todo sale del corazón. Hasta el entend miento, Señor, que, al fin, es caridad, y que, cuando no lo es, perdido en frías especulaciones, degenera en soberbia de la vida. San Agustín, que es un enorme discursivo, fundamenta toda la trascendencia del ser v de la vida en la metafísica del corazón. Por eso, él preconiza, en, primer término, para abrir una vía ancha y luminosa al conocimiento, el regreso al corazón- -rcddc aá cor- que, una vez castificado, tras la dulce congoja de la espera, de las horas trémulas del presentimiento, se capacita para el amor, que es la suprema ciencia de conocer, y en torno del amor se congregan, jerárquicamente, todas la hermosuras y conocimientos parciales, y la mirada se enciende y clarifica, y rompe con ímpetu de aglia nueva el gozo lírico de la posesión de Dios, y va subiendo la marea de la invasión de Cristo en el alma, haciéndose sensible su omnipresencia en la vida. El cristocentrismo de San Agustín es radical. Hacia Cristo gravitamos con todo el peso de la vida- que es el amor. Sin el amor es imposible ni el conocimiento ni la vida. Pero el amor se acrecienta y prospera bajo la mirada de Dios, que llena el alma de castas claridades y le trae la alegría ordenadora, que él llama con frase admirable el pondns animae, el goce, el disfrute ele vivir en exaltada apetencia de Dios y de las cosas criadas, que así recobran su sentido y hermosura. San Agustín es el genio que con más acuidad. ha explorado el corazón, y más ex- S San Agustín cuadro de Teresa Sánchez- Gavito. periencias le ha ganada al amor. El ha acrecentada la belleza del mondo, y a cada cosa, hasta la más humilde, le ha descubierto su porción de verdad, su sonoridad divina. Sin su obra hubieran quedado desiertas e inexploradas vastas heredades del corazón, y los náufragos del pecado y los extraviados del entendimiento habrían pertlftto el guía más seguro y caritativo en ese proceso misterioso de retorno del desamor al amor beatificante y casto. No pendemos, ciertamente resistir a la fascinación del gran númida, que es el más grande poeta de la Cristiandad y el más armonioso explorador del alma. Su palabra es ascua, y es caridad su pensamiento. Y el secreto de todo reside en que supo anclar en Dios su corazón. San Agustín es siempre actual. Estamos llenos de su presencia. Le entendemos y le amamos. Es el intérprete de nuestra alma. Están apareciendo! sus Obrast en, español. Señalemos con gozó este gran acontecimien- to. Los diálogos inmortales bajo los, castaños de Casicíaco continúan resonando con perenne actual dad y se renuevan con la plenitud dorada de olorosas cosechas. El padre Capánaga abre el primer volumen con una admirable y amplia introducción, llena k atisbos y precisiones, que nos persuade de la, vitalidad 1 de lo que se ha llamado al agustinianismo eterno. Es como un arco de triun- ío para dar paso a la grandeza de San Agustín. El padre Custodio Vega, en el egundo volumen, apura el texto de las 1 Confesiones hasta un grado difícil de superar. Sin temor a yerro, podemos decir que ha fijado definitivamente el texto egregio y lo ha enriquecido con valiosas notas y una introducción extensa y sabia, en la que define la trayectoria de la filosofía de San Agustín. Es una obra hecha con amor y con sabiduría. Como conviene al Santo, a quien justa, mente se le ha llamado el primer hombre moderno. P. FÉLIX GARCÍA, (Agustino)