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MAJDRID DÍA i2 DE J U N I O DE 1 9 4 6 NUMERO SUELTO 40 6 E N T S g BELKIS, REINA DE SABA exhalación sin nombreí que atestigua la sabiduría salomónica. Kl Rey de Israel satisfizo todas aquellas cuestiones oscuras que para ponerlo a prueba lraía. meditadas en! su corazón y ella so volvió a su. mistei ioso país, dejando en jerusalén talentos de oro, aromas y piedras preciosas. Nuestro lacónico texto sagrado debió de hostigar muy p r o n t o las imaginaciones orientales, y, como tantos otros, fue objeto de elaboración por parte de las escuelas judías. De ellas- -sabe Dios cómo- -pasó la historia, ya modificada, al Alcorán (XXVIT, 20- 45) convirtiéndose así, para los musulmanes, en las palabras mismas divinas. Confesemos que en unas- palabras bastantes oscuras y llenas de misteriosas alusiones. De aclararlas, o de complicarlas más todavía, se encargaron los tradieionistas. He aquí el resultado de sus especulaciones. Salomón, una vez construido el Templo, y en el apogeo de su poder, emprendió campañas contra los pueblos vecinos. Solía salir a ellas con todo su ejército, formado de hombres, fieras, genios y los demonios malignos que le estaban sometidos. Sobre su carro, como un toldo, se agrupaban las aves, tan juntas que o quedaba entre ellas intersticio. ¡Y he aquí que cierto día un rayo do sol vino a herir a l sublime Rey. Alzó éste la vista al toldo y vio vacío el hueco de la abubilla, que, además, le hacía falta, porque era la que en el desierto le buscaba agua subterránea para la ablución ritual. Prometió castigarla. Pero no lo, hizo, cuando la abubilla se excusó de su ausencia con el descubrimiento de un país admirable en el Sur de Arabia, que regía una bellísima Reina llamada Belkis. Dormía ésta un día en su alcoba, dentro de su palacio cerrado, y con las llaves debajo de la almohada, cuando la abulilla entró por la ventana y depositó en su regazo una carta en que Salomón la intimaba a convertirse. Balkis reúne su Consejo y prefiere contemporizar: le enviará una embajada. Avisado Salomón por la astuta abubilla de la venida de los embajadores, dispone su trono en una explanada, que manda enladrillar de oro y ¡plata y en la que forman los genios y unas aladas bestias marinas que, para esta ocasión, manda sacar del mar. Al acercarse los mensajeras, tienen que tirar una parte de los regalos, que consistía en lingotes de 01 0, porque, cómo ofrecérselos a quien los empleaba para solar su palacio? Llegan sólo con aromas y con enigmas. Todos éstos lo descifra Salomón. Adivina que en una caja cerrada hay una perla; acierta a perforar ésta con la colaboración de un termes; logra que un blanco gusanillo haga pasar un hi o por un tortuosísimo conducto abierto en una concha. Distingue el sexo de un os esclavos adolescentes disfrazados, p ar la manera como se lavan rostro y manos. Luego Salomón rechaza los regalos. Convencido de que es un sabio profeta, Belkis se decide entonces a ir a verlo; pero antes guarda su trono en una habitación, metida dentro de otras siete concéntricas, todas cerradas con llave. Vana precaución: en un abrir y cerrar de ojos, los genios traen a Salomón el oculto estrado. Ya se aproxima el cortejo de la Reina árabe. Los demonios, esclavos de Salomón, tiemblan: si el Rey se casa con Belkis y tienen un hijo, heredará las condiciones de ambos, y su servidumbre será eterna. Para curarse en salud, hacen saber al Rey que Belkis es poco ¡indigente y que sus piernas terminan cu pezuñas. Salomón se propone comprobar anillas cosas. D I A R I O I L u sT R A D O D E I NF O R M A iI o N G ENERJ U tosa seducción que facilitan los dermatólogos o la cirugía estética, (pero sobre todo con un espíritu, no gibemos si juvenil o de segunda infancia, que parece aún curioso do degustar nuevas aventuras. De cualquier forma. -y aquí sí que hay. una sincera confesión de vejez- la que íué bella Carolina ha decidido oscribi r sus memorias ien colaboración con Claude Valmunt y al mismo tiempo trata de encontrar una actriz que, padeciéndosela en la. época cu que deslumhraba a la ciudad luz, pueda interpretar con acierto la película qu e reflejo su vida, y que lógicamente será apta para personas mayares de treinta años o menores de diez. Es fama que el buen humor d e Carolina siempre, despuntó por lo insolente, y la. prueba está en que, haciendo tabla rasa del vampiresismo, a lo Greta Gaiibo o a lo Marlene Dictrich, ahora preteridle qrus la generación del Bugcs vugy la comprienda y la interprete con sentido estético, como si fuera la misma Acrópolis. La vida de la bella Otero tiene su símbolo en la pandereta con madroños: es decir que: su triunfo lo obtuvo en cuanto representaba la típica españolada Andaluza, hija d e una espléndida giíana y de un ap sto oficial griega, fue- ¿y cómo no? -pobre, ingenua y bonita. Muerto su padre, tuvo que gemir bajo el ytig O de un padrastro hasta, que se le evaporó la ingenuidad, y eií vista de que 11 tenia natía mejor que hacer, de 10 cidió escaparse a Lisboa, acompañada gentiltmrite por un caballero. Cuando tampoco tuvo nada que hacer en Lisboa, retornó a su casa, hasta que, aburrida, de nuevo volvió a escaparse! a la misma ciudad, dondle tropezó con el director del teatro Avenida, que ¡a contrató para que cantara y bailara. Fue tal su éxito, que en contrapartida a Don Luis Mejía saltó a París y su cartel fue más fanioso que el da aquél. En el delirio de la españolada la guitarfa completó la magia de su freurcnd. 1 seducción. Después de su debut emi el Cirque d Eté, lis elegantes jr los snobs se batieron por ella con fidelidad! erótica. Del can can al tango, pasando por las sevillanas, Carolina fue unciendo a su carro triunfal los países y los hombres más famosas. América, el Japón y Rusia la envuelven en fragancias exóticas y en armiños exquisitos. El duque tíie Orfeáns, el príncipe de Gales, el Rey Leopoldo y hasta Raaputín caen a sus pies en homenaje a su hermosura. Eran tiempos muy galantes, con barba y perilla, con monóculo y bastón, con chistera y con levita y hasta con monedas th oro, o al menos de buena y sonora plataLa bella Otero, después, de escribir en un mórbido carnet de moaré la. lista ele, sug conquistas y la lista d e los muertos por su amor, en suicidio o duelo, se retiró a la Costa Azul porque ya ni cantaba ni bailaba ni seducía. Ahora, tras largos años, de silencio, lejos del mundanal ruido, la vieja Carolina de los sueños de oro quiere que por su pluma, mejor o peor- ayudada, las gentes conozcan su vicia. Y aunque realmente rno sea más que por el ambiente que la rodeó y la fascinación que ejerce el marco de la época que la hizo famosa, bien (vale la pena que la. bella Otero escriba, pero desde lueg- o con el comed im tanto y respeto que a ella misma, de- ben merecerle sus estupendos, ¿ochenta años? P ASA la. Reina de Saba por ia Sagrada Escritura (I Rey. X, J- I; J) como una ¿iljs así tu estrado? le pregunta Salomón presentándole el trono puesto beca abajo. La Reina, cautamente, no dice sí ni no, limitándose a asegurar que se le parece mucho, con, lo cual pone de manifiesto su buen juicio. Y entonces vicn; la recepción solemne. Salomón se ha s entado en su trono al fondo de un salón, cuyo suelo es de un diáfano cristal, bajo el cual ha hecho poner agua y echar peces. La Reina, al venir a la audiencia, cree que es, efectivamente, agua, y se remanga las vestiduras: lo de las pezuñas era una calumnia, pero se descubre que tiene las piernas un tantico velludas. De nuevo, Belkis le propone cuestiones. ¿Hay un agua que no procede del cielo ni de la tierra? Valiente niñería piensa. Salomón, que haca que al punto le traigan una copa llena del sudor de un caballo. La otra pregunta s más peliaguda: ¿Cómo es tu Dios? Salomón, por muy sabio qae sea. no puede conocer la esencia divina; pero Dios le saca del apuro privando temporalmente de la memoria a todos los presentes, que olvidan así la incontestable interrogación. Belkis, convencida, se convierte al Islam. ¿Se casaron o no Belkis Salomón? y Aquí los tradieionistas se dividen. Para unos, tuvo lugar, en efecto, el matrimonio, tras la depilación de las piernas de Belkis mediante una pasta especial y el uso de los baños termales (hammam) que el Rey de Israel hubiera sido el primero en emplear. (De este matrimonio creep. los abisinios que desciende su casa reinante. Para otros, Salomón se limitó a casarla con un Rey del Yemen. ¡Qué tremenda mescolanza de puerilidad y poe sja, de fantasía y de lógica, de resonancias antiquísimas y de afán de rio dejar nada sin explicación! Los especialistas ven en esta leyenda huellas del rabínico Targum I I de Ester, modificado por ideas indias y persas; buscan el posible origen del nombre Belkis; se extienden sobre otras consejas relativas al nacimiento de ésta. No podemos seguirles. Nuestro objeto era simplemente hacer una cala sintomática en el inmenso cuerpo de la Tradición musulmana. EMILIO GARCÍA GÓMEZ de la Real Academia Española, LA BELLA OTERO ESCRIBE ESPUÉS de veinte años de au sencia, Carolina Otero ha vuelto al París de sus lejanos y fantásticos 1 triunfos. Los vendavales del mundo, capaces de arrasar las más EÓlidas arquitecturas, no han podido destruir el mito legendario y seductor de esta mujer, famosa por su belleza. A su avanzada edad- -los números no cuentan cuando se trata de fijar la edad de una artista famosa- la bella Otero o la sirena del suicidio, como la llamaron los americanos, conserva su rostro con esa espléndida y n. Sf D JULIÁN CORTES CAVANÍLLAS