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MADRID DÍA 22 DE MAYO DE 19 46. NUMERO SUELTO 40 C E N T S DIARIO ILUS T R A D O DE ÍNP O RM A G Í O N G E N E R AL je palabras que nó nos convengan, las dejare- berí; pertenecen a Ja ju istocrac -á y se llemos en la tierra, y cuando se quiera encon- van tras de sí la atención. trar de nuevo una de estas palabras, habrá Algunas veces el autor 110 logra matar al que abrir una zanja, hasta dar con ella, y modelo. Tal le acontece nada- menos que a es posible que estas palabras sean ya un Daudet con su duque de Múrá de El ATapoco esqueleto. bab. El duque de Morny, hermano de NaTristeza de las zanjas de la ciudad, por poleón III, hijo de la Reina Hortensia y las que va la luz y la palabra, y el agua, y, nieto, p o r l a mano. -izquierda, de Talleyrand, también, todo lo que sobra, lo que se des- no se ha perdido como tantos otros en la echa... Nada como una de estas zanjas r. os copia o en el símbolo del novelista o dramavuelve al pensamiento de que somos polvo, turgo. Es más: si flO sabemos que el duque! y de qus más temprano o más tarde habrá de Mora es el duque de Morny, no nos inuna zanja irremediable, la última, para cada teresan los. episodios de El Nabab, a él dedicados. Y a los españoles nos importa el unq, de nosotros. cuñado de la española Emperatriz Eugenia, FRANCISCO DE COSSIO porque su viuda, la bellísima Sofía Troubetzkol, casó en segundas nupcias con nuestro duque d; Sexto, marqués de Alcañices, y en Madrid tuvo corta de admiración y simpatía. A. QUÍ, al alcance de la mano, tengo la Pocas novelas carecen de clave. Es fre A clave completa de Madama Boyar y. X No la transcribo porque carece de m- cuente la exageración y el aplicar un proteres. Los personajes de Flaubert se levan- cedimiento simplista y- fácil a la labor menT tan sobre sus modelos vivos. La ficción ep- tal del literato que apoye en la realidad de tra en la inmortalidad y los burgueses nor- la vida su obra de arte. Tal ha ocurrido, verbigracia, con- La Regenta, de Clarín, y mandos que ks dieron origen muereii en el qlvido y la indiferencia. La geografía y la con El Maestrante, de palacio Valdés. En los tipos principales de ambas narraciones cronología nos alejan mucho del Ruán de hace un siglo. Aquello rio es sino una pági- vive más de un modelo, y al confrontarlos na de literatura, sin repercusión para la His- con el que se sospecha probable, se le achatoria en la realidad circundante, en el am- can vicios que no tuvo, porque el noveiista biente social y moral base de la novela. ¿A no fue allí a buscarlos, los tomó de otro quién importa cómo se llamaba en su vivir lado, y luego, la imaginación, la malicia, el terreno el boticario liberalote, anticlerical y pretendido acierto de pensar mal. ponen dematerialista que el autor llevó a conocimien- fectos determinados en quien acaso no se to de todos con el nombre de Homais? Ho- (dkron, y se falsean los caracteres y s e formais es un símbolo, ni más ni menos qus man juicios temerarios. Harpagón y Tartufo. Moliere v Flaubert. Más vale k e r las novelas a la buena de triunfan aquí de la vida real. Sus figuras Dios, sin darse a suponer criptografías. Serespectivas encarnan, ya el vicio de la ava- pamos admirar y amar a Don Quijote sin ricia y rde la hiprocresía en la falsa devo- parar mientes en los originales de la vida ción, ya un complejo de ideas muy en el real, que le han señalado los cervantistas. pensar y el producirle del siglo xix por su 1 Luis ARAUJO- COSTA primera mitad. He mencionado a un farmacéutico. También dicen que Ricardo de. la Vega retrató a uno muy popular en su Don Hilarión de La verbena, de la Paloma. ¿Quién lo recuerda? Nadie. El que vive es el otro, el imaginado por el sainetero, el que no tiene carne ni huesos y ha de tomar figuEPASAR, la colección de un viejo perióra, en un actor. dico ilustrado equivale a contemplar un pedazo de la película de nuestra Hay muchas novelas de clave. Una de propia vida. Contrastándola con ertiempo preellas El hombre que asesinó, de Claude Ferrére, luego llevada al teatro con- fortuna sente, nos damos cuenta de cómo ha cambiay representada en España por la compañía do todo. Tengo sobre mi mesa un Mundo GráGuerrero- Mendoza en 1914. Ocurre la ac- fico del año 1914. Total, un cuarto de siglo. ción en Cbnstantinopla, entre diplomáticos. Nos parece que fue anteayer. Era uno mismo El medio elegante pone en el asunto imán un personaje de aquella época, de la que casi y atractivo. Ya importa más la clave, pero todos los personajes son ya fantasmas. Y ésta puede tetampoco hemos conocido s. las damas y ca- es. nuestra sorpresa. ¿Qué relaciónestas somner todas balleros de etiqueta que circulan por la es- bras mi persona, actual con oue llevan cuello arqueológicoliterarias cena y por las páginas del libro. Dice Re- de pajarita, sombrero de paja y bigotes a lo nán en uno de sus Dramas filosóficos- -fra- Kaiser? La jólo es un grupo de escritores, se recogida por Bourget, en sus Ensayos de que festejan, en castizo banquete en la Bompsicología contemporánea- -que la civili- billa, cualquiera de los muchos triunfos de la zación es producto exclusivo de las aristo- Fornarina. Allí aparecen Antonio. Palomero, cracias Lo cierto es que las aristocracias el poeta Enrique Amado, los González Blannos atraen, y cuando salen a la literatura no co y tantos otros, que eran el ingenio y la pierden tanto su ser propio como las otras sensibilidad de la época. Destaca la figura enclases sociales. Es el caso de Él hombre que juta, de Felipe Trigo, con su barba negra, sus asesinó, y el caso de las Pequeneces, del pa- ahumados quevedos y su mano inválida en la dre Colaina. A casi todos los personajes del guerra con los yanquis. És el novelista de gran jesuíta, insigne se le ha puesto nombre real. éxito, que dio en seguida el salto terrible des No diré yo que al cabo de medio siglo, no de la celebridad al suicidio. La Fornarina, cue se hayan esfumado mucho en la lejanía y era toda ella como un g. rari ramo de nardos, hayan venido a concentrarse en su copia li- sonríe aún a su gloria picresca del bulevar. teraria. Pero están más cerca, de nosotros en Unos meses más tarde, la esperaba la celda el espacio y cu él tiempo que los de Flau- blanca, con un lecho como de colegiala, en el LAS ZANJAS ODAS las necesidades de las ciudades modernas se resuelven con zanjas. Esta atracción formidable que ejerce la tierra para todas las cosas la tiene también para los grandes inventos. En muchos de los inventos hay un poco de prestidigitaciófi, y sus trampas van casi siempre bajo tierra. La radio es quizá el único qué encuentra sus trucos por el aire. Los grandes tendidos aéreos son siempre una idea precaria, circunstancial y efímera. Estos hilos, cruzando el espacio de unas- partes a otras, que dibujan meridianos eri el ciclo, y sirven de coordenadas en las- noches transparentes para determinar el lugar y la distancia de las estrellas, cuando no tienen pájaros descansando de ese vuelo triste del pájaro sobré los tejados nos recuerdan los prepárativos de la verbena, antes de colgar los farolillos. Sólo las viejas ciudades a las que llegaron los inventos incipientes tienen estos tencíidos aéreos, y, también, aquellas otras que, por un exceso de civilización, ya no tienen sitio en la tierra para- las misteriosas conducciones. Es doloroso descubrir a lo largo de una calle una zanja. En el campo las zanjas representan un fenómeno natural: hay que desviar las aguas, o que remover la- tierra, o que arrobar semillas, o que arrancar raíces, y, a lo largo de cada zanja, evocamos la primavera, cuando aquella brecha quede cubierta de hojas y de frutos. En tanto que estas zanjas de la ciudad, nos traen un recuerdo de fosas, y, a veces, de ellas surgen, entre un enredijo de alambres, esqueletos y calaveras. En Ja ciudad no. hay sino unas zanjas alegres: aquellas que se abren para plantar árboles. Y es que siempre hay la esperanza de que los árboles de los bulevares den sobre el asfalto la sombra íntima de los bosques. Aspiración que fracasa, pues el árbol de la calle tiene hojas intermedias entre las hojas de papel y las del jardín botánico, con su nombre propio estampado en latín. Un árbol de la calle no es sino el tránsito del palo del telégrafo, el farol de co lumna pintada de verde. Ese farol encargado de dar a las hojas, por la noche, un ver- de artificial, que las seca más rápidamente que los vientos del otoño. Una ciudad, cuando en ella se abren zanjas, toma aspecto de campo hípico. Aquí está ese salto inverosímil del caballo campeón, y 1 obstáculo en que fracasa toda una fila de jinetes. Los transeúntes, rríientras duran las ebras, se hacen un poco caminantes de montaña, y se aleccionan para los grandes vértigos y los difíciles equilibrios. Aquí está 3 a madera larga y estrecha, del puente de la Sonámbula, tal cómo la concibiera Bellirii, que no pasan con facilidad sino los profesionales del circo. Después, cuando los sepultureros cubren piadosamente la fosa, queda a lo largo de la acera un lomo de tierra Manda, mu 3 resbaladizo, que modera la vanidad del asfalto. Mientras duran estas zajv jas, el asfalto no quiere lavarse. Es como un enfermo incurable. Ha de cicatrizar. aquella herida para sentirse de nuevo, con el agua y el sol, espejo d e l calzado bien limpio, y de la bicicleta flamante, y de los coches charolados. Por muchas de estas zanjas circula la voz humana, y, así, las conversaciones a distancia tienen sus catacumbas, y aun consiguen los secretos- un trayecto invulnerable. Las T CLAVES VIEJOS PERIÓDICOS ILUSTRADOS R