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MADRID DÍA 10 DE ABR IL DE 1 9 4 6 NUMERO SUELTO 40 C E N T S GUERRA Y PAZ A CREDITO ABC nero que tiene. La cosas se compran o se venden por un dinero que no se ve: que seapunta en unos papelitos que. se pasan de mano- e. fi, mano. No nic diga usted que esto no es mucho más civilizado y hasta más poético. Hasta para apoderarse; del dinero del prójimo, esto, si no absuelvs el pecado, suaviza la forma. Del robo a mano armada, a la estafa, el alcance el desfalco o la malversación de fondos, va. la diferencia de a piragua al trasatlántico. Todavía en las leyes quedan, restos bárbaros de las antiguas formas de robar, sin crédito, ni técnica financiera. Se habla del. robo en despoblado y en cuadrilla Nos hace sonreír. Ahora. se roba, s- i bieji en cuadrilla todavía, en sitios poblaoííirnos- en los edificios más lujosos y céntricos de las grandes ciudades. -Te apartas de tu camino, Séneca. Decías... -Decía, don José, ¿que por qué rio aplican esa gran invención gaseosa y poética del créjdito a la guerra y a las discusiones humanas? ¿Por. qué. puedo yo comprar y pender, tiípo. técsr y arrendar con iin dinero que digpr: ic ué tengo y: en cambio. tengo que matar al vecino, al contado, Con bombas y halas contantes y sonantes? ¿Por qué no girar sencillamente, en una mesa, sobre mi cuenta corriente de acorazados y bombas atómicas? Podrían resolverse tc- dos los problemas de los países con una fuerza capitalizada en grandes establecimientos de cré. dito internacional... sin necesidad de llegar a la violencia. Hizo una pausa, y bajó la voz. i- Es más, don José. Podría aprovecharse ahora que- todavía; sen pocos los que a. ixlan resolviendo estas cosas, del mundo para ponerse de acuerdo y hacer una gran jugada. Dentro de poco no será posible poique- e marcha cáela vez hacia Asambleas más grandes. Pe. ro ahora, todavía, podría ser. Entre, pocos, todo es posible. Una vez estuvo por aquí un señor muy sabio con gafas azules, que sacaba cacharros del suelo. Otro estuvo otra vez en el Archivo de la Prioral, revolviendo unos papeles del tiempo de los moros. El primero me dijeron que era arqueólogo y el segundo arabista Yo tengo enk- ndklo que en España, hay veinticinco arqueólogos y dieciséis arabistas. Es maravilloso lo que pueden hacer. Iíoniéndose de acuerdo, pueden decir aquéllos, que han desenterrado la vajilla del Rey Argantonio, y éstos, que han hallado un Don Quijote escrito en lengua de moros. ¡A ver quién se. lo discute! Pues, lo mismo, como todavía son pocos los hombres que andan arreglando el mundo, podrían decir que se había descubierto una bomba nueva, capaz de destruir en un minuto la tierra y hasta desconchar un poco la luna. Con! diez: o doce sabios con cara de chivo que metieran cu rl secreto, lodo marcharía... Y el mundo, asustado por la perspectiva, haría a crédito un arreglo pacifico de sus líos y problemas. ¿No le parece? Recogió con parsimonia las cartas, salpicadas de m- o t Y me propuso con sencillez: Kclinmos oii ü nnnita JOSÉ M. P I Q Í A Ñ D I A R I O IL U STR ADO DE I NF O R MA 0 I O N G E N ER AL UN BOCK Y U N A IDEÍCA L Séneca juega a la brisca con esa seriedad de rite que añade a todas las cosas inútiles. Jugábamos aquella noche eri? 1 fogarín de la casa de la gente -que es como, por las viñas de la Caja Andalucía, se llama la gran nave donde, al lado de! los. lagares, duermen sobre sus petates los vendimiadores. Jugábamos sobre una inesa de. madera sin pintar, con una baraja báquica, -salpicada de rociones de mosto, oo- nio de sangre. De pronto, 1 Séneca, que, per saber ya las cartas que a mí pedían quedarme, adivinaba con ágil previsión las únicas posibles bazas que restaban, tiró sus cartas sobre la mesa y- dijo: y las dos. que quedan para mí. LucgPí se quedó pensativo. Secó con su pañuelo enorme el cristal único de sus gafas y añadió: i ¿N o sería éste, don José, el momento dp que el mundo, en vez de seguir jugando, tirase sus cartas? -Explícate. i- -Yo- íos veo a todos con las cartas al psth é, y el juego, este juego tan largo y cansado de que hablan los diarios, y en el que van jugadas las tierras del mundo, se prolonga más y más, porque nadie dice sus cartas. Todos hablan, sobre el mapa, de s us derechos a esta o la otra tierra, mientras se miran con el rabillo del ojo a. ver si descubren las cartas del otro y saben de verdad si van a poder o no. hacer la baza Todo eso de los agentes rusos que han andado rondando el- secreto ds la bomba atómica, ¿qué. e s sino la mirada a hurtadillas a las cartas del v- ecino? -Y tú, ¿qué remedio encuentras? -Señor: cantar ya. las caitas, de una vez. Como quien las tira sobre; la mesa y di. ee: tengo as, rey y sota que cada uno diga: Yo tingo dinero para hacer tantos barcos Yo, rlrs? creto de la bomba atómica. Yo, tantos hombres de veinte añes en buen estado de conservación. Yo, tantos cañones en mediano estado. Yo, trigo, para tantos años... Yo creo que así, sobre una mesa, con una guerra pacífica de papeles y estadísticas, se podría acabar con bastante facilidad la partida y repartirse lo que de todos modos se va a llevar cada uno. El que tuviera bombas argüiría, al que tuviera barcos, el tiempo que éstos podrían durar. El que tuviera hombres calcularía la cantidad que podía dejar matar por meses sin agolarse, y lo mismo el que tuviera trigo, el tiempo que podría resistir. Y así, -por una sencilla contarriña de materiales, días y hombres, podría llegar a saberse, sin seguir jugando, las bazas de cada uno: Tú te. llevas esto. Esto Otro para mí. Aquéllo para el vec rio. -Vamos: propugnas la aplicación del crédito a la guerra... E N modesto compositor de cancionciltas ligeras e intrascendentes, el- maestro Alejandro Beurget, entró, a- rcíres- carse una noche del verane: de 184 Ó ea el eajé- ács Ambassadeufcs, en los C nipos Elíseos, espectáculo aT aire libre: ¿i; k se cantaba, se bailaba: y, se beb- ia cerveza. El maestro Beurget. Ociíp Tíos. mesa y pieliD un bock de la blond- c, laien tirado bien carabiné y, sin- corbata esto- con i ítiíncr cantidad de e unia posible. Saboreándole estaba, beatíficamente, -cuando de ptonto se dio cuenta, de que el trozo de música. (jjic la orquesta ejecutaba en medio del mayor entusiasmo era La Mere Michel, una canción que acababa ét lanzar, y dé la que era aiit r. Pues, señor- -debió peiisá r el- músico- Esto tiene mucha gracia... Bl. simpático empresario de este establecimiento- está hae ciendo rico diyirtiendo áí. Jrablico, eí personal vive y tocio este. íhiglada; s; e sostiene a fuerza de música nacional e- xtratyer: a pero principalmente dé las nu: jvasjipr; ílüc. ción? s, como- esía mía, que ha teftftío. fa suerte de ser del agrado del púbíicp. ¿Y. ytí soy el- único que no cobra aad a. ¡Alx! í 4o- Y en, efecto. cuando el camár- ero. quiso cobrarle la consumición, se negó rotundamente a- satisfacer- él importe del bock de cerveza. Ya pueden ustedes suponer lo que ocurrió... Acudió el patrón, sé, entabló el diálogo consiguiente, sé arremolinó el pública, se suspendió el. espectáculo y como. tedes gritalvan queriendo tomar parte en la discusión, nadie s- s entendía, y el escándalo arre- U ciaba. -De Hiedo- -decía 1 músico- -que usted es muy dueño de utilizar mi- ipfisica. sin pagarme nada, ¿y no puede usted servirme un beck por el mismo precio? Pero al empresario no había marera de convencerle. El creía, como todos los empresarios y directores de los cafés- parisinos, que era una cosa natural ejecutar las obras musicales de mayor éxito sin pagar nada a sus autores y legítimos pro- pittaríos. El maestro Bourget levantó un acta firmada por varios testigos, pagó su boch de cerveza y al dia siguiente presentó la dfK ttur a, j- eclamación ante el Tribunal de Com- írcio, donde los jueces reconocieron su derecho, condenando al empresario al p go de la indemnización correspondiente. No se conformó el irascible patrón, JU J apeló, intrigó, y acudió a toda clsse de procedimientos, recursos y habilidades; p ro, al fin, tres años más tarde- -la Justicia os lenta- -una sentencia en regla confirmaba el fallo del Tribunal. listo parece, el simple relato de un vulgar suceso sin importancia, ¿verdad? Pues había nacido nada menos que el Pequeño Derecho, t- -Claro, don José. Es lo civilizado. La guerra es 1- única oc? a donde todavía hay que hacerlo iodo de- verdad. Es como mando se viajaba con una talega lkna V oro o se- tenían enterradas las onzas en, tm puchero bajo una losa. Ahora nadie tiene el di- de Jet lie al Academia Reconocido fl principio por los jueces, 1 maestro Beurget, unido a otros dos chemsvniers, fundaron una Ag. sncia- para la pfreepcióii de h. s derechos de autores, y compositores, fins al cabo e tres años contaba con 121 asociados. El primer j- ño recaudaron 14. 00 francos; di; auos después, 165.000; en 1865, subieron s. d scis- ntos mil, y e: i