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La oruga penetra n 1 hoja. La oruga se pasea, despreocupada, por el paisaje tentador dp una hoja. L o que sucede es que estamos, naturalmente, tan habituados a las realidades de nuestra propia vida y de las ajenas, que ni siquiera las enjuiciamos pero si fuésemos capaces de desprendernos de esta indiferencia y pudiésemos ver con una mirada nueva, libre de convencionalismos, cuanto ocurre a nuestro alrededor, nos espantaríamos de ser huéspedes de un mundo como el que habitamos, porque todo es en él folletinescamente terrible. Prescindid de vuestros prejuicios y pensad en la truculencia de esa ley que fuerza a que cuanto es vida sobre nuestro planeta se alimente a costa de lo que es vida. Es decir, que los seres aparecidos sobre esta áspera corteza, si quieren vivir y crecer y conservarse, tienen que padecer estas dos preocupaciones: la de matar a otros seres y la de evitar que otros seres les maten. Fluctuar entre el asesinato y el miedo a ser asesinados. La vida se alimenta de vida. Es feroz, ¿verdad? Uno se pone a pensar en esto y se pregunta: pero... ¿no habría manera de que se hubiese arreglado todo por otros medios? Quizá sí. aunque el caso es que ya no puede nadie volverse atrás, y andamos con las fauces abiertas y las garras apercibidas, irremediablemente, produciendo cadáveres de mayor o menor categoría, todos y cada uno de los días que dura nuestra existencia. A veces no nos enteramos. ¿Cuántas hormigas mueren bajo nuestros zapatos en cada jornada? Nunca lo sabremos. ¿Contamos, quizá, las cucarachas, las moscas, las pulgas, los ratones que aniquilamos extendiendo con apacible decisión unos venenos preparados por la industria? Sin embargo, éstos ya son arrabales de la verdadera cuestión. Lo importante es otro asunto. Portemos vivir respetando a las moscas y a los ratones, pero ya no sucede lo mismo si nos referimos a las gallinas, a los pavos, a las terneras, a los cerdos, a las legumbres... Es absolutamente necesario que los sacrifiquemos si deseamos vivir. Y la voracidad forma una cadena en redor del mundo. Los lobos, los tigres, Jos leones y otros muchos animales estarían i. ...Y la hoja, finalmente, se cierra y se come a la oruga. encantados de podernos comer, y nos comen, efectivamente, en cuanto pueden. A nuestra vez, devoramos un sin fin de animales: los sorprendemos en sus nidos, los extraemos con ganchos puntiagudos, atados a un hilo, de las aguas donde se dedican a engullirse unos a otros, los engordamos en nuestras propias casas, como el Ogro a Pulgarcito, para matarlos después, contra todas las consideraciones de la hospitalidad, v asarlos, cocerlos, guisarlos o freídos. La ga llina, por su parte, traga todos los gusanos que encuentra; los cerdos aprecian como un suculento bocado los tiernos hijos de las granjeras; muchos pájaros comen insectos; los insectos se nutren unos de otros; los batracios, los ofidios andan a la caza de vidas... Aquí todo el mundo se come a todo el mundo sin el menor respeto y relamiéndose... Pero i qué depravado y cruel planeta es éste? Puede decirse: He ahí la vida vegetal; los vegetales respetan la existencia ajena con el sentimentalismo de un brahamán. Y. a primera vista, así es. Podemos deiar abierta la ventana de nuestra alcoba sin temor a que la acacia que crece enfrente alargue una rama para chupar nuestra sangre, ni a que las coliflores del huerto irrumpan con propósitos homicidas. Juzgando la cuestión sin conocimientos científicos, al reino vegetal no se le concede ocasión de desquite. El buey se come la hierba de un prado, y las hierbas no se comen ni a una simple rana; is cabras ramonean los matorrales y los matorrales no pueden aspirar a la delicia de ingerir un filete. Sin embargo, los vege- tales viven también, y hasta parece que realizan el ídeala de atender a su subsistencia, a su crecimiento y a su reproducción sin causar dolores a los demás seres ni abreviar su plazo normal de vida. El. optimismo de quien tal creyese sería, no obstante, engañoso. Hay plantas carnívoras, y ese sector no se ha librado de la ordenación de crueldad que empequeñece y mancha a todos los moradores del planeta. Hasta puede decirse que es en ellas más tremenda la capacidad de hacer sufrir. Detengan ustedes su atención en las fotografías que ilustran estas líneas. Una larva avanza sobre las hojas de uno de estos vegetales carnívoros. No se trata de un paseante inocuo. La larva busca algo de que nutrirse y espera hallarlo en la jugosidad vegetal. Se encuentra ya entre las valvas abiertas de la flor. Pero, en su caminata, rozó una de las sensibles pestañas de la hoja. Inmediatamente, con mayor rapidez que la que ponen las puert as de un Banco en obedecer a una señal de alarma, las hojas se cierran sobre el gusano; las excreciones pilosas han transmitido la orden y se cruzan como los dientes de un caimán o, más exactamente, como las rejas de una maztaorra. La larva queda dentro, imposibilitada de huir y hasta de moverse. Comienza entonces el proceso de la digestión, que dura de ocho a veinte días, y durante los cuales el gusano es disuelto- -por décirto gráficamente- -y asimilado. En verdad, esto es más pavoroso aún que el clásico salto del tigre. Vertebrados e invertebrados, animales y vegetales, los que vuelan, los que corren, los que se arrastran, los que nadan... todos, sobre esta cascara de un globo estúpido que da vueltas en torno al sol como un tranvía de los Ministerios en torno a la Cibeles; todos, sin excepción, necesitan para engordar, para medrar, para abrigarse, para hacer política producir cadáveres. Un incesante festín en un gran cementerio; un festín donde los comensales de hoy son mañana el plato fuerte: eso es la Tierra. Es verdad es una triste verdad, pero... ¿dónde hay otra y cómo llegar íi ella? Comamos, pues, y evitemos todo el tiempo posible el ser comidos. W. FERNANDEZ de la Real Academia FLQREZ Espmtita.