Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
MADRID DÍA 5 DE AB R IL D E 1946. NU MERO SUELTO 40 CEN T S. LA DIFICULTAD DE ACABAR A leído usted? Y el Séneca, con su índice dorado de nicotina, me señalaba el gran titular Gromyko se ausenta airadamente del sialón del Consejo de Seguridad ele las Naciones Unidas. Luego comentó: -Recuerdo, don José, que en mi juventud hubo en el pueblo un secretario del Juzgado que estaba medio chiflado. Escribía dramas y comedias: y daba grandes paseos solitarios por las afueras del pueblo hablando solo y comiendo higos chumbos. Mi padre, cuando nos cruzábamos por los caminos con don Eustaquio- -era su nombre- -que ni ros veía ni nos saludaba, solía decirme por lo bajo: Miva don Eustaquio, está buscando un final. Porque mi padre, que tenía una sabiduría prudentísima, conocía que lo difícil en las comedias, como en tedo, es saber el modo de acabar. -No veo bien la relación con Gromyko... -Es bien claro, don José. Encerrarse en un salón sentados en unos grandes sillones colorados para celebrar una Asamblea es bien fácil. También lo es ponerse a decir con entereza y dignidad uno blanco y otro negro Pero la cosa está en acabar. ¿Cómo se acaba esto? Por algo los cantadores que son viejos y ladinos inventaron h caída final y por algo los predicadores, que llevan siglos 4 e experiencia, idearon eso de la Gloria que a todos os deseo Groiinyko, más nuevo e inexperto, ha tenido que improvisar esC de la salida arrebatada y el portazo. En fin, no está mal... -Parece que hns estado tú en muchas Asambleas... -En alguna he estado, don José. Fui concejal cuando la Dictadura; cuando nos llamaron, a la fuerza, a los inofensivos. Ahora he asistido algunas veces a las reuniones de la Hermandad de Labradores. Ah, don José: yo sé lo que es una Asamblea a las diez o las once de la mañana, cuando se abre, confiada, alegre, con el vaso de agua del presidente todavía lleno y las cabezas do todos despejadas. Pero sé también lo que es una Asamblea, con una proposición enconaría, a las dos, a las dos y media, con el almuerzo enfriándose en casa y dos señores tercos frente a frente, que siguen diciendo negro y blanco ¡Cómio se desean entonces los adjetivos suaves y sin crtnpromisoi, que puedan esmaltar un acuerdo intermedio cuya eficacia, por lo menos, es la de dejarnos ir a almorzar! ¡Qué prestigio inmensd adquieren entonces, de golpe, los secretarios fértiles en fórmulas! ¡Qué música la. de se convocará una nueva sesión se nombrará una Comisión se pedirán nuevos antecedentes ¡Ah, el que ha llegado con una discusión teóirica. e irreductible hasta las tres de la tarde, sin aljnozar- ¡y a lo mejor teniendo aquel (día en casa huevos con chichairron. es! -comprende, de repente, todo el bostezo infinito de cansancio y hambre, que je adivina, por ejemplo, tras la nota tripartita en que se le dice a una nación: No me gusta nada lo que estás haciendo, y te recomiendo que no lo llagas, aunque no voy a obligarte v. que ABC D I AR IO IL U sT R AD O DE I NF O R MACI O N G E N IERAL a costa de Portugal arriba, Galicia frontera acaso, encontramos el mar, el piloto tiende una capa de nubes para ocultárnoslo. Viajamos con red protectora- digo a mi izquierda. Diecisiete horas. -Nos retiran la red. El mar está transparente y claro. Las nubes diríanse ahora sumergidas en é! El Atlántico se aprovecha de ellas para hacerse su espuma. El ruido de los motores hiere menos que al principio. América brinda su primera nota de color con el ofrecimiento de unas pastillas de chicle. Poco después nos invita a tomar un jugo de naranja. Duelo de Valencia y California. Valencia, seis; California, uno. Veinte horas. -SQ encienden ¡as luces de nuestra pequeña ciudad. Anochecemos en la intimidad de Dios. El avión lleva su marcha de doscientas millas, como las mujeres bellas ios años: sin que se le note. El día se resiste a su crepúsculo. Pero, naturalmente, yo sé quién va a vencer. Ve ule horas. -El avión hilvana con una hila inmensa la costa de España y la de Irlanda. Pero es un pespunte que ha dado en muy poco tiempo. Cuando aun no la esperamos, la madre tierra aparece a nuestros pies. Su presencia nos reconforta profundamente. Volar con un aparato de ruedas sobre el inabarcable océano es, sin duda, una calaverada. Ahora nos sonreímos les unos a los otros como tranquilizados. Y un suelo en el que seguramente todos sernos extranjeros se nos antoja algo así como una palria reencontrada. Veinte horas treinta. -Era lo previsto: venció el crepúsculo. Es noche ya. Brillan en el sucio unas luces urbanas. Un faro de aeropuerto nos hace sus amistosos guiños. El avión, navegante y. i sobre un mundo de hangares y de bauzas, defcier. de poco a peco. Los muelles del aeródromo tienen una doble franja de lámparas de aceite. Nuestro avión ha enccnchdo, también, sus feces bajo las alas. Todo lo demás sucede de una manera muy sencilla. Hemos ¡legado al aeropuerto de Shannon, en el Estado Libre de Irlanda. H hagas otra cosa... porque eres tú, y no yo, la que tienes que hacerlo. Pero que conste, otra vez, que no me gusta nada. Es muy fácil sonreírse de todo este equilibrio e indecisión. ¡Pero, caramba, don José, es que a ciertas horas hay que almorzar! Luego me guiñó su ojo malicioso, al través del cristal único de sus gafas, y me dijo confidencialmente: -No hay cosa más inesperada que la salida de los callejones sin salida. Todas las comparaciones más absurdas de la geometría y de la botánica son utilizadas en e ¿as horas críticas. Entonces e ¡cuando las cosas son paralelas, pero con un punto de tangencia y cuando han de unirse dos tesis opuestas no confundiéndolas, sino injertándolas Pero, sobre todo, entonces es la hora de nombrar una Comisión. Yo propongo siempre, a las dos, el nombramiento de una Comisión: y cuando he desayunado poco, a la una y media... Y todos lo acogen alborozados: Pase a la Comisión. Nómbrese una Comisión. Es el recurso de lo inevitable. Ahora como no ando bien de la vista, sucio llevar conmigo a las reuniones a un nietecito que me acompaña. El otro día, después de la reunión, el secretario se había quedado rompiendo unos sobres y echándolos en una papelera de mimbre. Mi nietecito me la señaló con ingenuidad y me dijo: -Abuelo... ¿eso es la Comisión JOSÉ M. a PEMAN de la Real Academia Española. EN EL CAMINO DE NUEVA YORK HORARIO DEL CLIPPER RELUDIO. -En el avión caben sólo 38 personas, pero el aeropuerto de Lisboa está lleno de gente. La Policía, la Aduana y la Compañía la filtra. Tras el último tamiz, los pasajeros dejan atrás una viruta de amigos, de funcionarios y de parientes que no embarcan. La puerta del Clipper, al Otros aviones llegan simultáneamente con cerrarse, separa los dos inundes. En este el nuestro. Otros hay sobre las pistas, en las instante, un anuncio luminoso a la entrada proximidades de los hangares. Aviones camide la cabina de mandos agota los últimos no de Londres y de París y de los países: cigarrillos con su no smoking decisivo. Otro nórdicos. Y, sin embargo, todo el mundo que nos ordena colocarnos los cinturones de supuebla la enorme sala de espera ele Shannon jeción. El Mane, Tecel, Pares del Clipper y que ha derramado sus eqilipajes en la indista mucho de alarmarnos, pero nos inspiacabable mesa de ja Aduana e invade el gran ra un respeto imponente. Son las catorce hocomedor, con su sillería tapizada de un rojo ras. F. l avión despega. violento, titne un aire provinciano y encogido. La radio la ocupa Haendel, Unas nióriCatorce horas, un segundo. -Ortega hacía consustancial a la psicología española esto jitas irlandesas y Un matrimonio que se reparte la dulce y lew carga de un hijo dorde recorrer con la mirada inquisitiva el paimido escuchan no sé cuál concertó grosso saje femenino de los tranvías. ¿Cómo no el Unos camareros, casi adolescentes, pululan de los Clipper... Nada español me es ajede un lado a otro. No llevan más que iziskftá nC Las catorce liaras y un segundo: yo miro con hielo y soda, o cerveza, o jugos semifaradelante y atrás, a derecha e izquierda. Trismacéut icos. Por la puerta del fondo penetra te saldo: ni un solo rostro de mujer joven casi tumultuariamente un grupo heterogéneo alegra nuestro avión. Pasa, sí, un solo sede viajeros. Parecen como liberados de una gundo de las dos de la tarde. Traslado a mi próxima fatiga. Pronto sabemos de quiénes amigo mi pesimista informe: ¿Tanto ha se trata: acaban de saltar sobre el Atlántico tardado usted en darse cuc- nta? -me reprocha. y se cruzan con nosotros e la misma senciCatorce horas, dos segundos. -Nunca el Tajo, como ahora, el pecho sacó fuera 11 a manera que en Villalba el tren ascendenVolamos sobre él, sobre las estribaciones de te y el descendente Madrid- Escorial. Chacun Lisboa, sobre un suelo labrado de cereal y a son tour. Pero el nuestro se retraía. El catastro. Aun la tierra firme, no nos provoca avión a Nueva York no saldrá, segurameninquietud ninguna, Cuando, poco más tarde, t e- -tic; anuncia el altavoz- -hasta la ina- P