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MADRID DÍA 30 DE MARZO DE 1946. NUMERO SUELTO 40 C E N T S TARDES DE DOMINGO ABC picos de la sierra se muestran como un Canaán inasequible. Entonces recordamos el aspecto de las grandes capitales de Europa- -antes de la guerra- en los días festivos, solitarias y mudas, como si hubiesen quedado repentinamente deshabitadas, porque todos sus moradores se marcharon al campo. El campo es un antídoto contra los venenos de la ciudad. Cuando el hombre de la ciudad pasa un día en el campo, vuelve convertido en un ser bondadoso. Porque se cansa; y el cansancio es lo único que hace rápida, aunque momentáneamente, bueno a un hombre. Hay que salir al campo, hay que verter obre el campo a esas muchedumbres aburridas y rebozarlas en Naturaleza, como a una croqueta en huevo. Peto- -ya se sabe- -esto es casi imposible en los tiempos presentes. Los transportes son escasos y cuestan mucho... Entonces, ¿vamos a dejar que todo continúe así? ¿Toleraremos que los niños crezcan- sin saber cómo es un repollo en su elemento, asustándose el día de mañana cuando la casualidad ponga ante ellos una gallina viva, con plumas y cacareante, ya que nunca las vieron más que descabezadas, abiertas en canal y envueltas en una impúdica piel amarilla? ¿Consentiremos que una generación llegue a granar creyendo que el aire es un compuesto de humo de tabaco y vapores de gasolina? ¿Dónde está ese hombre de los negocios raros? Que acuda y alquile un local y nos yenda en éi la ilusión de estar en el campo, que fue la que llevó tanta gente a ver El sueño de una noche de verano, en el Español. Poces elementos son precisos; apenas los que caracterizan con mayor fuerza esta clase de excursiones un tapiz verde, un árbol a cuya sombra pueda dormirse mucho tiempo, una tortilla de patatas y un buen puñado de hormigas. Dadnos esto- -mientras se vayan preparando para el futuro amplios medios de salir de Madrid- -y os deberemos la única pausa eficaz en el cansancio de la semana. Todo mito esconde un símbolo. En el da Anteo estaba el del oficinista, el del dependiente, el del productor. Pero la tierra que debía tocar aquel personaje para recuperar sus fuerzas no había sido previamente asfaltada. D I A R I O IL U sT RADO DE I NF O R MA C I O N G EN E R A L mos oído y muchos lo hemos pensado, contemplando el verde y graso prodigio de sus campos- -es un país rico, el arquetipo de los países muelles y abundantes. Pues bien: en cuanto los 45 millones de franceses se han visto obligados a vivir de su propio suelo, el hambre ha sido inevitable. La producción del solar francés sería tal vez holgada para los 30 millones de la Francia de Thiers, pero no basta para cubrir las necesidades de los 45 ó 50 de la Francia de De Ga- ulle y Thorcz. Y si esto puede decirse de Francia, ¿qué se dirá de Alemania, de Bélgica, de Italia, de Suiza o de Checoslovaquia? Tomada en su conjunto, a Europa le faltan recursos alimenticios y le ¿obran productos industriales. Añeja es la noticia, se me dirá. Conforme. Pero yo no tr ato de darla por nueva, ni siquiera por olvidada. Yo no pretendo; sino preguntarme qué posibilidades tiene la libertad en un país así. Supongamos, por vía de ejemplo, que en una nación superpoblada, pobre y privada de colonias, se intenta un régimen de plena libertad económica y política. ¿Qué sucederá? Si todos sus ciudadanos fuesen benéficos y abnegados, harían de su libertad medicina de su infortunio, repartirían su escasez en amar y compaña y el curso de la Historia sería tan suave como la seda. Los hombres limitarían libremente y por sí mismos el ejercicio de su propia libertad, mirando siempre las necesidades de sus prójimos renunciando a las ventajas que pudiera traerles el hecho de ser enteramente libres, ayudarían al bienestar de la mayor parte. No es preciso ser un pesimista sistemático para advertir la imposibilidad ética y política de semejantes hipótesis. En cualquier país, por bondadosos que hayan llegado a ser sus subditos, habrá siempre unos cuantos hombres, audaces como lobos y astutos como sierpes- -las frases tópicas sirven, para expresar las realidades tópicas- que utilizarán esa hipotética libertad en beneficio propio y, sin burlar ostensiblemente las leyes, sabrán enriquecerse a expensas de las privaciones de los demás. La historia es bien conocida. Y si esta insaciable sed de lucro y de empresa que distingue a los capitanes de la industria, de las finanzas y del comercio puede ser beneficiosa cuando los recursos son abundantes y la moral pública relativamente sana- -esto es, en resumen la historia económica del siglo xix- por fuerza ha de ser perturbadora, cuando no criminal, si los recursos son escasos y la moral pública deficiente, como acontece, no sé por cuánto tiempo, en la Europa de 1945 y 1946: es la hora triste del paro forzoso, del mercado negro, del lujo de unos pocos y la miseria de los más. ¿Qué cabe hacer entonces? Sólo un camino parece posible: restringir el ámbito de la libertad individual en beneficio del bien común. Habrá, en consecuencia, restricciones de la libertad de; compra y de Venta, restricciones económicas y, a la postre- -inevitablemente- restricciones en la libertad política de los individuos. Cuando el pirado laborista, en la liberalísima Inglaterra, ha iniciado la nacionalización de las grandes empresas industriales y bancadas- -y con ello la de- ARA ese Club de los Negocios Raros inventado por Chestertan, podía haber un socio más entre tos madrileños capaces de acometer una empresa que, según los reglamentos de aquella. Sociedad, constituyese una fuente de ingresos sin ser una variante de cualquier industria ya conocida. No creo que el riguroso Comité de admisión del fantástico Club londinense se opusiera al ingreso de quien organizase dentro de nuestra ciudad algo que consiguiera suministrar al vecindario, lo más aproximadamente posible, una reproducción de la vida en el campo. La idea se ofrece a quienquiera que ambule un domingo P r las calles de Madrid. ¡Qué tristes domingos tes nuestros! Confío en que nadie califique de atrevida paradoja 1 afirmar que, en la tarde de un domingo, una gran ciudad sólo es alegre si está desierta, porque el silencio y la soledad de las calles nos induce a pensar en los millones de seres que a tales horas disfrutan de distracciones, de oxígeno y de bienestar entre el verdor de la Naturaleza no atacada por la lepra del asfalto ni por los tumores del cemento. Las tardes de los domingos en Madrid sufren el máximum de animación callejera. Cada casa rezuma, sus ¡aquilinos, y en las calzadas y las aceras se va formando un río espeso y lento de gente sin alegría, indiferente a todos los itinerarios, que parece haber abandonado sus habitaciones sin otro fin que el de dejar que las cucarachas con las que convive disfruten unas horas sin sobre saltos. Matrimonios taciturnos que ofrecen a sus hijos- -desplegados en vanguardia- -la ocasión de comprobar lo ancho que es el mundo; parejas de novios que ya se han contado en los primeros minutos todo cuanto hicieron durante la semana, y caminan abismados en la 1 extrañeza de que el domingo no sea aquel día feliz y risueño con que soñaron el jueves, y el viernes, y el sábado; paseantes modestos, sumergidos en la preocupación de si tomarán, al caer la tarde, un vaso de cerveza o una taza de café, y, en cualquier caso, dónde cos. tará menos; criaditas con el subconsciente amargado por la seguridad de que también aquel día regresarán con retraso y de que también les reñirá la señora... Todos los bancos públicos, ocupados; tertulias en todas las porterías; los cielos vertiendo fastidio; las tascas exhalando humo, y pies doloridos, centenares y millares y centenas de millar de pies doloridos moliendo suda de zapatos hasta reducirla a un, polvillo que cae sobre los veladores de las terrazas y es ingerido por los parroquianos. P W. FERNANDEZ, FLOREZ de la Real Academia Española. EL EJERCICIO DE LA LIBERTAD EN LA EUROPA CONTINENTAL CE unos días expuse a quien quiso leerme las razones psicológicas en cuya virtud es tan considerable- -en la Europa de 1946, al menos- -la distancia entre la libertad deseable y la libertad posible Mas, por desdicha, no están solas las razones de orden psicológico: junto a ellas hay otras, dependientes de las condiciones externas en que forzosamente ha de vivir el europeo. Euroj a es un país superpoblado y, por lo tanto, pobre. Pocos casos hay tan elocuentes como el de Francia. Francia- -todos lo he- Hombres y mujeres parecen andar únicamente para procurarse el lánguido placer de comprobar que están cerrados los locales donde trabajan. Un kilómetro, otro kilómetro... el calzado, relativamente nuevo, ha encontrado más puntos vulnerables en que saciar stt sadismo; las caras se afean, los trajes se empolvan, el tedio se hace amargo en los paladares; gente, gente, gente... ¡Oh, tarde de domingo! Y por encima de los tejados, los H