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MADRID DÍA 15 DE MARZO DE 1946. NUMERO SUELTO 40 C E N T S m LA BATALLA PERDIDA N el siglo xvi se libra una batalla decisiva: una batalla literaria. Si el momenio de su comienzo no es ése, sí 1 de más intensidad. Pugnan, de un lado, la poesía genuina; de otro, la mediatizada. La genuina sigue la inspiración tradicional; la mediatizada se rinde a la influencia de Italia. Corifeo de unos es Cristóbal de Castillejo; de otros, Garcilaso. Lo extraño del caso es que ni unos ni otros saben la causa por que pelean; creen una cosa y es otra. Castillejo enuncia, con cierto desdén, que usan ya de cierta prosa- -medida, sin consonantes Pero no es la forma lo que separa a ios pugnadores y va a separar a sus secuaces, en el siglo xvi y en los sucesivos; por encima de la métrica hay algo más consistente. La poesía tradicional viene siendo, desde hace siglos, una poesía clara, sencilla, con cierta soltura no socavadora de los fundamentos sociales. Cuando se hable de la licencia del Arcipreste de Hita, será permitido disentir. Pensamos en la avena loca que el Arcipreste ha sembrado riberas del Henares es decir, en el loco amor, y vemos cómo todo lo anejo al loco amor, todo lo temporal, todo lo mundano, se huye como un sueño: el poema del Arcipreste nos produce la impresión de un torbellino que se disipa, dejando en el contemplador un pronunciado sabor de ceniza. Al comienzo, a modo de obertura wagneriana, hay una magnífica invocación al Señor: al final, unos pobres ciegos nos piden, miserandamente, una limosna para mejorar la cena del mismo modo que sus congéneres de hoy nos la demandan para ayuda de un panecillo ¿Y por qué al juzgar al Arcipreste no hemos de tener en cuenta lo que cambian las palabras y cómo el sentido psicológico de una frase no es tiempos atrá como es hoy, siendo las palabras que componen esa frase las mismas? Si condenamos al Arcipreste, ¿qué haremos con el antecedente más formidable que su soltura tiene? Lo tiene en el recado que un obispo, en uno de los milagros de Nuestra Señora contados por Beroeo, envía a un clérigo para que se presente ante su persona; leemos esas palabras inauditas y apenas si las creemos. La poesía tradicional, la verdaidera, se nos da en el Poema del Cid, en Berceo, en el Arcipreste áí Hita. No haya miedo de que en esos monumentos nos encontremos con un desequilibrio de la sensibilidad; todo en ellos es dominio del sentimiento. Á par de tal equilibrio contamos en 1 poesía tradicional con un realismo sano, expresivo. ¿Recordaremos los cuadros realistas de Castillejo a lo largo de su obra? Eti la memoria tenemos un cierto viaje regio: el viaje de Toledo a Córdoba de Fernando el Católico y Germana, su segunda mujer. Se aposenta la Corte en un lugar de siete casas pajizas llueve torrencia mente; se declara un incendio; confúndense las llamas con el aguacero; todos, chorreando, se meten, en manada en la Cámara Real; flotan en la corriente las fundas de las camas; el vocerío s formidable, infinita la confusión. Allá yan todos revueltos, señores y fámulos. D Í A RIO I L U STRA D O D E I NFORMA C I O N GENERAL La vida huye- -clama, entre otros lamentos, Petrarca- no se detiene en su correr ni una hora. Viene a más andar la muerte. Muévenme guerra las cosas presentes y las pasadas; aun las futuras me la dan. El acordarme y el esperar me fatigan. Si no me tuviera lástima, pronto me vería libre de tales pensamientos. Y Leopardi, en sus breves notas, interpreta de este modo esta última frase: Cioé, mi sarei giá ucciso spomtaneatnente; es decir, se habría suicidado. Imaginemos ahora la cantidad inmensa de sentimiento que la obra de t u poeta contiene; imaginímos la sensación profunda de uno de nuestros poetas tradicionales al asomarse al mundo donde tal poesía se produce. Su sensibilidad, como en un terremoto, quedará hondamente, conmovida; esa conmoción se trasmitirá da generación eti generación; no habrá ya momento en nuestra poesía que no esté marcado por tal desequilibrio del sentimiento. Aun los más mesurados nos mostrarán, de cuando en cuando, la tara que llevan secreta. La batalla, por tanto, se ha perdido; n el siglo xviii, los seguidores de Rouseau vienen a reforzar a los antiguos petrarquistas; en el siglo xix, los románticos acentúan todavía más el desequilibrio primigenio. Y será menester que pase el tiempo y que lleguemos a los momentos actuales- para que nos demos cuenta de la enormidad de la pérdida: perdimos la mesura en la batalla entre petrarquistas y gemimos; la queremos ganar al presente. T, a serenidad ha de presidir a la creación del poeta: ecuanimidad es la consecuencia de ese estado espiritual. Faltaba, sí, en la poesía de los genuinos un poco de sensibilidad; ño la tenía Castillejo; tengámosla nosotros, y hagamos con ello que la batalla perdida sea una batalla ganada. AZORIN el pecho palpitante, ofrecido; y el breve pie siempre suspenso porque para iniciar el ancho vuelo basta una débil flexión. Quizá esa definición que nos daba de ella en su plástica encubría su secreto: ese secreto de irse que se nos ha revelado. Bailarina en fuga de la vida qué ejecutaba su simulacro de ascender. El arte de encadenar un movimiento a otro cambiándoles con melodía es el arte de la bailarina. María Paz era, como la melodía del oboe, miel y dulzura de melodía de movimientos. Ese instantáneo delator que es el objetivo de cine no hubiera podido sorprender al cuerpo de María Paz en desgarro ni contorsión. Sencillamente, ella no deducía de su cadencioso hacer lo feo. Su naturaleza se expresaba, por don de verdad, rítmica y con poesía combinada. ¿Acaso hay una norma musical en la construcción de huesos, nervios y músculos de estas criaturas? ¿Lo material se hace en la bailarina, no escultura, sino espíritu puro? Aunque en María Paz, como en la inolvidable- -La Argentina- mandaba una voluntad decidida, implacable, con su propio ser mortal. El sacrificio era su hábito, horas inacabables de educarse su fisiología para la gracia, de extraer a la estatura, a la fuerza y a la expresión sus calidades, las que divinizan. Y también el talento era propio de esa adolescente mágica. Pues a tan contados logros, ya dirigía los grupos, inventaba bailes corales, tenía el sentido de la composición como, para sí, el de la armonía. Y estaba hecha del humilde barro con que el pueblo de España moldea sus figuras capitales; de un ¿poco de barro aragonés de cualquier Fuendetodos. Salió y nació así, como Goya, dotada, perfecta, intuida, sabiéndolo y diciéndolo con su penumbroso gesto elegante. Ni academias, ni centros: que se llaman culturales pisó, maestra desde el balbucir. Sólo, detrás de ella, dos mil quinientos años de danza española. Aristócrata, por venir de la entraña de lo popular, se depuraba con tesón y sin concesiones. Empezó envuelta por esos agrios revoltijos escénicos que denominan folklóricos y de tanta decadencia y churrigurriez aisló su Mallorca, perla de los muladares. Se fuá del seudogitanismo y del infraflamenquismo, y un dia, como Mariemma, como Argentinita, como Antonia Mercé, ofrecía, a los veinte años, el friso de esas interpretaciones en que sólo subraya el piano lo apasionado, lo permanente, lo auténtico, lo tradicional, esencial de España. Fue su único rayo de gloria, y, primer hito que marcaba la supremacía. Y su primera estación de amargura, aquella Petenera en que la plebe de bailaoras y chulos de catite ¡a izaban en sus palmas, muerta ya, y así era conducida (como ayer, en la madrileña calle de Santa Isabel) en vilo, por la gente de su barro de pueblo. María Paz una noche llor ó- -tampoco alteraba su distinción entristecida con lamentos- -porque aquel paso la impresionaba como augurio. A la romana, podríamos definirla en epitafio: No pisó: resbalaba, TOMÁS BORRAS E MARÍA PAZ ÁMPARAS que se extinguen, esperanzas que se encienden: Aurora. Lámparas que se encienden, esperanzas que se extinguen. Noche. Entré los paréntesis de esa melancolía de Ornar Khayyam cabe la vida breve de María Paz; ni tuvo tiempo de dejar de ser niña. Ni dejó nunca de estar triste. María Paz era largo silencio aterciopelado, vaga mirada de abandono. Suave y blanca, dentro de sí misma, atenta a un punto invisible y lejano al que se dirigía siempre, la risa no fue su compañera, ni la cólera. Idéntica todos los días, pasaba, sombra por el cristal iluminado. Su voz era una voz casta y disminuida por timideces, hablaba como pidiendo disculpas. Bailó sin ruido y sin mover el aire. Se entregaba a la danza, hundiéndose en su perfume cálid J. que la hacía sonreír. Cada danzarina tiene, ápice de sus expresiones, una expresión personal que emana de su carácter. La de María Paz era esa actitud de las Victorias antiguas de lanzar el cuerpo hacia adelante en anhelo da azul y de altura, el mentón saliente proa, los ojos cerrados, las manos hacia atrás, esquenía de cola de pájaro, L