Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
MADRID DÍA 27 DE hSrBk RQ DE ¡9 46 NUMERO SUELTO 40 CENTSm y g guadijeño, era un gran personaje político, visir de la corte de Almería, y, además, una importante figura literaria. Ella era una muchachita mozárabe, cuya familia vivía en tierras de Guad- ix, y que se llamaba realmente Chamila, aunque el poeta la celebra siempre bajo el nombre de Nuwaira Florecilla Ño parece que el amor de Ben al- Haddad fuera correspondido, puesto que el poeta se lamenta siempre en muchas y encendidas canciones: Tengo entre los rumies una gacela cristiana cuyo cubil son las iglesias. Como el amor es siempre un extravío, por ella ando errante entre claustros y templos. Viene a verla da lejos en la iglesia el día de Pascua, cuando los cristianos se congregan, entre hacecillos y ramilletes, delante de su obispo, que empuña na candela y un báculo No logra nada. Por fuerza- -dice en otro poema- -lie de contarle al cura mi historia, por ver si ayuda a este moribundo desvalido. La pequeña cristiana se aleja, y el poeta clama desde lejos: Nuwaira, aunque me odie? yo te amo, te amo. Estos ultimes poemas son completamente desconocidos en castellano, y hasta su texto árabe ha sido publicado hace muy peco. Sobre a gún otro se encuentran datos dispersos en los Mozárabes, de Simonet, o en ciertos libros extranjeros. Pero hay muchos más, y merecen- -creo- -recogerse, como me propongo hacerlo en un trabajo próximo. Incluso le lie puesto ya título. Tiene Salé- -la lirda ciudad marroquí, que fue nido de piratas y foco de fanatismo- una parta próxima al mar. Están allí la gran mezquita, la madraza y un maravilloso cementerio blanco, cara al Atlántico, que está esperando un Paul Valéry musulmán que lo cante (un cementerio con un viejo cañoncito abandonado que apunta a las olas grises, venerado por las mujeres moras ansiosas de fecundidad, que vienen a atar en sus ruedas, como exvotos, hilachos de chiiaba) Muy cerca se recata un barrio silencioso que levantaron los últimos moriscos expulsados de España par Felipe I I I Las puertas y las ventanas de las casas tienen el mismo estilo de la arquitectura española da la época, levemente disfrazado a lo musulmán. Es lo contrario del estilo mudejar. Por eso el gran historiador del arte islámico Henri Terrasse, en cuya compañía he visitado varias veces ese barrio, lo llama el contranmdéjar Precioso nombre para los que estudiamos estos apasionantes cruces de cultura. Yo bautizaré a mis historias, imitándolo, Historias contra- moriscas DI A R I ILUSTRA N FQRMAdlON GENERAL. creto, a las ideas especiales, finas, sutiles. Los nombres generalizamos; las mujeres especializan. A nosotros suelen intereisiarnos la política, la sociología, las artes, las ciencias, todas las actividades; a ellas no suele interesarles más que una sola actividad: el Amor. Desde que el mundo es mundo, esta curiosidad de amor ha sido, y lo seguirá siendo, la más característica de la mujer. Qué fue, en el Paraíso, nuestra madre Eva, sino eso; la primera curiosa d c amor? ¿Qué es Circe, en la Odisea, sino la curiosa impertinente del amor de Ulises? Los grandes ant ¡feministas, desde Eurípides, Strimberg v Moebius, pretenden castigar con i a mordacidad o el desdén cs a curiosidad amorosa de la mujer, en quien rolo ven o capricho o pasatiempo. En cambio, ios esencialmente íeirfcninos- -un Luciano, un un Mantegazza- -se sirven de h ironía o de la fisiología, como lo. s ciegos de sus lazarillos, de sus perros o de si- garrotes poroue, aun cuando persiguen a la mujer, saben demasiado que van a tientas... No hay misterio humano tan aírayente como íl Misterio iel Amor. La misma Mirc- rte sugestiona menos. Y con ser el misterio de la Muerte tan. impenetrable, el del Amor aun le a venta ja en sus desesperantes tauir. a- turgias. Teniéndolo, como lo tenemos, en las manos, se nos va; -llevándolo en nosotros mismos, lo desconocemos, como si perteneciese a otro planeta. ¿Cómo no ha de estar justificadísima la curiosidad de Amor? Qué otra curiosidad humana es tan noble, tan delicada, tan imperativa, tan excelsa? Las mujeres en c ¿ta condición de su ser velan por el prestigio de la grandeza humana; son las vestales del divino fuego. Pero esta misma cualidad, esencial y unigénita del Amor- -el Misterio- las detiene en sus investigaciones, como un conjuro. No es posible estudiarlo en la vida social, porque en la vida social el Amor se ausenta, dejando en lugar suyo una contrafigura: el mundanismo. Esa enamorada que, por mundanismo, sonríe, deja a su Amor abandonado... Es. e galán que, por mund; ¡ismo, calla, está oyendo las voces íntimas de su amor, amordazado y sofocado... ¿Qué han de hacer las curiosas de amor si se les oculta en la vida? Observarlo, estudiarlo, analizarlo en los libros nobles en los tratados campos de ledad anímica cenobios del espíritu, clínicas y laboratorios del Amor acrisolado. Generaciones y generaciones de poetas, de filósofos, de novelistas, de ensayistas crearon estas escuelas de doctrina, estas fraguas EMTI. TO GAT! CÍA G Ó M E Z de purificación por el hierro y por el fuego. (De la Real Academia Española. A costa de naufragios íntimos, de ruinas inconfesable? cada libro es como una ofrenda, como un exvoto al Amor... El afán de lectura en las mujerees no es más que eso viva curiosidad da amor, humana curiosidad de ROCLAMAR que la curiosidad cifra una amor, noble impaciencia de la noble ciencia esencia femenina es proclamar la su- de amor... perioridad espiritual Se la mujer. PorAsí, las nobles obras de. amor son obras de que curiosidad y e- píritu diligente vienen a misericordia, tratados de revelación y docs; r la misma cosa. De manera que la pará- trina, caminos para Ikgar al excelsior plairasis se. -jpiriana se define así: Curiosidad, tónico, alas moradas ideales... Las curiotienes nombre de- mujer. 1 Sólo que en esto, como en todo, hay je- sas de amor hallan en tan nobles lecturas el fresco oasis, como los peregrinos del derarquías. Las mujeres son más curio- as que sierto, la estrella mágica, como los pastores los hombres; pero nosotros nos inclinamos del villancico... a lo abstracto, a las ideas definidas, fáciles, corrientes, mientras ellas se elevan a lo conCRISTÓBAL DE CASTRO HISTORIAS GONTRAMORfSCAS OMO los griegos a los troyanos, los españoles han idealizado a los moros, sus antiguos enemigo? Desde la novelita de Abinda- ráez 3 la hermosa jarifa hasta La gloria de don Ramiro; desde los romances viejos hasta El Alcázar de las perlas, la morisma ha sido huésped permanente de la literatura española. La. manía se la hemos contagiado a otras literaturas occidentales, sobre todo en la época romántica. Y el punto culminante de la poética epidemia lo señalaría, en la novelística, Ginés Pérez de Hita, y, en la lírica, el romancero erudito del Siglo de Oro. lleno de Zcgríes, Aliatares y Zaides, pululante de alquiceles, marlotas y almalafas. Góngora, si es realmente suyo el romance, levanta su alarmada voz: ¡Ali, mis señores poetas, -descúbranse ya esas caras, -desnúdense quesos mores- -v acábense ya esas zambras! C Este tipo de literatura, ¿no tendrá su equivalente en el campo adverso? Sí lo tic 11 c, por cierto, y no es menos interesante. Ea primer lugar, es mucho más antiguo. Por otra parte resulta más pintoresco. Una mezquita, quitado el primer prento exótico, es un templo tan frío y desnudo como una capilla protestante. Pero imaginaos, en cambio, en la España de los siglos x u xi, cualquier iglesita mozárabe: (podéis apoyaros para ello en el libro del maestro GóniezMoreno) luces, imágenes, vasos sagrados, cruce? cantos, acólitos, jóvenes diáconos con vistosas dalmáticas, ornamentos extraños, mitras, reliquias. Añadid, si es fiesta, procesiones, palmas, los muros tapizados de arrayán, el latín misterioso, la pompa incomparable de la liturgia católica, Qué de particular tiene que los poetas musulmanes, perdidos y deslumhrados entre el pueblo fiel, forjen, oara pintar estos oficios, una rara escenografía, donde se mezclan caprichosamente mujeres con mantilla, carne de puerco (abominación islámica) cinturones bordados (distintivo de los cristianos) músicas, cruces y claustros? Hablarán de los cilicios que rodean a las doncellas como de los ramos pinchudos que defiend e n a la sabrosa y blanca alcachofa. Asistirán a una pretendida exaltación del vino, la bebida codiciada, aunque prohibida por el Alcorán, que los viejos poetas de Oriente iban ya a beber, primero a las lauras de! os anacoretas cíel desierto, luego a los cenobios nestorianos, y, por último, a las tabernas cristianas de Bagckc! Saldrán aturdidos con el corazón palpitante como la campana que repica e la torre, cuyo ¡on- -enemigo secular de la voz del almuédano- -es, para ellos, a la vez delicioso y aborrecible. Y también por aquí ronda el amor. Dame el vino- -dice el poeta Abu Ceniza a su amada cristiana- -y haz el signo de la cruz, como es vuestra costumbre, sobre mi rostro y sobre mi copa llena. La he besado- -afirma en. otro poema- -delante tlí 1 sacerdote, y 1 he apurado copas santificadas por él, Si hubiéramos de elegir entre estas historias un idilio que hiciera pareja con la Blanca y el Aben- IL. mct i Chateaubriand, lo encontraríamos en el siglo xi, en el de Ben al- Haddad con Nuwaira. El, de origen AMOR Y CURIOSIDAD P