Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
y llena de agitación está la vida de don Francisco de Goya, pero más variada la hicieron sus biógrafos, comenzando por el francés íriarte, que, cott ligereza indiscutible, creó para la posteridad y la fama aquella figura torera, pendenciara, sensual e inquieta, exageración evidente de su verdadera personalidad, tan poco necesitada de exageraciones para ser pintoresca. Entre las más apasionantes dudas de la vida goyesca está la de sus amores con la duquesa de Alba, María Teresa del Pilar Cayetana, la aristodrática maja, acaso no excesivamente guapa, pero de tan esbelto cuerpo, que casi sólo a un defecto constitucional cabría atribuir el estiramiento de su talla; y tan sugestiva, que provocó en el bien mundano marqués de Langle su decir de que no había en ella un solo cabello que no inspirase deseos. Prueba de tales amores no las hay; indicios, muchos, al menos de que unilateralmente existieron por parte de él hacia su eterna musa; pero se han exagerado tanto, que se llegó a identificar con ella a casi todas las figuras femeniles que el aragonés llevó a cuadros, tapices y dibujos, incluso las íntimas del cuaderno del viaje a Sanlúoar en el año 1797, identificación esta última que Sánchez Cantón ha refutado. Queda el famoso retrato que se considera ejecutado aquel mismo año en Dofiana, en el que a los pies de la maja enlutada aparece él nombre del pintor como para ser pisado por. ella, y en la mano de ésta, juntos, en sendos anillos, Alba y Goya Y cuando la imaginación loca del sordo descarriaba anteriormente en sus Caprichos, llevó a la duquesita no a tocios o muchos de ellos, como se ha supuesto, pero sí indiscutiblemente al aguafuerte llamado Volaverunt, en que aparece la hermosa como volando, haciendo de alas su mantilla, sobre tres figuras que para el comentarista Ayala eran toreros que la levantaban de cascos, y en cambio otro comentario, atribuido al propio Goya, considéralas simple adorno, pues Cabezas tan llenas de gas inflamable no necesitan de brujas ni de globos para volar. El detalle más interesante de este grabado consiste en las alas de mariposa que adornan la cabeza de la dama, alusivas seguramente ARIADA V El meflo de la mentira y de la inconstancia a la volubilidad de aquella que de cabeza traía a Goya. Acas. o también esté representada María Teresa en el otro Capricho, denominado Tántalo; pero al que incuestionablemente ha sido llevada es al que tiene por nombre El sueño de la mentira y la inconstancia, en que tan evocador como el nombre es la circunstancia de que, habiendo sido ejecutado el aguafuerte para formar parte de la colección de Los Caprichos, después el autor rompió la plancha, no quedando más que una reproducción o prueba. Más evocador aún es el contenido del dibujo, en que. oprimido apasionadamente su brazo por el propio Goya autorretratado, aparece recostada, entre monstruos, la misma linda figura de Volaverunt, con las mismas alas en su cabeza, y con doble faz, que hace resaltar frivolidad o doblez, y no obstante, lejos de dar sensación de anormalidad, rodea a la figura un peculiar encanto, que resalta sobre los motivos dé aquelarre que la rodean. Como fondo aparece un castillo, de maciza mole cuadrangular con torreones en los ángulos, cuya silueta destaca tan fuerte- mente, que evidencia algún simbolismo, lo mismo que una senda que desde él viene hasta el grupo. Muchos años antes, cuando, por el verano de 1786, Goya pasaba temporada estival en Piedrahita, invitado pollos duques de Alba, a quienes poco antes había conocido en salones dorwte brillaban y ella deslumhraba por su ju. ventud y belleza, pintó las brillantes es cenas para tapices de las estaciones, entre ellas La vendimia y el llamado La era o Los segadores, de alegría y color, en que aparece al fondo un castillo exactamente igual al que hay en El sueño de la mentira y la inconstancia. ¿A qué se debe la circunstancia, demasiado extraordinaria para ser coincidencia casual, de que el mismo edificio que se ve en el cuadro, tomado seguramente del natural en la época más feliz del pintor, se repita en el grabado imaginario y atormentado de su época de enfermedad, de pasión y celos? Mientras los españoles, para aludir a la quimera, a la ilusión, usamos la frase de hacer castillos en el aire los franceses la convierten en 1 curioso modismo cháteaux en Eapagne como si fuese nuestro país el de la fantasía por excelencia. Al inefable íriarte, que plantó a Goya todo lo que a su extranjero entender habría de er lo más españolísimo: majo y pendenciero, toreador, aventurero, faltóle el bandolerismo, mas 1 donjuanismo no, ¿se le quedó en el tintero el Goya ilusorio, haciendo castillos en España Mas, ya no vuelven a encontrarse luego los castillos en la obra del inmortal sordo. Ni en el cuadro de la célebre maja de Dofiana, en que el fondo es, como dice Beruete, a modo de paisaje soñado, a lo Corot, de ensueño, etéreo, cual si las frondas del bosque cobraran a los ojos de pintor especial encanto, reflejo de su existencia en aquello momentos, á los que Sánchez Cantón aplica evocadoramente los versos del divino Herrera, loco de amor por la condesa de Gelves: Ya pasó mi dolor, ya sé qué es vida... ¿No serán estos castillos de Los segadores y El sueño de la mentira y la inconstancia, que se alzan en el aire, sobre el fondo del cielo, azul en un caso y negro en otro, ilusiones levantadas por un amor sin esperanzas o sin correspondencia? ¿O serán como hitos inolvidables en la senda de la vida de Goya? PEDRO BARBADILLO DELGADO