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MADRID DÍA 31 DE E N E R O DE 19 46 NUMERO SUELTO (BENTS. ü EL CUCLILLO CANTA QUÍ mismo, sobre mi mesa de trabajo, el cuclillo canta. No importa que no sea primavera. Este cuclillo irónico y doloroso canta amaestrado en cualquier mes de! calendario. Ni necesita rama de cerezo o escondite do frondoso castaño. Sobre U. tabla desnuda, acostado y abierto de par en par, o anidado en la balda favorita del estante, mi cuclillo canta y, alternativamente, ríe o solloza. El milagro ha sido posible gracias a un inédito y desconocido proveedor de pajarería silvestre y casera. Un día breve y pálido de oro descolorido de otoño ss entró revolando por mi balcón una avecilla. Desde entonces me canta y me encanta enjaulada en la gayola de un libro pulcro y blanco. El cuclillo canta, por José Maris Ríos con un introito del reverendo padre A. García Fígar. Las comillas con que pinzan el nombre del autor no son caprichosas. Indican que hay c él una voluntaria trampa y que bajo esas letras se esconden otras, las que le definen en el registro cotidiano. Nuestro tímido y paciente amaestrador de pájaros cantores, nuestro futuro y desconocido amigo, prefiere desdoblarse para guardar así mejor su intimidad y confiarnos bajo la signatura ficticia lo más puro de su alma, sin miedo a que el contacto de la vida literaria (otras comillas para aislarnos del peligro inminente) se lo mancille. Así al menos nos lo deja- entrever el prologuista. El repertorio de este delicioso cuco se ex tiende, claro es, bastante más del intervalo de tercera descendente, con timbre de flauta más que clarinete, única música y único verso que saben cantar sus hermanes de toda Europa, para aviso y escarmiento de doncellas y para regocijo de músicos travieses que lo bordan en su cañamazo de madrigalistas, clavecinis- tas, sinfonistas románticos o líriccs contemporáneos. Por el contrario, sorprende la extensión y variedad de cus motivos y la diversidad de sus tonos y acentos. Eg. lcga y elegía, estampa y fábula, viñeta religiosa y cromo de época van variando la música fina y acordada, que se escapa de la jaula. En ella coexisten la elegancia de una ágil destreza, sometida a pruebas de ardua y escarpada técnica, y una, no obstante, indecisión última, muestra de un designio secreto que duda antes de librar al aire público la celosa cofidencia, y la deja en su inmaduro verdor, temblorosa de emoción familiar. De la muy rica mina poética de José María Ruiz quiero extraer dos vetas tan sólo, de contrario y complementario signo. Quedan otras varias, la del pintor de Museo, la dej hondo y transparente poeta cristiano, la del acuarelista elegante sobre motivos de circo o deporte, la del sonetista equilibrado y diestro. Pero un grupo verdaderamente encantador de poemas lo forman sus fantasías alígera. shakespenanas, de El Trasgo (Silly SyiHphoiiy) Las cigüeñas, El abejorritto o El emano. Primores de técnica volandera y caprichosa se unen en estas fugas ida arte menor a un auténtico hálito d e ingrávida y rara poesía. Ved, por ejemplo, cómo el abejorrilb, con Eu morraliílc- -de velludo gualda- -colgado a la eppaida tras de mil espirales y revuelos y flinflan s: halla la solución: ABC Posa en la moldura, ya de rancio estuque su fiel miniatura de buho gran duque, y, cortando el dejo de su cantilena, con el fino artejo se lima una antena. A nuevos engaños avisado, ronda, en un vuelo sonda por los aledaños... Y, por fin, liberto, halla en la ventana un espejo abierto que da a la mañanaLa última parte del libro Pasión y Muerte reúne unas cuantas conmovedoras elegías, conmovedoras, porque se las siente vividas, lloradas y cristianamente resignadas antes que escritas. Infinita delicadeza se requiere para transmitir el- papel lo más hondo del dolor y del cariño paterno: Mariposillas nocturnas que voláis por la montaña. Cuando oficiabais de blanco alfiles de la bonanza, no se escuchaba un ladrido resonar en la hondonada, no tenía un roce el aire, ni crujía la hojarasca... Pero una noche vinisteis de negro... Sobre su almohada, con vuestras alas de luto, bordasteis la cifra aciaga... Y las mariposillas, abierto el libro grimorio ds sus alas, y los perros de los cercados c los espejuelos doctorales v el estetoscopio febre el yacente cuerpo querido del hijo médico no ¿dejan medir y entrever honduras y abismos de poesía y de humano dolor. GERARDO DIEGO DIARIO ILUS- T R A D O DE I N FORMAQION G E N E R A L A MAS ESPECTÁCULOS ÁLAME Dios, y cómo se nos puso el señor Serrano Anguita con aquel artículo que aquí mismo titulé Espectáculos, sin sospechar, pecador de mí, que tuviera tanto público! Se hablaba allí, si ustedes recuerdan, de que habían de patearse esos espectáculos en que la chabacanería, la ordinariez y el cretinismo cantan cogidos de la mano su tonadilla lamentable cuando hete aquí que el señor Serrano Anguita saltó violentamente como en defensa propia, y aun ajena, pues que todos los autores, dice, hasta las que no cultivan ese género, se han echado a temblar Dios nre perdone si hiceuna vez de come- hombres, pero no fue ésa mi intención; aunque realmente ya -c advierte que nadie pudo de buena fe apuntar con mi artículo a ningún espectáculo digno, como por ejemplo El galeón y el milagro, ¿Quién soy yo? Tánger o cualquiera de esos que estos días están recibiendo el merecido aplauso del público. Por el contrario, todos coincidieron en señalar a... ya saben ustedes qué clase de espectáculos; y bien puedo decirse que con. consoladora unanimidad, porque- nunca recibí tantas cartas y tarjetas de generoso aliento por parte del buen público de Madrid coiiio con ese motivo. Pero vamos por partes, que las tiene la cosa. En primer lugar, qué es ilo que el señor Se- rrano Anguita nos cuenta en su ale- V gato: que no hay tales espectáculos de género ínfimo o que sí los hay, pero que todo sea, por Dios? A la vista está que si no se atreve a afirmar lo primero, sí sostiene o segundo. ¿Y por qué, dirán ustedes, esa beatífica resignación contra la que se levantó la protesta de mi artículo? Pues, en primalugar, por la razón conmovedorameute infantil del ¡pues a ti también, ca! hn efecto, parece que la justicia distribuí iva exige más víctimas: que si habría que patear también a las escritores de novelas mediocres, que sí a los cronistas que burr- c; i con sus artículos, que si a 5o s malos arquitectos, y qué sé yo a cuánta gente más. Y bien, dirán ustedes conmigo, pues que paleen o aplaudan al que lo merezca, aunque de esta manera, no vamos a ¡poder dar un paso por la ciudad porque todo el mundo tiene- ns aciertos y desaciertos, pero eso no es motivo para que al género ínfimo y sus aledaños no fies hagamos caer las bambalinas- con la pateadura. La segunda pa- rte de la crónica del ñor Serrano Anguita, que es la primera en el orden expositivo, ya es menos infantil y de peor temple. Habla allí de que con mí sriícu; o intenté resucitar la coz y el garrete de antaño, y volver a 3 a mala educación k- l público. En verdad uno no había evocarlo coz alguna, pues que desconocía que hubiera, ni en éste ni en otro tiempo, personas capaces de cocear dar o tirar coces dice la Real Academia, y añade; ecz: sacudimiento violento que hacen las bestias pero el mundo es ancho y eso es algo que tal vez se descubre con los años y no lo vamos a discutir. Pero sí he de decirte al señor Serrano Angu ta que ni yo aconsejo tal cosa r, debe ofenderse efl público Al que me dirijo pensando que pueda cocear. Puede, sí, patear dar golpes con los pies cVce la Real Academia) cuando hay motivo; co? a que, sobre ser típica y específicamente teatral, es el único medio que le queda al público como reacción contra k grosera chabacanería, realmente ofensiva para cualquier sensibilidad un poco exigente, de esos espectáculos de que yo hablaba- último recurso a que se obliga a acudir al público para demostrar que no está compuesto te gentes a las que se puede tomar el pelo tan fác lmenle como creen algunos. Por lo demás, estése quedo el señor Serrano Anguita, que ni el público ni yo necesitamos que venga nadie a darnos normas de urbanidad, ni a explicarnos a estas alturas cómo debemos comportarnos en el cairo o en parte alguna. Tampoco nos importa un rábano que algunos autores hayan convenido en que ia eficacia del sistema de pateo e s nula que es ése un acuerdo harto interesado para acatarlo ingenuamente. Porque aquello de que más ¡les duele el angustioso y helado silencio de unes espectadores que emprenden la fuga só o sería creíble, en lo que a ciertos autores se refiere, si devolvieran el dinero a quienes, salen huyendo de la platea con toda ÍU pesadumbre a cuestas. Pero la réplica del señor Serrano Anguita no para allí: no quiere pateo, ni crítica tampoco, ¿dónde hay mayor pena? se pregunta. Por lo visto, el público, el pobre público como él lo llama con r? n, para ser buanecivo debe contentarse con cumplir a la letra su receta: pagar su billete, soportar buenamente lo que quieran darle, aplaudir