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II ha, sucedido, en 1566, a su padre Solimán el Magnífico. La Media Luna amenaza destruir a Europa y a todo el mundo cristiano. Selim vacila entre ayudar a los moriscos de España o incorporar al Imperio turco la isla de Chipre, que los griegos antiguos consagraron a Venus, Ja diosa de la hermosura y el amor. El visir Mustafá decide al Gran Turco por Ja anexión de aquella perla del Mediterráneo, la más oriental de todas sus islas, poseída entonces por la República de Venecia. La ciudad del Adriático decide pedir auxilio a los principes cristianos de Occidente. A quien acude primero es al Papa. Ocupa a la sazón la Cátedra de San Pedro un dominico ilustre, que gobierna los Estados de la Iglesia desde el mismo año de 1566, en que Selim II tomó a su cargo. por herencia, la prosperidad y extensión del islamismo otomano. Se llama Miguel Ghislieri. Ha nacido en Bosco. cerca de la Alejandría, de Italia, en 1504. y, al suceder a Pío IV, ha tomado el nombre de Pío V. Le canoniza Clemente XI en 1712 y, desde esa fecha, se venera en los altares bajo la advocación de San Pió V. Hasta el presente, es el último Papa canonizado. Fue el Pontífice que excomulgó a Isabel de Inglaterra, y dedicó todo el ardor de sus virtudes y de su sabiduría a la reforma de la liturgia y el rezo. San Pío V es el Papa del Nnevo Rezado, el autor del Catecismo Romano (i 66 del Breviario (1568) del Misal (1570) Un año después, en 1571. creó la Congregación del índice. Murió el 1. de mayo de i a los sesenta y ocho años de edad. Lo sucede en la Silla de Pedro Gregorio XIII, el corrector del Calendario. Al recibir el Papa a los emisarios de Venecia, concibe el proyecto de una Cruzada. Por desdicha eran tiempos de desunión entre los cristianos, y el Vicario de Cristo sólo encuentra acogida en Felipe II. En la primavera de 1570 viene a España. Luis Torres, clérigo de la Cámara Apostólica. F. l Rey había celebrado Cortes en Córdoba y se dirigía a Sevilla. En Ecija se entrevistó la primera vez con el legado pontificio y juntos entraron en la ciudad del Betis el 30 de abril. Al Rey y al Papa les anima un mismo ideal: el salvar la fe de Cristo humillando el poder marítimo de la Sublime Puerta y asegurando él sosiego de los países mediterráneos. El 9 de septiembre de ese mismo año de 1570, los turcos entran a saco en Nicosia, la capital de Chipre. Vienen a la memoria las lamentaciones que inauguran. El amante liberal 1 de Cervantes. Maniobraban en los mares, por Venecia, Andrés Doria; y por el Papa, las galeras de Marco Antonio Colorína. Ni a Felipe II ni a San Pío V les desanima el contratiempo. A fines de 1570 se reunieron en Roma los comisarios le las tres potencias para fijar las condiciones de la Liga. Representaban a España los cardenales don Antonio Granvela y don Francisco Pacheco Ossorio y, además, el embajador, don Juan de Zúñiga. Los venecianos sólo aspiraban a que se protegiese la isla de Chipre en propio beneficio. El Pontífice y el Rey de España consiguieron al fin, con la esmerada labor de su ¿diplomáticos, extender la defensa contra los moros de Túnez, de Trípoli y de Argel, lo mismo qtte contra los turcos. Se celebró el Convenio en diciembre de 1570. Se hizo público ej 24 de mayo del año siguiente, I? I Hizo el Papa que fueran leídas as condiciones deü Acuerdo en pleno Consistorio, y él, puesta la ma 10 en el pecho, juró conservarlas con toda fidelidad. Lo mismo hicieron Ins embajadores de España y Venecia, colocada la diestra sobre los E angelios. El 2- 5 de mayo se hizo publicaren la iglesia dé San Pedro la Cruzada contra el infiel. Por los mismos días se hallaba en Madrid, enviado por el Papav el cardenal Alassandrino, en cuyo honor se hicieron grandes fiestas. El purpurado había de -recorrer las Cortes europeas para prevenir a todos del peligro turco. Los Reyes no quisieron escuchar, por últínia vez, las exhortaciones Don Juan de Austria. pontificias, y los tres firmantes de la Santa Liga acordaron, por fin, acudir ellos solos a una empresa religiosa y militar tan semejante a las ocho Cruzadas de la Edad Media. El resultado todos lo conocen. Fue la victoria de Lepanto el 7 de octubre de 1571. Los españoles, identificados con su Rey, pusieron en la obra indecible entusiasmo: y así dice el norteamericano Prescott, en su Historia de Felipe I I que el español estaba animado del verdadero espíritu de las Cruzadas: no le estimulaba la codicia y eran sus ansias la gloria en este mundo y la eternidad en el otro Nuestro Monarca confió el mando supremo de las galeras a su hermano don Juan de Austria y, pasados los días de la primavera al otoño y coronada con el soberbio triunfu la Santa Liga del 24 de mayo, el Pontífice dominico del Nuevo Rezado saludó al hijo de Carlos V con las palabras de San Juan en el capítulo I de su Evangelio: Hubo un hombre enviado de Dios, cuyo nombre era Juan. LCJS ARAUTO- COSTA