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LO QUE DESEARON SER Y LO QUE SON BARTOLOMÉ L castillo de Lorca, que, como todos los castillos de España, sirvió paraque el idioma francés apuntara un modismo referente a la más alta cima de los sueños, se ha desmoronado- en piedras que lloran su desgracia y en polvo que los vientos lleva. Los muros de la presa del pantano de Fuentes poseen, en cambio, cresterías de almenas y perfiles, de castilletes. En Lorca, ciudad muerta y ciudad viva, habitaba la famjlia Pérez Casas. Probablemente descendían de tierras catalanas, porque abundaba entre sus féminás el nombre de Montserrat. Oriundos de Murcia o Cataluña, poseían una gran pasión: la música. El abuelo de Bartolomé Pérez Casas fue profesor de música y director de la banda de Lorca. Iniciado por los caminos del pentagrama, era inevitable que el pequeño lanzase su fantasía en sorprendentes composiciones. Y encaramado sobre un cajón, con el fin de poder dominar con su escasa estatura los viejos profesores, manejaba la batuta del abuelo con el orgullo infantil de los niños que se creen hombres. Los años traen eso que hemos dado en llamar razón. Los quince años de Pérez Casas, reflejados en un retrato- -limpio todavía el rostro del importante bigote de guías puntiagudas que marcó una época- recuerdan, de forma extraordinaria al Pérez Casas de hoy, con un pelo escaso, que se clarea y envuelve el rostro bondadoso en suaves luces. Los quince años en Cartagena y las insinuaciones familiares le hacen pensar en las necesidades de la vida. No había entonces excesiva afición a la música y hasta en Madrid se quejaban de que para los conciertos no había ni apreturas, ni revendedoras, ni fila de carruajes, ni agrupación de gomosos a la hora de la salida para hacer un estudio picaresco del calzado de las elegantes, que quedaba en exhibición arriesgada al poner el pie en el estribo. Y los esfuerzos del muchacho voluntarioso y trabajador se dedicaron, más que a lo que hubiera deseado ser, a lo que debía ser: corretajes, descuentos, conta. bilidad de partida doble, preparativos para unas oposiciones bancarias. Mas el cielo- -como dirían en uno de aquellos novelones por entregas que hacían llorar a todas las madres sobre los peligros que podrían correr sus hijas- -se apiadó del joven. En los entreactos del teatro donde Pérez Casas tocaba el violín, se conocieron y charlaron el general jefe de las fuerzas de Infantería de Marina de Cartagena, gran melómano, y el empleado en ciernes. En cierta ocasión propuso aquél optase por una plaza de clarinete solista que había vacante en la banda de Infantería de Marina. Pronto le tocaría hacer el servicio militar v, además, él sueldo era de veinticinco duros mensuales. Ciento veinticinco pesetas en 1800 era una suma respetabilísima. Pérez Casas opositó y ganó la nlaza. Pensaba aún que le convenía estudiar contabilidad para llegar, algún día, a ser director de un Banco. Lo fue, y antes que sosnechaba. pero no del Banco, sino de la banda del regimiento de Infantería de España y. más tarde. a los veinticuatro años, de la del Real Cuerpo de Alaharderos. Queda evocado el fragor de instrumentos de metal, la marcha lenta y majestuosa de los alabarderos, que, todos los días, a las diez y media de la mañana, acompañaban, saliendo de la vecina caite de San Nicolás, el relevo de la guardia de Palacio. Entre una muchedumbre entusiasta, en que se mezclaban menestrales que aun usaban blusa larga de rayas y PÉREZ CASAS E Péiez Casas, en sos años mozos, en la actualidad y visto por Romero Escacena. gorra de visera, isidros recién llegados del pueblo, con ojos fáciles al asombro, y gomosos, pasaban los alabarderos por la plaza de Oriente, cercada por una gran reja de hierro y una doble hilera de árboles corpulentos. El joven director había definitivamente arrinconado el recuerdo de balances y arqueos. Fue fundador y director de la Orquesta Filarmónica, profesor de Armonía en el Conservatorio y es actualmente director de la Orquesta Nacional. Cincuenta años de música. Mas las horas se enredaban ei múltiples ocupaciones, que no le permitieron dedicarse, todo lo que hubiera deseado y soñara, a su tarea de compositor. Queda de aquellas excelentísimas cualidades que apuntaban cuando era un niño la suite murciana titulada A mi tierra bellísima composición que fue galardonada cuando premiaron La vida breve de Falla. La conversación que Pérez Casas y yo sosteníamos se interrumpió un momento; resonó dentro de la casa el collar de notas lanzadas por un canario. Llegó la mujer del maestro, Angelita, con esa fácil sonrisa de quienes han llegado a la plenitud, a lo que han deseado. Con tal refuerzo femenino, torcimos la conversación hacia panoramas de tules, lazos, plumas y sonrisas. ¡Las noches de Opera! Entre Angelita de Pérez y Casas y el gran músico quedó evocada la última época del teatro Real, que, en un principio, se llamó Gran Teatro. Empezaba la temporada en noviembre y no concluía hasta Semana Santa. Todos los días, menos los lunes y los viernes, había función; empezaba a las ocho de la noche para terminar a las doce y media. A través de sus palabras puedo imaginar la dorada barandilla del palco y, detrás, ataviadas con lujo de buen tono, Iris más bellas e ilustres damas. No estaba admitido que éstas bajasen, en los entreactos, al foyer Gracia de coquetería elaborada con mohines y medias sonrisas y juego, de ojos cuando no utilizaban el abanico en lenguajes convencionales y el justo ademán para recibir el fuego de los gemelos dirigidos h a c i a ellas desde las butacas, o agradecer las frases cinceladas en metáforas de los amigos que acudían al palco. Se hablaba del éxito de los consommés de la cantina Lhardy, de lunchs de soirées de serres y amateurs Las palabras que entonces resul- taban elegantes se paladeaban con el mismo regusto que un marrón glacé referencia imprescindible en toda novela de vida elegante o galante... Los palcos tenían un nombre (en el de la derecha, estaban los duques de Tal, y los marqueses 3 e Cual ocupaban el número tantos) y una historia. El que, por ejemplo, fue de la duquesa de Alba, y donde lucía la belleza de su hermana Eugenia de Montijo, había sido, posteriormente, de María de Bushental, cuyo veredicto consagraba la fama tambaleante de ciertos cantantes y hacía ley en el público de Madrid, que gozaba de exigente, y luego del famoso Veloz Club. Runroneo de noticias políticas, en el vestíbulo, la gracia de las floristas, y fuera, el piafar de los caballos, el chocar de las herraduras sobre la piedra de la calle y el rumor de los lacayos, que se llamaban los unos a los otros por el nombre de la casa de sus amos. Existe hoy, sin embargo- -Pérez Casas lo afirma- -mucha más afición a la música. Madrid necesita un localde capacidad suficiente para cuatro o- cinco mil personas. Las temporadas de Opera ea 7 locales angostos e inapropiados no pueden tener vistosidad. Los conciertos arrastran un enorme número de público. Recientemente se agotaron las entradas el mismo día en que fue anunciada La Novena Sinfonía Una grata penumbra en este despacho de estilo español. Una nota de verdor que ¡lega desde la plaza de Oriente, sobre la que asoma, desde hace cuarenta años, el hoear de Pérez Casas. Risas de niños, el clásico cochecito cardado de pequeños viaieros. Ya en la calle, las rejas de un balcón recoleto adornadas de tiestos de geranios. Enfrente, la mole majestuosa del Palacio. Una bella sinfonía, motivo para una suite de Madrid en el atardecer. ANGELES VILLARTA