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RETRATOS ESPAÑOLES SANTA MARÍA, EL PINTOR Apenas deja el sol, que aun no fulgura, ver de su luz el resplandor temprano, ávido de ambular por la llanura, abandona del lecho la blandura, para darse a pintar, don Marceliano. Lo hace todos Tos días. Cotidiano trabajo que, a su edad, no le fatiga, manchó más lienzo su pincel robusto que surcos siembra el labrador adusto y hazas de tierra fecundó la espiga. Sencillo, campechano, la traza de un hidalgo castellano, que igual trata al pechero que al señor, viene, todos los años, en verano, a empaparse en Castilla el gran pintor. Viendo su corpulencia y su firmeza, se piensa en Alvar Fáñez de Minaya. Y, sin embargo, es todo gentileza. Niño grande, parece que hoy empieza con juvenil empeño la batalla. No sabe lo que es ocio ni pereza. Brilla por su talento y su llaneza, y venciendo, conquista, no. avasalla. Pues de tal condición nació don Marceliano, que aunque tenga el pincel en una mano con la otra nos entrega el corazón. No os extrañe. ¡Así son los del honrado y burgalés terrón donde se siembra el trigo grano a grano! Pero también la villa que el Manzanares roza, aunque no riega, en su entraña, es Castilla. Una Castilla, sí, casi manchega; mas que nunca reniega la antigua campesina condición de sus viejas posadas y mesones, y tiene a San Isidro y San Antón y a una Virgen labnega, por patrones. Castilla. Lo proclama el fondo de sus reyes velazqueños; el fino y trasparente Guadarrama, que, entre azules risueños, rubrica los tapices madrileños del sordo aragonés, orgullo y fama. Castilla. Con sus plazas y callejas de tosco lugarón, que repletas están de tradición. Venero de leyendas y consejas. Todo ello, en minuciosas perspectivas, con diestra y con segura pincelada, lo apunta, cuidadoso, fiel a reproducirlo tal como es, el genio inagotable y vigoroso de este hidalgo francote y burgalés. De este franco y apuesto caballero, de espesa barba y de cabello huraño, que está pidiendo el casco de un guerrero o el áspero sayal de un ermitaño. Ahí está... Sonriente... Infatigable. Mirando cara a cara a Dios y al mundo. Si en su labor fecundo, en su recta conducta insobornable. Y esperando- -católico profundo- -a que llegue el momento en que le hable el que todo lo puede, y abrazado al terruño áspero y llano, para in eternum confundido quede con su tierra natal, don Marceliano. Luis FERNANDEZ ARDAVIN Esta Castilla, que tan honda siente. Noble tierra de Burgos, fresca y fina; toda azulenca y toda sonriente; sin el luego infernal e incandescente de la abrasada hoguera palentina; pero feraz, ubérrima, preñada de bienes y de fueros; donde la fuerte mies nace apretada; donde aun se forjan santos y guerreros. Esta tierra tan suya. Dulce y suave. Letrada y labradora. Cuyo cielo es tan alto. En que no cabe más que verse ante Dios a toda hora. Pues, en Burgos nacido, en Burgos quiere tornar, hasta morir, su inspiración. Y apenas, como dije, el alba hiere con su luz matinal, del Arlanzón las líquidas burbujas, don Marceliano está frente a una tela, copiando las dos góticas agujas, que ahuyentan con su cruz trasgos y brujas y hacen, sobre las torres, centinela. Pero su preferente, inclinación; su amor dilecto y su mayor recreo, está en la tierra llana. Y así son temas de su constante devoción la trilla, el esquileo y cuanto, en su trajín y en su acarreo, lleva del agro la recolección. Por eso, gusta de la luz, que es llama bruñendo el ondulante cereal, y su color, en luminosa gama, con infinitos oros se derrama sobre los camellones de un trigal. O pinta el poblachón de adobe pardo; o el corral, donde escarba la gallina; o el campo mocho y el hiriente cardo; o el trajinante que buscó resguardo y al frescor de unos chopos se encamina.