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MADRID DÍA 28 DE NQVBRE. DE 1943 NUMERO SUELTO 25 CENTS. DI DO AN s r S 1 M C N. 1 1.78 0 v C: J SUSCRIPCIÓN: MADRID: UN MES, C PESETAS. PKOVJJÍOIAS: TRES MESES, 18. AMERICA Tí PORTUGAL: TilfcS r- EXTRANJERO: TRES MESES. 37,50 PESETAS. lUSDAOdON X ADMINISTRACIÓN: SERRANO, 61. MADRID. A l U i A i u MI APLAUSO os triunfos escénicos de Eduardo Marquina son siempre cálidos y resonantes parece que el aliento poderoso del magno artista, su calor, su fuerza viril, se transmiten desde el escenario a los espectadores y les prestan impulso y pujanza para el aplauso. Se ve en el tablado desde la sala revivir nuestra historia: pasan por él reyes y santos, héroes y mártires, y poetas, y soldados, y aventureros, pisando el polvo o el barro de los caminos reales o de las más escondidas trochas y veredas; dan al viento las galas del idioma injertadas en el verso castellano, sonoro y musical; hierve la sangre de quien ve y escucha, y estalla el trueno de la ovación vibrante. Y así, una vez tras otra, van forjando todos los españoles la áurea cadena de incontables triunfos: cada título teatral es un eslabón y cada eslabón un- trofeo. Hay que ser, indudablemente, gran señor de la poesía, dramaturgo admirable, fecundo creador de almas y sobre todo español a macha mantillo, avezado a los aires del Romancero y de la épica y la lírica de los siglos de oro, para saber hacer hablar al Cid y a sus hijas y a Jknena, y a doña. María la Brava y al Condestable, y a Isabel y a Fernando, y a Teresa de Jesús y a Lope, y que su lenguaje llegue a nosotros con el prestigio y la aureola que los siglos les prestan, juntamente con la palpitación humana de los corazones que viven. La singular victoria de María, la Viuda enciende en nuestro recuerdo el de las anteriores; y pudiera asegurarse, sin dar en pecado de injusticia, que la última producción del autor de tantas maravillas, no sólo iguala a sus anteriores, sino que en algunos pasajes las supera en construcción dramática, en interés viviente y en fuerza emotiva. María, la Viuda, con sus manos humildes, a la vez embastecidas y ennoblecidas por faenas vulgares, levanta y besa la única cruz que, por la piedad y el perdón, podrá redimirnos en esta época de siniestra locura, en que la humanidad ha hecho del odio aire respirable. El aplauso público otorgado a la ya famosa heroína lleva en sí como un fuego de lágrimas, que redobla el ímpetu y el eco del triunfo. Yo me sumo a él cordialísknamente, y al felicitar a Eduardo Marquina y a los admirables intérpretes del poema, que le dan día por día nervio y vitalidad, hago votos por que en el telar del poeta sigan sus manos privilegiadas tejiendo con finísima seda tan coloreados, ricos y bellos tapices españoles, para gala y orgullo de nuestra escena. Porque este teatro, que hoy llamamos poético, de Marquina y de sus máp felices discípulos y continuadores, enlaza con la soberbia tradición nacional; y podrá la escena española adoptar nuevas, distintas modalidades las que los tiempos traigan en sus ciertas o aparentes renovaciones, pero siempre perdurará entre nosotros un culto sagrado hacia lo que es y ha sido pasmo y envidia del mundo entero, glorioso espejo ce 3 s ra a. L EL D 1 C C 1 ON AR 1 O EN A M E R C A H E escrito en otro lugar que el Diccionario de la Lengua no es objeto, en parte alguna, de tanta atención como en la mayoría de los países americanos: unas veces para apartarse de él, tomándolo por punto de arranque para establecer el hecho diferenciai (recuérdese el ridículo intento de forjar un idioma argentino y más a menudo, por fortuna, para abrazarse al infolio como a tabla de salvación, ante la amenaza ded dialectísirno disgregador, que daria al traste con la unidad espiritual de los pueblos hispanos, s e g ú n profetizaron certeramente Bello, Cuervo y tantos otros biólogos ilustres. La situación no tiene paridad en nuestro hemisferio. Aunque no sea cosa de broma el paqueo a que está expuesto el castellano peninsular por obra de los malos traductores y demás matuteros de barbarismos, represen, ta un peligro de corrupción mucho menor que el asedio sin tregua que padece un idioma cualquiera cuando las comunidades lingüísticas que lo atacan se hallan de fronteras adentro, a modo de quinta columna y es fuerza convivir con ellas hasta en el seno del hogar. Esto acontece en muchos países de América. De donde resulta que, mientras por acá, quienes dan paso al galicismo lo hacen generalmente oxeando la voz usual y correcta, por el equivocado afán de distinguirse, allá los barbarismos de todas clases se lanzan sin cesar sobre las cuartillas con la tenacidad de moscas borriqueras. Así, los escritores americanos por suerte cada día en mayor número, que procuran servirse del lenguaje con propiedad y corrección, buscan más que nosotros la orientación y guía del diccionario y lo estudian y lo critican con el propósito de mejorarlo, como lo prueba la paciente y fructífera labor de los Ortuzar, Amunátegui y tantos otros que sería prolijo citar. Hablaré únicamente de algunos otros trabajos más modernos, que se refieren concretamente a las últimas ediciones de los léxicos académicos; y no sólo para difundir los estudios de esos trabajos entre los estudiosos, sino también y principalmente para estímulo die sus autores y para desvanecer en ellos el recelo de que sus advertencias caigan en saco roto, cuando la cierto es que se tiene muy buena cuenta de ellas en lo que ofrecen de aceptable. Uno de estos ajitoms es don Carlos Mac Hale, a quien tuve el gusto de conocer en Madrid hace muchos años, así como a la bellísima y culta señorita que hoy es su esposa. El señor Mac Hale, que se titula pedagogo chileno ha- dado a luz, entre otras publicaciones siempre bien orienta- No es ésta la ocasión adecu: da ra y. tualizar los muchos aciertos del e l -Hale, ni para ceder a la tentación d; volverle, comentando sus yerros, las cuchufletas con que él obsequia al léxico oficial; pero sí convendría responder a ciertas observaciones ds índole general, que podríamos llamar endémicas por lo mucho que se repiten en casi toda la crítica lexicográfica que nos llega de allende. No es nueva, en efecto, la afirmación de que nuestro Diccionario, puesto al lado cíe alguno de lo; de lengua inglesa publicados en los Estados Unidos, queda en situación poce ventajosa. Es verdad; y nos dolería mucho confesarlo si se tratass ¿z obras comparables en c u a n t o a contenido, extensión y finalidad. Si tomamos por tipo el diccionario inglés llamado abreviadamente Standard, veremos, para comenzar, que ea de carácter enciclopédico, es decir, que: junto al vocabulario usual incluye la terminología de todas las técnicas conocidas. así como nombres propios de historia, geografía, mitología, ficción literaria, etc. etcétera. ¡Cuatrocientos cincuenta mil artículos! Su texto es obra de unos 400 especialistas; los gastos de preparación rebasaron los 15.000.000 de pesetas, y el precio de venta resulta, como es natural, prohibitivo para las clases no privilegiadas. Nuestro diccionario académico, en cambio, es un registro normativo de la lengua literaria y hablada, consta de unos 80.000 artícukwSio recoge más tecnicismos que los; queípíe conocer una persona culta en materia ajena a su profesión, y su coste, que- resultaría irrisorio visto desde el país del! dólar, le permite cumplir eficazmente, en- todas las capas sociales, el magisterio que le está encomendado. La comparación, pues, habría sido más instructiva y, ¿por qué no decirlo? más leal, si se hubiese hecho entr obras parejas, como lo son, por ejemplo, eíl diccionario de nuestra Academia y el de la. Academia Francesa. J. ALVAR QUINTERO Otro reproche, que tampoco es nuevo, se refiere a 3 a inclusión de las voces de germánía en el diccionario. Dice a este propósito el señor Mac Hale que por más vueltas que le ha dado en el magín no ha podido comprender esa i n c l u s i ó n Y añaden ¡Cuántas veces me he sonrojado cuando un extranjero... inquiría una explicación! para el crecido número de palabras que aparecen seguidas de la abreviatura Geni! Más de uno ha creído que indicaba voz de origen alemán y he preferido, con mi silencio, no sacarlo de su error para no tener que sumar a mi pena la vergüenza. Lástima da pensar que nuestro crítico haya pasado esos malos ratos, cuando tan fá. cil le habría sido evitarlos e ilustrar, en vez de dejar en la ignorancia, a cualquier exitranjero inquisitivo. En primer lugar los das, un Diccionario razonado de modos de vocablos de germanía no son las únicas pabien decir, excelente herramienta manual labras feas que están, y no pueden faltar, contra toda clase de vicios de dicción; pero en los diccionarios. En nuestro bajo mundo la obra que hoy me interesa comentar es existen, por desgracia, materias repulsivas, El Libro Mayor del Idioma, impreso en Ma- órganos innobles, imperativos fisiológicos, drid (1934) Se trata de un estudio siste- vicios abyectos, mujeres frágiles, maridos mático de la edición XV del Diccionario engañados... y todas estas cosas tienen de de la Academia, y está dividido en capí- nominaciones precisas, que todos conocemos, tulos, referentes unos a las definiciones (in- aunque la educación nos impida emplearlas, completas, anticuadas, mal escritas, erró- en el trato cortés. Un repertorio del idioma, neas, etc. y otros, al mecanismo de remi- no puede prescindir por completo de tales, siones empleado, a la omisión de palabras términos, muchos de los cuales aparecen en. y giros que el crítico echa de menos, a la obras literarias y científicas! y suelen ser, inclusión de vocablos y variantes que se- por cierto, casticísimos y de rancio abolengo; pero el hecho de registrarlos no ¡equigún él convendría eliminar, etc. etc.