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A B C. MARTES 2 1 E J U N I O DE 1942, EDICIÓN D E M MAÑANA. PAG. 17. entre el de ios Estados dfayudarlo y Se negó C A R L O S N O R E Ñ A E C H E V E R RÍA: seabanellos entender, protegerlo. Unidos, queporque, a su refugiarse o esconderse hubiera sido una cobardía. Posteriormente, y APRÉSENTE! ya en la cárcel, los. diplomáticos militares insistieron en su ofrecimiento. Lo rehusó en- Homenaje al glorioso mártir en la Escuela de Estado Mayor El día 18 de julio de 1936, D, Carlos Noreña Kchevei ría ocupaba la Jefatura de la Sección de Información del Estado Mayor Central del Ejército, en el Ministerio de la Guerra. Era un militar cultísimo, de historia irreprochable, veterano de las campañas de Marruecos, magnífico alumno de la Escuela Superior de Guerra y titulado de la de París, donde studió dos años. Sobre su pecho lucían, -las cruces rojas, sencilla y pensionada, del Mérito Militar; la medalla de África, la de Isabel la Católica y la cinta de la Legión de Honor. Había desempeñado, con ardiente patriotismo e insuperable acierta, delicadísimas misiones, como la de límites de Ifnij y se hallaba, por razón de su cargo y por. su mismo trato personal, en relación constante con los agreg dos militares extranjeros y el general Lyautey, que le tenía por uno de- sus mejores amigos. El teniente coronel Norefia, como tantos otros jefes y oficiales de la guarnición de Madrid y leí ministerio de la Guerra, desconocía ¡ós trabajos que prepararon el Movimiento nacional. El vencimiento de sus hermanos de armas je golpeó en el corazón, sumiéndolo en un dolor silencioso y sin consuelo. En el acto tomó I a resolución de presentarse en el ministerio paira declarar su adhesión y solidaridad con ios que se habían aizado ipor España. Amigos íntimos, conocedores del propósito, le disuadieron. Era un sacrificio estéril y, además, perjudicial para los militares prisioneros. Había que esperar una ocasión propicia para salvarlos del furor de la plebe, y eso sólo se podía intentar desde fuera, y no desde dentro de la cárcel. En ultimo término, podía atemperar su aopducta aj curso de los sucesos... Transigió, pe. vo hizo constar que se consideraba arrestado, por su propia voluntad, en su domicilio, y que si fuese llamadla para prestar servicios, sé negaría terminantemente, alegando su solidaridad absoluta con i Movimiento nacional. Hasta el día 8 de agosto no se alteró la situación en la casa de D. Carlos Noreña. Llegaban allí los trágicos ruidos de la revolución marxtfsta. Madrid, bajo el terror, escuchaba las descargas da los fusilamientos y veía en los ¡ívidos amaneceres un cinturón de cadáveres en los desmontes y estercoleros de sus barriadas extremas. Ese día Noreña fue requerido para iue se presentase, sin excusa alguna, en el despacho del ministro de la Guerra. El general Castelló ocupaba ese cargo. Era un ministro sin autoridad, zarandeado por los Comités sindicales y suplantado eñ todos los momentos difíciles por el comandante BarcelÓ, jefe d- e los milicianos del ministerio. Al paso de Noreña por los salones del palacio de Buenavista- -sucios y malolientes, como todas las oficinas del. marxismo- -bisbisaron y murmuraron los militares que allí trabajaban. Había desaparecido del ministerio hasta el último vestigio de la disciplina militar. En los divanes de la sala, de ayudantes y de la secretaría, los milicianos reposaban, tumbados. No se guardaba orden ni prelación de categorías en las. visitas al ministro. Un faísta, con el pañuelo rojo y negro anudado a lo chulo sobre eí cuello, traspasaba la mampara, antes que un coronel o un general... Se hablaba a gritos en aquellas estancias, tan severas antes. En el patío interior, los hombres d la guardia jugaban y reían, entre blasfemias. La entrevista entre Castelló y Noreña fue breve y seca. Corno supongo que estará usted mejorfedo de su indisposición- -dijo el ministro- he decidido encargarlo de la organización del batallón Pasionaria que tiene un efectivo de 4.000 hombres. Un silencio, y la voz de Noreña, dura y fuerte, sin una vacilación ni un titubeo: -No he tenido enfermedad alguna y he permanecido alejado del ministerio prcw mi voluntad. Me niego a eumplir su orden. ¿Por quéí -Porque yo estoy con los aue defienden el honor de España, y no podría hacer armas contra ellos. -Se juega usted la carrera... L o sé y no me importa: Lo extraño es qué usted, que estaba comprometido con los que se han jugado la vida, los persiga ahora, después de traicionarlos. -Retírese y espere. Noreña esperó en la sala de secretarios. Esperó mucho, tiempo, en silencio, con ja Cabeza erguida, entre la turba de harapientos y traidores que entraban y salían en e ¡des. pacho ríe Castellíi. v El comandante B arceló dio. una orden, y a poco, dos milicianos con fusiles obligaron a Noreña a que los siguiese. Salieronpor la puerta de la calle de Prim, Frente al cuerpo de guardia, un automóvil; con la bandera rojinegra de la F. A. I. esperaba. Dentro estaban sentados un hombre joven, con mono a ¡zul cruzado por un co- rreajé amarillo, y tres milicianos, con m. áusers. Caía la tarde, pesada y polvorienta, de agosto, y arriba, en el cielo de Madrid, las pinceladas rojizas de poniente parecían de sangre. Algunos soldados, curiosos, se. asomaban a la g ventanas del cuartelillo para contemplar al futuro fiambre Noreña se acomodo junto al responsable quien sa 7 ludo cortésmente. ¿Tiene usted un cigarrillo? Lleve seis horas sin fumar. -Toma. El prisionero sacó una cte sus habituales boquillas de cartón y aspiró con deleité el humo del tabaco. Empezaron a caminar. En el rostro de Noreña no haibía ni una leve sombra de inquietud. Con los brazos cruzados sobre el pecho, contemplaba aquel Madrid, tan distinto del que dejó veinte fías antes. Un Madrid solitariio y mugriento, llen. ó de. terror, sin aquella alegría policroma y desbordante, tan meridional, de las tardes de estío. El responsable le contemplaba admirado. ¿Era valor o inconsciencia? Qw so saberlo, ¿Sabes a dónde te llevarnos? -Lo supongo. Voy. a morir. ¿No es eso? i- -i ¿Y estás tan tranquilo? ¡Qué más da! Para ver a mi Patria así, prefiero, no verla. -Vamos a la Casa de Campo. Rueño. Un silencio. El coche avanzaba. Estaba ya frente a la estación del Norte, en la embocadura del camino de la Virgen del Puerto. ¡Para! -gritó el responsable ¡Da marcha atrás, y llévanos a la Cárcel Modelo! El chauffeur, obedeció en el acto. Los. milicianos miraron a su jefe, sorprendidos... Tenía orden de fusilarlo a usted- -dijo el responsable a Noreña- -pero no la cumplo. Usted es un hombre valiente, de un gran corazón, que tiene un ideal como yo tengo el mío... y yo no soy un asesino. Así ingresó Noreña en la Modelo de Madrid. Hasta quince días después no se enteraron en el ministerio de la Guerra de que vivía y estaba recluido en la galería quinta de la Moneloa. Lo admirable de este espíritu sobrehumano es su fortaleza y su temple. Durante los días en que permaneció recluido voluntariamente en su casa, recibió muchas sugestiones de sus amigos, los agregados militares extranjeras, tonces, porque la sumaria había comenzado y no quería volver la espalda, a sus eneig E día 12 de octubre- -día de la Raza- -se celebró e l juicio sumarísimo ante el Tribunal Popular. Rufianes y rameras acudían a eístas vistas da la justicia del pueblo para saciar sus instintos perversos. Vociferaban, reían, se arrojaban los desperdicios de sus meriendas y vitoreaban a Rusia y a la libertad cada vez que el tribunal dictaba una sentencia de pena de muerte. Generalmente los juicios se celebraban en la S ala de Audiencias de la cárcel, lugar estrecho, de atmósfera pesada, con se olor a sudores longevos, mugre y ropas mojadas, característico de los lugares frecuentados por las aglomeraciones marxistas. Eran habituales dp aquellas exhibiciones trágicas los rematados de delitos comunes que acababan de ser liberadlos por la plebe, y qu se sentían atraídos por el lugar donde antes estuvieron cautivos. Llenos de onsolensla, con las colillas en las comisuras de ios labios, y el gorrillo de miliciano ladeado sobre la frente, casi en ánguio agudo, se permitían interrupciones chulescas: ¡te daba así... ¡Nos ha merengao el tío este! y aplaudían o bostezaban según le agradase o les. aburriese el espectáculo. En sste lambiente iba a se r juzgado Noreña. El fiscal recoirdó la declaración sumaria! En ella, el procesado dijo que, por hallarse identificado con el Movimiento Nacional; se había arrestado voluntariamente en su domicilio con la intención de no prestar servicie, jarnos, contra sus compañeros de armas. Es esto cierto? -preguntó al procesado con voz dura y agria. -Cierto- -contestó Noreña. Se alzó un murmullo. lleno de amentazas siniestras. -Entonces, el procesado confiesa su identificación cotí los rebeldes. -Yo estaba y estoy identificado con ellos. Siento que las circunstancias no me permitan estar a su lado. Lo confieso noblemente. Intervino un vocal. Un hombre de rostro veteado de ira, con el pañuelo de la F A. I. anudado en cuello. 1 -Comprendo esa actitud por compañerismo y perqué el procesado viste uniforme militar. Pero eso er a antes. Hoy ese uniforme está envilecido, por la traición y por los asesinos de mujeres y niños. ¡Falso! Mis compañeros son hombres d e homor. Son ustedes los que roban y matan. Todos ustedes io saben... Surgió imponente la protesta. En la terrible confusión de aquel momento, sólo Noreña permaneció impasible, Acusó el- fiscal dura y rencorosamente, con el propósito dé amansar a la fiera que aún rugía. Y el defensor habló, con voz velada, para pedir que su defendido fuese juzgado como un ser anormal. -Es inü. ti. 1- -le interrurhpió Noreña- Estoy en mi plena razón. Entonces uno de- los vocales debió sentir una llamada en su conciencia. ¿Recuerde el procesado- -dijo- -que tiene mujer e hijos. -Puea por eso- -le respondió Noreña con la luz del martirio en los ojos- Por eso; porque quiero dejarles uri nombre inmaculado. Cuando Noreña llegó a la galería quinta, ya se conocía el fallo terrible. Un siísncio, lle no de dolor, acogió la presencia del COKdenado. Noreña tuvo que levantar los ánimos de sus compañeros de celda. -No se muere mas que una vez, amigos- Nada puedo ofrecer a mi Patria sino Ta vida. ¿Creen ustedes que debí óonservatla a costa de una indignidad? El día 13 hizo Noreña su vida de costumbre, trabajó en los almacenes de la galería, conversó con sus íntimos, paseó por el patio... A la caída de la tarde, el director déla cárcel le comunicó que tenía órdenes de llevarlo i locutorio general, donde debería pasar la noche. Podía reclamar la. presencia de sus parientes y la de tres de sus amigos más íntimos. A las nueve de la noche entró- -en la lúgubre sala- locutorio. En el centro unas sillar, y una pequeña mesa. Junto al techo u n a débil luz. Ai fondo, la doble reja casi en sombras. Poco después llegaron la. esposa y la hermana. En seguida un abogado, un jefe del Ejército y un sacerdote, amigos del héroe, presos también en la misma galería. Formaron un corro y hablaron largamente. Las lágrimas corrían por el rostro de la mujer amada, cuando Noreña. le d aba instrucciones y consejos para el futuro, y encomendaba su hogar, tan. querido, a la suprema voluntad SUCESORA DE SALVADOR CASACUBERTA MAReH 37 BARCELONA Informa a su numerosa clientela de que no entra en su propósito traspasar ni arrendar su industria y comercio, desvirtuando con ello los rumores que harí circulado al respecto.