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t) IARIQ ILUSTRADO DE INFORMACIÓN GENERAL. 25 CÉNTIMOS W SB FACUNDO INFANTES OMÉ por la mañana el tren del Norte y por la tarde me encontraba en un pueblo de Castilla la Vieja. Había estado yo trabajando intensamente quince días; cuando dejé las cuartillas para ir a la estación, llevaba doce horas escribiendo sin levantar cabeza; estaba sumido en un entorpecimiento que me hacía ver las cosas como a través de una neblina; dudaba si me encontraba soñando o despierto. Comprendía yo que si continuaba escribiendo no tendría la prosa, con la fatiga, la fluidez requerida; por otra parte, el impulso adquirido, me hacía afe ¡rrarme tenazmente a las cuartillas. Decidí poner en el trabajo una tregua; había forzosamente que, marchar lejos; cerca, hubiera vuelto, sin remisión, a la labo r. La fonda en que me alojaba estaba en una ancha calle con dos filas de álamos blancos y con bancos de trecho en trecho; salí de la fonda y me senté en el paseo; saqué un libro del bolsillo y eché la vista por sus páginas; levanté la cabeza de pronto, sin saber porqué; a pocos pasos vi a un ancano alto, apersonado, en la verdadera acepción de la palabra, b sea, algo abultado de carnes; su pelo era blanco y su traje negro, limpio y bien cortado. Había en su talante señorío natural, y se adivinaba dominio de sí. De un álamo había caído, girando lentamente, una hoja; el anciano se inclinó y la recogió del suelo; con la hoja en la mano la estuvo examinando atentamente; la observó por su anverso de verde oscuro charolado y por, su reverso blanquecino. Venía un piño con; su carterita escolar en bandolera y pasó junto a mí; al estar cerca, lo atraje y. -le dije en voz baja: ¿Tú conoces a ese señor? El niño me contestó: Es don Facundo Infantes. Volví a posar la mirada en el libro y, no pude fijar la atención; la íantasía comenzaba a desvariar; había imaginado yo en aquel punto el comienzo de una ficción novelesca. Cruzó ante mi un. leñador con su carga de hornija en un jumento, ramaje oloroso de pino, sabina y enebro. El anciano había ya penetrado en una casa de enfrente. Pregunté alvleñador: ¿Conoce usted, amigo, a D. Facundo Infantes? ¿Y quién no le conoce en el pueblo? me contestó el interrogado. De nuevo intenté leer, y otra vez, en las páginas del libro, vi la imagen del caballero desconocido. Ahora es a un arcador que pasaba con sus corvas varas al hombro a quien pregunto. ¿Don Facundo Infantes? -dijo el menestral- El hombre de más suposición del pueblo; vive A en esa casa frontera. Momentos después, entraba yo en la casa; trae encontré en una sala ricamente amueblada; entró con paso leve una señora y me dijo: I- -Soy Presentación Infantes, nieta de Facundo Infantes; mi abuelo me ha encargado que si venía usted le recibiéramos; lo verá Usted enseguida. Pero voy a pedirle un fayor; usted sabrá perdonarme. No prolongue usted la visita; una pausa deliberada, uij gesto discreto, podrán indicar a usted euan do la entrevista debe terminar. D es pWé? 1 diré a usted el motivo de tal súplica. JDe la sala ricamente alhajada pasamos a DTAK 1O DO DE INFORMACIÓN GENERAL. 25 CÉNTIMOS W o empecé a fumar, como creo que hemos empezado todos, por la sencilla razón de que el tabaco me estaba terminantemente prohibido pero, si a los diez o doce años de edad me hubiesen obligado en mi casa a fumar dos cigarrillos diarios de igual modo que me obligaban a tomar dos cucharadas de aceite de hígado de bacalao, y me hubiesen dicho que los cigarri- -Al pasar por la aiameda- -me dijo- -le he llos eran muy buenos para mi salud ofrevisto a usted; como estaba usted leyendo, nada ciéndome un dulce como recompensa poimás fácil que suponer que usted es amigo de cada vez que me tragase el humo, es seguro que yo habría aborrecido el tabaco desde mi la lectura; he atisbado unos papeles blancos, más tierna infancia y que no hubiese vuelto que asomaban por un bolsillo de su america- a probarlo en toda mi vida. Cuando se quiena, y he continuado imaginando que usted se- re hacer andar a un burro sería un grave ría escritor. No me he detenido aquí, sino que error emplear el procedimiento directo y emhe conjeturado que usted, al verme contemplar pujarlo hacia adelante. Por el contrario, tola hoja de un árbol, sentiría curiosidad y pre- dos los que están algo versados en la psicoguntaría por mí a cualquier transeúnte; el logía del obstinado cuadrúpedo le tiran del deseo de visitarme se le impondría. Pues aquí rabo hacia atrás, sabiendo que pueden sacar me tiene usted; aquí tiene usted a un hombre mucho más partido de su afán de contradicción que de su espíritu de obediencia, y, v auncomo todos. que este paralelo resulte algo vejatorio para- Como la generalidad de los hombres- -re- la dignidad humana, el amor, a la verdad nos puse yo- es decir, como un hombre que es obliga a aceptarlo humildemente. cual la medida de todos los hombres, o sea, Supongo que todos los fumadores tenemos un hombre excepcional. la misma historia y que, el que más y el que Sonrió el anciano, y tras una breve pausa, menos, si hemos empezado un día a fumar repuso; fue porque el tabaco nos costaba grandes pa- -Hay una comedia del teatro antiguo, creo lizas y porque nos producía unas náuseas que de Tirso de Molina, que se titula Tanto espantosas. Sobreponiéndonos a aquellas náues lo de más como lo de menos. seas hacíamos nosotros los primeros ensayos La conversación se deslizó llana y. cordial- de nuestra incipiente hombría y ellas son menté; dos o tres veces hice ademán de re- realmente la base del vicio a que estamos tirarme, y el caballero me contuvo con un entregados alíora, porque ya, es sabido que leve gesto. Cuando salí, después de media solo se le toma verdadero apego a lo que hora, la señora que estaba leyendo en la puer- nos ha hecho sufrir. ta, me preguntó: Atora bien. Hay actualmente en el mundo- ¿Qué le ha dicho a usted? ¿Le ha ha- una generación que aún no ha adquirido el hábito del tabaco y que, viendo las fatigas blado. de Cervantes? -No hemos hablado de Cervantes- -contes- y sinsabores que en las presentes circunstanté- -pero recordaré siempre que una de las cias pasan los que lo tienen- -los que tienen cosas que me ha dicho es ésta: Lo más di- el hábito y carecen del tabaco- parece que debieran renunciar generosamente a la mano fícil en la vida es saber esperar. de Doña Leonor, pero i que si quieres! El- -i Da lo inismo! -exclamó la señora- hecho de que nosotros andemos de cabeza, y Esperar lo es todo para mi abuelo y lo es prescindamos muchas veces de las cosas más todo para nosotros. Esperamos el cuarto cen- necesarias para, satisfacer nuestra pasión de tenario de Cervantes, que se cumple en 1947; fumadores no es sino un estímulo para faltan cinco años y ÍIÜ abuelo cuenta ochenta nuestros descendientes, quienes llegan a fi J y seis; desde niño mi abuelo es apasionadí- gurarse que la mayoría de edad consiste, simo de Cervantes; puede decirse. que no precisamente, en andar locos y desalados piensa en otra cosa. Nosotros rodeamos de buscando cajetillas por el mundo, y esto es toda clase de cuidados al abuelo; procura- tan cierto, que a mí no me extrañaría nada mos evitarle toda fatiga; de ahí el ruego el que la nueva generación se lanzase a fuque hice a usted antes de que entrara a vi- mar aunque el tabaco no le produjese náusitarle. ¡Sí, sí; Facundo Infantes verá, a seas de ninguna clase. Ningún fumador se ha formado jamás a los noventa y un años, el cuarto centenario del nacimiento del escritor que él tanto ad- favor de las circunstancias, sino en contra de ellas, y Dios aparte nuestros pasos del camira! Y ahora, de nuevo yo ante las cuartillas, mino de la paradoja, tan pintoresco como sumergido en el mundo de lo imaginario, lleno de peligros, pero como las circunstanperdido el contacto con la realidad, no sé si cias fls son ahora tan hostiles al fumador, resulta que nunca le fueron más propicias. Facundo Infantes existe o no. No puedo Antes el tabaco era solo un veneno, y ya decir si ha sido o no todo un sueño. Pero fumaba el ochenta por. ciento de la Humade pronto, cojo el libro que intenté leer en nidad. Ahora, y dadas las dificultades con el lejano pueblo, y encuentro en él la- hoja que se suele tropezar para adquirirlo lega! del álamo, que yo cogí del suelo ííjapép lia 1. mente, á rriás dé un, veneno constituye mutiró Facundo Infantes, Ay, hubiera q u e j- chas veces un delito yy o yo soy muy mal ido que todo fuera mentira, porque tendría; ¡Tjensadó o pronto estai á fumando la Huentonces más verdad el arte que la realidad manidad entera... tfcuéía V V ii; t- i: JULIO CAMBA T otra estancia igualmente amueblada con gusto; luego recorrimos un pasillo, y después atravesamos una biblioteca con hermosos armarios de nogal; a Continuación entramos en un cuartito en que había, junto a una puerta, un sillón y en el sillón un libro. Seguramente que aquí estaba sentada Presentación Infantes, como de guardia, cuando yo llegué. Ya en el aposento del anciano, éste se levantó al verme entrar. EL VICIO DE FUMAR Y AZORIN. Lisboa.