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MADRID DÍA 11 DÉ SE PT 1 EMBRE 1941 NUMERO SUELTO 25 CENTS. m HT M A DIARIO ILUSTRADO. A ÑO TR 1 G SI M 0 CU A R T o. N. 1 1. 091 M? SUSCRIPCIÓN: MADRID: UN MES, 6 PESETAS. PROVINCIAS? TRES MESES, 18. AMERICA Y PORTUGAL: TRES MESES, SO. EXTRANJERO: TRES MESES, 37,50 PESETAS. REDACCIÓN Y ADMINISTRACIÓN: SERRANO, 61, MADRID. APARTADO N 43. EL VIAJE DEL CAUDILLO A BORDO DEL ALMIRANTE CERVERA Y ESCOLTADO POR UNA FLOTILLA DE D E S T R U C T O R E S S. E. EL 1 EFE DEL ESTADO LLEGA A SANTANDER, Y LA NOBLE CIUDAD CASTELLANA LE TRIBUTA UN FÉRVIDO HOMENAJE, LLENO DE ENTUSIASMO Y EMOCIÓN INENARRABLES La travesía. E! pueblo en masa recibe al Caudillo. En la zona siniestrada. Dos discursos de Su Excelencia. Visita a Renedo. Soberbio desfile con antorchas. Impresión de la magnifica jornada Preludió Santander 10. 12 noche. (De nuestro enviado especial) Montones de nubes largas, agrisada y huidizas, techan y se mantienen sobre el paisaje bucólico cuando salimos de San. Sebastián, rumbo, al inmediato pueblo de Guetari a. Los mañaneros esfuerzos del padre Febo para descubrir a los aldeanos, que camina 1 con su vaca por el centro de la ruta, y a los numerosos jinetes del velocípedo, resultan inútiles hasta más allá, de Ório; pero entonces le decoración se abre, encendida de luz, y las líneas se multiplican, como en, prodigioso florecimiento, y las perspectivas cobran todo el vigor prodigioso de los verdes cantábricos, desde la tierra, al fondo del mar. EN LOS NAVIOS INVICTOS Ese mar que ayer cruzó el Almirante cu Jefe de la Escuadra española, es bravo y alborotado. Desiie ía marola hasta el SCJIO del soli o, se encrespa y enfurece con frecuencia. Sus olas son fuertes, altas y dominadoras, y durante los inviernos batea con fiereza la costa. En ese niar, lo mismo que en el mar sosegado y azul fiel Sur y de Levante, los navios de España trazaron estelas de gloria en la gran ocasión de nuestra secunda reconquista; más sobre la s a; uas cántabras, cuando liada teníamos sino espíritu y i e, se escribió, principalmente, ía página del bou El barco pequeñito, perdido entre las líquidas montañas, tundido a golpes, zarandeado, sin recalar en puerto, se mantenía vigilante, un día y otro, sobre las olas. Hostigaba al buque enemigo, cerraba sus salidas, dispersaba los convoyes e impedía los aprovisionamientos contrarios, se batía con denuedo y a veces simulaba, cen cohetes voladores, una defensa aérea de que carecía. Todo, en ese mar duro y temeroso. ¡Cuánta abnegación y cuánto valor en aquellas tripulaciones voluntarias y en aquellos oficiales marinos de España, herederos de na tradición inmarcesible! En algún momento el cañón único del bou redujo ai silencilo la andanada de un destructor o de n crucero. En algún instante- se lanzó, audaz y temerario, sobi c una flotilla bien armada, obligándola a huir. En la historia del mar, esas hazañas que parecerían increíbles si de ellas nos separara el tiempo y la distancia, se escribirán con letras áureas... Franco. Capitán General de la Aliñada, ha querido honrar con su presencia en Jos buques invictos la epopeya de nuestra Escuadra; y ha querido cruzar ese mar, que íué testigo do tantos hechos heroicos, sobre las tablas laureadas de un barco que es compendio y- signo de la grandeza militai- -jamás desmentida, ni oscurecida siquiera- -de los marinos españoles. En tierra. Recepción oficial Apenas tendida la escala, el entusiasmo se co nvierte en clamor, y cuando el Generalísimo pisa la tierra y saluda a los generales, jefes, jerarquías y autoridades que se acer- can a d a r l e la bienvenida, el entusiasmo fervoroso de la muchedumbre parece un torrente, do clamores. Seguido de una gran multitud, el Generalísimo llega cii coche, acompañado- siempre de las autoridades, y emprende el camino hacia la iglesia de Santa Lucia, donde se cantará un Te Deum en acción de gracias, al pie del altar de la Virgen del Carmen. Cerca del Caudillo Al l l e g a r a la Jefatura Provincial dé F. E. T. y de las J. O. N. S. que visitó seguidamente, las gentes corren agitando pañuelos, boinas y banderolas La fuerza pública no puede por un momento contener la avalancha que se precipita jubilosa hacia los coches y que quiere ver y aplaudir más de cerca al Caudillo. Son unos instantes de enorme interés sugestivo. Cuando los queirrumpen, entre los cordones de los falangistas y los soldados- -mujeres, niños vio- jos- llegan cerca del coche y Franco las saluda a todos, son más los que lloran, que los que ríen, y son todos ¡todos! españoles que viven este día feliz con el recuerdo de aquellos otros tan tristes, que concluyeron porque el genio de Franco salvó a la Montaña. La partida Guetaria. Puerto de pescadores. Puntualmente aparecen los coches del Generalísimo y su séquito, que irrumpen en. el pueblo entre la emoción y el respeto de- las g. entes, que suspenden sus faenas marineras para uuir las manos en un aplauso cerrado y. cordial. En el mar espera el Almirante Cervera del que se destaca una canoa. Más lejos, una a flotilla de destructores espera el instante d levar anclas para dar escolta al Jefe del Estado Sencilla y breve la protocolaria despedida de las autoridades, el Generalísimo desciende a la gasolinera, seguido de los jefes de sus Casas Militar y Civil, y parte luego rumbo al crucero, al pie de cuya escala es recibido con todos los honores dé su elevada jerarquía. Suena el himno nacional y, sobre la enseña de la Patria, que flamea en la más alto del palo mayor, se iza el guión del Caudillo. Instantes después chirrían ásneramente las cadenas que levan las anclas, y el barco, sobre un mar encalmado, avanza con parsimonia primero, acelerando el esfuerzo luego y con agresivo andar después, sobré las olas. Y no muy lejos, la flotilla de destructores que nos enmarca, formando un a modo de pasillo, en cuyo centro camina el Cervera rebri íiica. ágil y saitarina, empenachada por sus cinco humos, exactamente iguales. ¡Este es nuestro Caudillo! Los vítores y los gritos redoblan incesantes. La calle trae hasta el salón donde el Jefe suprema de la Falange saluda a las jerarquías provinciales, los ecos de un rumor que crece y entra tumultuoso con. el claro sol de Ja mañana, a través de los am plios ventanales y se expande y aún parece multitud; pero este milagro de la multiplicación entusiasta no es otro fenómeno que los propias gargantas de la muchedumbre, que enloquecen gritando más y más. Y cuando sale el Caudillo, en vez cié tomar su c o c h e acompañado. e autoridades y. 3 ayudantes, se encamina, a pie, hacia el muelle de Pereda. Entonces, la multitud le tributa una ovación emocionante. Y es así como Haga el Caudillo, portado en una ola de exaltación delirante, hasta ei arranque mismo de la escalera de la tribuna. Alta mar El Caudillo ha apretado fuertemente las manos que se le han tendido de almirantes, jefes y oficiales, y sin detenerse ha marchado a proa, hasta la torre de mando. Ahora está cara al sol, y tiene un gesto de autoritaria y cordial seguridad en sí mismo, que da seguridad a cuanto lo rodea. Las miradas de todos están a bordo fijas e n la costa, que se aleja. Las aldeas que esmaltan los taludes y los prados, siempre verdes, nos traen nombres y siluetas harto conocidos. Invariablemente, los recuerdos escapan Hacia aquellos años y hacia aquellas jorriadas tan próximas y tan distantes en que este mismo Capitán de ahora dio la plenitud dé la liberación salvadora a la ciudad doliente, que ahora va a visitar. Vuela el barco en dirección a Santander. La flotilla de destructores camina, ganándole siempre unos pasos a -Almirante Cervera. A lo lejos, mía punta apenas perceptible es la entrada de la ría de Bilbao. A borao, el Generalísimo entabla conversación con los almirantes que le acompañan. Más tarde, cruza el barco y se sienta en la popa para presenciar el desfile de la costa, qué irrumpe de la estela blanca que surge de las hélices. Cerca, de Santander, los destructores inician una graciosa maniobra y cruzan por delante del Almirante Cervera a gran velocidad, describiendo una. curva rápida y pasando todos a, ocupar el lado de babor. A las once y media exactamente alcanzamos la en- trada de la bahía santanderina. Sa. ten del puerto numerosas pequeñas embarcaciones, engalanadas t. o. das y gritando, jubilosas, por todas las sirenas de sus- entrañas. A medida que descubrimos siluetas y contornos conocidos: -aquí, la Magdalena; más a. llá, el Hotel Real; a lo lejos. Peña Horadada- más lanchas, vapores y motoras surgen y se multiplican con el fervor encendido del entusiasmo de sus tripulaciones pa. ra rodear al crucero donde el Caudillo de España contempla el maravilloso espectáculo desde el puente de proa de la embarcación. Ha entrado ya el Almirante Cervera en la baihía, montañesa, y en la Avenida, el Sardinero, los muelles del Puerto Chico, las calles y los andenes del paseo de Pereda y los balcones, racimos de gentes que se aprieta y gesticulan, manejan pañuelos, boinas y cuanto tienen n la majio para expresar su entusiasmo al Jefe del Estado, que llega. Lentamente, se acerca el Almirante Cervera al muelle donde ha de atracar. Le ha precedido el Ciscar que está ya, acostado en el sitio que le ha sido señalado. En el muelle número 1. o muelle de Comillas, las autoridades provinciales, jerarquías, autoridades locales, civiles y militares, está íi en espera del Caudillo. La ma. niobra de atraque se hace con precisión, y en este momento estalla una ovación clamorosa de miles y miles de almas, que han contemplado la llegada del barco y después presencia, n y señalan al Generalísimo coa encendidos fervores de entusiasmo. El desfile Todo el impresionante desfile ha sido una, proyección cinematográfica del patriotismo exaltado del pueblo montañés. Las representaciones locales de la Falange de todos los pueblos de la Montaña han estado presentes en e. sta ocasión. En el plazo final del desfile, algunos grupos folklóricos, que entrañan; los valores típicos más sugestivos de la Mon taña, han pasado también ante la tribuna de Franco y han hecho exhibición de sus se. icillos y artísticos motivos. Los camisas azules, desde los flechas hasta ¡los hor- bres bien, curtidos por el sol diel m; a. r, ha- n pasado sus figuras altivas ante el Jefe del Estado gritando siempre con orgullo; ¡Franco, Franco, Franco! Intermedio Primer breve descanso en la jornada luiut nosa. El amplio paseo de Pereda, quéTfra? senciade- el magnífico desfile, ee despuebla al filo de las dos de la tarde. Bordeo eil camino de puerto Chico camino de mi hotel. Todavía algunas motoras silban fragorosas el júbilo de sus sirenas. Sentado. al borde del pretil del muelle, un J LS yM camisa azul- -vieja por desteñida y 1 E 6 2