Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
A B C. MÍÉÉCOLES 29 ÍDE MARZO- DÉ 1939. EDICIÓN DE LA MANANÁ PAG. 4. DE LA Premio a la fe y a Ja esperanza. -La gloriosa jornada de ayer. -España habla a Madrid Información del día a ía fe y a la es ¡Esperábamos! Esperábamos en el Caudillo insigne y en las tropas que han sabido unir la Cruz y la Flecha en un ideal regenerador de España. Esperábamos en las dotes militares del Generalísimo y en k bravura de sus cohortes. ¡Esperábamos! Cuando k rapiña roja asaltaba nuestras propiedades y desvalijaba palacios y museos; cuando el oro desaparecía de los Bancos y k plata de nuestros pobres bolsillos; cuando el anillo de nuestros esponsales era arrebatado de nuestra mano y la m a n í a l e nuestra cama; cuando el registro domiciliario era. careta- del expolio más ruin en nuestras arcas kumildes, cuando la p ¡3 tola era ganzúa de nuestra hacienda y nuestro ajuar... ¡esperábamos! Cuando los guardias rojos iban a altas horas de la noche a. reducirnos a prisión; cuando la- Checa íeroe nos juzgaba impíamente, sentenciando al llamado paredón a mujeres y ancianos sin más delito que ser personas de orden; cuando el mi- litar era encarcelado por llevar un uniforme y se fusilaba en masa desde. las azoteas próximas a k cárcel; cuando se quemaban las iglesias y se saqueaban los domicilios de ios más pacíficos ciudadanos... ¡esperábamos! Cuando el odio marxista nos sitiaba por hambre, nos condenaba a la muerte por inanición; cuando vivíamos- -el que lograba vivir- -con cantidad- es irrisorias de alimentos; cuando nuestros hijos enfermaban de anemia mientras el vecino rojo tenía en la despensa el producto de sus depredaciones en rebaños y bodegas; cuando caía desfallecido el probo y el inteligente, mientras el. responsable de la chusma estiraba sus patas en el automóvil robado... i esperábamos! En todas las conciencias puras, una voz íntima parafraseaba la sentencia post ténebras spere lucem para infiw. dir fuerzas sobrehumanas ft fin de soportar vejaciones, martirios, crímenes, sacrilegios... ¡Esperábamos! El Madrid de paz, de religión y de trabajo esperaba la salvación de quienes se habían alzado con la ímproba tarea de liberar el territorio esclavizado. ¡Cuánto tardaba el suspirado momento y qué largos eran los días, los meses, de la espera! ¡No importaba! La fe ciega en el Caudillo, la esperanza firmísima en la acción valerosa de sus trapas nos mantenían resueltos contra toda adversidad dispuestos a resistir todas las ise rias y todos los sacrificios. I Ya llegó el momento! El madrileño ha visto huir a los carceleros que le ahogaban para dar ingreso a los que llegan en no- mjííe d Dios y de la Patria a salvar a las víctimas del terror rojo. Esperaban las Mas y KO esperaban en vano. La cruenta etapa se ha cerrado y el madrileño ha visto realizado éste que le parecía prodigio, por Ía fuerz? de u fe y su esperanza inquebrantables. Fe y esperanza en Franco; fe y esperan- ¡za en sus tropas modelo; falangistas, requetés, soldados de la España honrada, ue ayer entraron para fundirse en un abrazo con sus hermanos que le esperaban sin vida. ¡Bienvenidos los bravos! Su presencia deseada tan fervorosamente es bastante para premiar la inquebrantable fe, la cálida esperanza que en Franco y en sus huestes pusimos los madrileños. ¡Honor y gloria a ellos I a Madrid amaneció ayer vistiendo espléndidas galas de primavera. Parecía como si la Naturaleza, prev -ndo el magno acontecimiento que se avecinaba, quisiera asociarse al júbilo de un pueblo que iba a despertar de una terrible pesadilla que había durado cerca de tres años. En el ambiente notábase algo excepcional. Los madrugadores pudieron observar grupos de soldados que con mantas y maletas recorrían las calles procedentes de las trincheras que abandonaban gozosos. -Que entren cuando quieran- -decían- -nosotros estamos hartos de granujas que huyen cuando llega la mala. Que entre Franco y nos devuelva la paz. Y seguían su camino reflejando en sus caras la alegría del que se sentía libre de la amargura de un sacrificio prolongado. Pronto circuló por la capital el rumor... Los frentes de Madrid estaban abandonados y los soldados de Franco, se aprestaban a entrar en la ciudad mártir, en la ciudad víctima de tantas humillaciones, en la ciudad entregada al furor de las hordas rojas, de los gobiernos sin autoridad y sin honor, de la cmdí. d sumida en dolor, en rabia y en venganza. Madrid mártir como ninguna otra ciudad española; Madrid sacrificado; Madrid convertido en poblado bajo el dominio de los bárbaros servidores de M 03 CÚ. Grupos en las calles comentaban las noticias que, muy inconcretas, llegaban de una y otra parte. Nadie sabía a punto cierto lo que ocurría o lo que podía ocurrir; pefo todo anunciaba ya que el día 28 de marzo de 19 9 iba a señalar una fecha imborrable en la historia de España, en los fastos de la guerra y en la vida de la capital de España. Día de liberación, en suma. Mediaba la mañana cuando se vieron cíúzaí faííáós por ías calles dé la ciudad unos automóviles ocupados por moros que extendiendo el brazo gritaban: ¡Viva Franco! ¡Arriba España! La gente se asusta un poco. No se fían. Aquello ha surgido demasiado impremeditadamente. Pronto en un balcón flamea una colgadura con los colores venerados rojo y amarillo. La bandera gloriosa, la de la España inmortal, la que la república de los Azaña, de los Lerroux, de los Largo Caballero, de los Negrín no quiso respetar; la que va unida a todos los momentos gloriosos de España; la que en manos del Caudillo ha reconquistado la Es paña imperial, una, grande y libre. A esa bandera seguían otras, y luego colgaduras, más tarde, los colores rojo y negro de la falange Española. Y ya todos los madrileños en las calles, y los brazos extendidos, y los rostros radiantes y las lágrimas en los ojos. Las gentes se abrazan sin conocerse, se dan vivaS) se dicen palabras sin sentido, se llora y se ríe. Es un pueblo que parece perder, la razó en el instante mismo en que la recobra. Una corriente de entusiasmo se extiende por toda la ciudad. Todo Madrid flamea de colgaduras y banderas. Enronquecen las gargantas a los gritos de ¡Franco, Franco, Franco! ¡Arriba España! Bajo el azul del cielo vuelan los aviones del Caudillo; en una calle estalla una ova ción y se ve correr sonriente seguido de los grupos un hombre que viste el uniforme de la Guardia civil. En otro sitio es ovaciona- do un sacerdote que viste el traje talar. Los muchachos y las chicas de Falange lucen lazos sobre las mancas y las flechas sobre el pecho, Allá en la Ciudad Universitaria, ért! a ¡Casa de Campo, en Usera los soldados vencedores en cien combates, los que se cubrieron de gloria en el Norte, en Aragón, en Cataluña son abrazados por las gentes que acuden a verlos de cerca. Son los que están liberando a España, son ios que vienen a liberar Madrid. Son los héroes del moví- miento salvador. ¿Qué hacen que no entran? Madrid les espera anhelante desde hace dos añosi No ha llegado el momento. Ellos lo esperan también, pero la orden no se ha dado todavía. Por la tarde se acrecienta el entusiasmo. Falangistas y requetés van de tín lado para otro entre aclamaciones y aplausos. Las calles se llenan de gentes como en día de fiesta grande. Por todas partes manifestaciones y banderas; por todas partes júbilo creciente. La mujer madrileña, esta mujer ejemplar que no tiene par en la historia del mundo; madres, hermanas, hijas de nombres asesinados y perseguidos, mujeres nirflmbads por el sacrificio, por el doior, por el martirio. Gritan hasta enroquecer y llenan las calles encendidas de entusiasmo. Las radios hablan sin cesar servicio ya de España y del Caudillo. Dan notas, avisos, consignas. Los escritores que hicieron ya célebre, su firma como cronistas de guerra, lanzan soflamas y. arengas a los madrileños, con voz que ahoga la emoción. Suenan los him ¡rto 3 de Falange y de Iá Tradición y las grá-