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LA REBELIÓN EN ÁFRICA El 9 neral Romerales y l a justicia f a c ci o s a La Comandancia, militar de Melilla está situada frente a una de las puertas del parque de García Hernández. Es un edificio de dos pisos que ocupa toda una manzana y tiene cuatro fachadas a otras tantas calles. Üri la mañana del día 27 de agosto de 1936 se notaba en sus alrededores una animación desusada. Se. había reforzado la guardia. Esta era de regulares moros. Grupos ¿De qué se le acusaba? De su lealtad al régimen, de su republicanismo sin tacha. ¿Y quiénes eran sus jueces? Unos militares rebeldes subordinados suyos, unos traidores a sus promesas de lealtad, unos servidores de la República que se habían levantado en armas contra ella, cometiendo con su acto un delito cuya figura se delimita claramente según todas las normas de derecho. Eran estos militares rebeldes, estos españoles, que sin sonrojo preparaban la entrada del invasor, estos asesinos de las libertades del pueblo y del pueblo mismo, los que se reunían aquella mañana de agosto, graves y solemnes, para realizar una indigna farsa. Nos condujeron a una habitación sucia, destartalada. A su puerta colocaron un centinela moro, con bayoneta calada. Por el pasillo circulaban los militares y falangitas. Eran el público curioso que asistían al cruel espectáculo. Poco tiempo permanecimos en aquella habitación. A la llegada del general Romerales, consideraron, sin duda, que aquella habitación era la más confortable para él, y fuimos trasladados a otra. Me crucé, en la misma puerta, con el general Romerales. Sólo tuve tiempo para cederle el paso y saludarle conmovido. Vestía de paisano. Un traje gris, sencillo, humilde más bien. Parecía más bajo más viejo... Me imaginé cuáles eran los pensamientos que le asaltaban en aquellos momentos. Aquellos jefes y oficiales a sus órdenes, le habían visto bajar del coche, cruzar el largo pasillo, y habían hecho a su alrededor un frío silencio. Ni una muestra de respeto, ni un saludo. Morbosa curiosidad y fría indiferencia. ¡Qué triste final para una larga y honrada vida, militar! En la segunda habitación, donde esperábamos, había ya cuatro comandantes y un alférez. Eran también presos, y como nosotros, estaban allí en calidad de testigos. Uno de ellos, el comandante Ferrer, vestía de paisano. Todos eran jefes leales a la República, y era ésta, naturalmente, la causa de su prisión. No volví a saber más de alguno de ellos. Del comandante Perrer, sí. El día 1. de diciembre, después de comparecer ante dos Consejos de Guerra, fue fusilado en Rostrogordo. Desde la habitación en que estábamos no veíamos la sala del Consejo. Pero podíamos oír claramente el desarrollo del mismo. Una voz fuerte, voz de mando cuartelero, empezó a leer. Era el teniente coronel Bartoméu, juez instructor del proceso. La lectura del rollo de apuntamiento, -redactada con esa fría literatura procesal castrense, caía monótona en nuestros oídos. Fue una lectura lenta, pesada, sin emoción. ¿Cuáles eran los hechos? ¿Dónde estaban las acciones punibles del general Romerales? ¿En virtud de qué actividades se le acusaba? Ninguno de nosotros lo percibió. Nuestros gestos, llenos de esa elocuente expresión mímica que tan bien reflejan las sensaciones, subrayaban a cada momento de la lectura nuestros asombro y dolor. Ni una alusión al día 17 de julio, aquella tarde en la que los acusadores levantaron ¡a bandera de la rebeldía y de la traición. Como un episodio sin, importancia, se leyó que habían obligado al general Romerales, comandante militar de Melilla, máxima autoridad militar de la zona oriental, a declinar el mando ante la pistola que junto al pecho le uso un teniente coronel traidor. No. ¡Esto no tenía importancia! Se le acusaba de haber cerrado el Casino Militar, cuando con ello se quiso evitar, en el mes de mayo, desagradables incidentes entre los hombres de izquierda y los militares. Entre los militares que har Man. recibido el legítimo triunfo del Frente Popular cort torva mirada. Se le acusaba de hacer comentarios a un manifiesto que el partido comunista, había lanzado a la opinión el Primero de Mayo. Se le acusaba de haber permitido la propaganda subversiva en los cuarteles. ¿Cuándo? ¿En qué cuarteles? Era igual. No había ninguna prueba de ello, pero convenía, cuando Ja conducta leal del general estaba tan clara, presentar este aspecto delictivo ante aquellos jueces, soldados leales que nunca se habían levantado en. armas. Eran ellos, los rebeldes del 17 de julio, los que se atrevían a acusar de unos presuntos hechos de rebelión. ¡Cabía mayor cinismo, mayor sarcasmo en, aquella trágica ficción que tenía lugar! Se leyeron algunas declaraciones. Algunos testigos comparecieron. Eran todos testigos de cargo. ¡Cómo se ensañaron algunos! A nosotros no nos llamaron. ¿Para qué? El Consejo discurría dentro de las normas trazadas de antemano. (Continua e n la página 14. El general de la República D. Manuel Romerales Quintero, fusilado en Melilla por los facciosos. de jefes y oficiales entraban en gran número en una de las dependencias de la planta baja. También se veían ya falangitas de uniforme. Pantalón negro, camisa azul marino, gorra de cuartel, flechas y yugo al pecho... Por ios pasillos que conducían a una gran sala la concurrencia era mayor. Muchos oficiales, jóvenes en su mayoría, con un pequeño. látigo en la mano, charlaban y reían. Conducidos por fuerzas al mando del te- niente de Carabineros rebelde Gutiérrez Armesto, cruzamos otro preso y yo aquel largo pasillo, abriéndonos paso entre los grupos de oficiales y falangitas. Sus miradas se volvían a nosotros y en algunas se leía risa, en oteas desprecio y odio. Eramos dos presos políticos, dos hombres leales a la República, dos republicanos, dos españoles... ¡Suficiente delito, enorme culpa! ¡Cómo no iba, n a mirarnos con odio aquellos nacionalistas salvadores de España! En algunos rostros adivinábamos una interrogación tras el gesto de asombro. ¡Cómo vivían aún estos dos rojos ¿Es que acaso 1 sabíamos nosotros? No. Estábamos 6 desde el día 17 de julio én sus garras, y en aquellos momentos, y en otros muchos que siguieron, la interrogante de nuestro destino se abría ante nosotros en una cruel y muda obscuridad. Eran las nueve de la mañana. Iba a tener lugar una trágica farsa, y a. ella nos hacían acudir para dar con nuestra presencia, en calidad de. testigos, aspectos externos de legalidad a la. misma. El general Romerales, jefe de la circunscripción oriental de Marruecos, iba a comparecer ante un Consejo de guerra. El general Romerales, durante tina imposición de medallas celebrada en Melilla.