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los constructores cuando ya habían ingresado los obreros. A Oblomov le había acometido la furia de la prisa. Se advertía en todos los planes el ansia de sanar tiempo, de quemar las jornadas. De ese afán proceden directamente los obreros de choque. En ocasiones tocábamos en nuestras visitas a las fábricas alguna de las llagas que desazonaban a nuestros amigos. El cuadró de ingenieros era extranjero. Las máquinas de producción, extranjeras. Era este un punto doloroso, dei que se creían en el caso de disculparse: Dentro de un año dispondremos de ingenieros propios O bien: Ya estamos construyendo nuestro propio berra- mental Había que eludir las indicaciones sobre esos temas que les lastimaban al iniciarse, para acabar movilizándoles el orgullo. UTT orgullo que no había más r- emediov que encontrar legítimo, porque se fundaba en un esfuerzo titánico. La suya no era una disculpa evasiva: las fábricas, en efecto, atendían a producir su herramental, y, en torno a ellas, las escuelas especiales se aplicaban a formar promociones de ingenieros bien dotados. El herramental les tenía manifiestamente preocupados. Los directores de las factorías que visitamos, con esa sinceridad que ca- racteriza a la vida rusa, nos hacían conocer, después del cuadro magnífico de los progresos, el de los defectos. La vida del herramental era manifiestamente baja. Eso encarecía de un modo considerable la producción. El defecto provenía de los obreros, que no eran todavía lo suficientemente capaces. Su experiencia era escasa, y había que atender a su formación (profesional. Para esto la fábrica disponía de la escuela correspondiente, encargada de formar sus futuros obreros. La escasez de buenos obreros iba a ser corregida. Mas ¿qué escasez no estaba en víspera de ser corregida? A cada petición que formulábamos, difícil dé atender, nuestros amigos proclaman, con la penuria actual, la corrección en curso: -No tenemos lo suficiente; padecemos un déficit terrible. El año que viene lo tendremos resuelto. En tal lugar se está construyendo la fábrica que nos abastecerá de ese producto. Y no decían mentira. En el punto por ellos indicado se estaba construyendo la factoría- -inmensa, extraordinaria- -que acabaría con la escasez sentida. Ni una sola vez reclamamos una cosa que no hubiera sin que se nos diese la misma explicación. Al término de nuestro viaje, y como si éste no nos hubiese proporcionado las necesarias emociones, hube vo de ver resumido en un solo gesto, en una palabra, en un ademán, toda la mística de la industrialización. Uno de nuestros acompañantes se adelantó inopinadamente a dar fuego a mi cigarrillo. No era una cortesía inopinada, pero sí chocante. Listo el cigarrillo, mi amigo- -y aquí de su gesto para mí inolvidable- -me mostró la caja de cerillas. Una caja de cerillas. de palo. Deletreó: Made in Russia -Y aclaró- Ya exportamos cerillas. Aquel gesto de victoria, repito, no lo olvidaré. Se desquitaba nuestro amigo del dolor de los ingenieros y las máquinas extranjeras. Estaba seguro que. unos años después, Rusia exportaría, además de cerillas, los más caros productos industriales. De que no se equivocaba la fe de nuestro amigo tenemos los españoles más de una prueba. JULIÁN ZUGAZAGOTTIA Julián Zugazagoitia, diputado a Cortes y director de El Socialista