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2 lü í Soás Visto y oído rado en el país -estimulase a los constructores del socialismo. También por este lado él viajero advertía la llamada de la emoción. ¿Cuántas veces nos salió al paso la semblanza apasionada del tractor? ¿Cuántas la del automóvil? Los propios escritores soviéticos veían en esos productos de la industria el más simpático de los protagonistas para sus obras. Con un matiz o, mejor, con una exigencia: que él protagonista fuese, de los pies a la cabeza, ruso de nacimiento, hijo legitimo de una fábrica rusa, gobernada por ingenieros rusos v movida por obreros rusos. Esta circunstancia era importanjísima. Los primeros tractores que llegaron al campo no fueron rusos; los primeros automóviles que circularon por las ciudades y las carreteras, inverosímiles carreteras, que esperaban la ocasión de ser atendidas, tamípoco. Este material, aun cuando diese un rendimiento innegable, estaba desestimado. Para que cobrase toda su importancia necesitaba ser un producto de la industria soviética. A ese fin, ¿cuántas fábricas construidas o en curso de construcción? En mis rjotas. de viaje están reseñadas rodas cuantas visitamos. Fábricas inmensas, de donde no habían desaparecido UNA CAJA DE CERILLAS DE PALO i T ¿Rusia? Mi amigo nos daba siempre la misma definición: Edad Media conservada en nieve. No tiene, pues, nada de sorprendente que me impresionase, a pesar de las copiosas definiciones revolucionarias que corregían la de mi amigo, la inmensa obra en que había venido a parar la nueva Rusia soviética. De camino hacia Moscú, con los ojos desmesuradamente abiertos, para sorprender los matices del nuevo paisaje y de la nueva vida, las construcciones fabriles, con el rojo de sus ladrillos inédito, con la seña original de sus chimeneas en la campiña, nos iban preparando la emoción más considerable de nuestro viaje. La emoción de las factorías inmensas, a la que un viajero como yo, educado en las márgenes metalúrgicas de la ría de Bilbao, nunca puede ser insensible. En nuestro itinerario- -largo itinerario a través de Rusia- -estaban acotados los grandes establecimientos de la industria pesada. Por los días de mi viaje, los Soviets se afanaban por dejar cumplido su programa de construcciones en relación con la industria pesada. Moscú, Leningrado, Jarkov, Rostov. Tiflis nos fueron enseñando sus realizaciones industriales. Alguien ha aludido a una mística industrial. Yo sorprendí a Rusia en ese momento de su vida. El tema de la industrialización tenía obsesos a todos los rusos. Incluso a la hora de la comida, la leyenda del cubierto venía a recordarnos el problema. La estepa misma estaba prometida a una rápida industrialización, merced, principalmente, a los grandes servicios que todos se prometían del tractor, ese mismo tractor que nosotros habíamos visto fabricar y que nos era exhibido, terminado y pulido, con la misma unción religiosa que un pope nos hubiera mostrado en otro tiempo el icono de mayor reverencia nacional. Sí; parecía, en efecto, como si una larga ráfaga mística- -de un misticismo en consonancia con el tremendo trastrueque ope- ro HT -1 ít