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NOSOTROS, EN EL MUNDO Cuando hayamos ganado la guerra y. estemos ya curados del utopismo vano y estéril que los necios confunden con el idealismo fecundo y creador, tendremos que mirar al panorama internacional que nos rodea, y orientar nuestra (política de paz con un sentido de seriedad y responsabilidad que antes tíos faltaba. España tendrá que ser un país fuerte, para que los demás le teman, le respeten y le dejen vivir en paz. Un país fuerte quiere decir vertebrado, unido, orgánico, lo cual no; niega la libertad ni desmiente al espíritu revolucionario. Un país puede ser centralista y permanecer invertebrado, disperso el espíritu, caótica la economía. En cambio, un país libre, con un Estado de tipo federal, puede constituir una unidad moral, ideológica y económica dé extraordinaria solidez y fortaleza. Necesitaremos una, economía nacional, Inspirada en la obtención de materias primas españolas, con vistas a la independencia del país a los fines de la guerra. Una economía nacional quiere decir más cara, esto es, que producirá de sí para sí, en muchos casos a costa de mayor trabajo, en tiemipo y en esfuerzo, que si adquiriese las mercancías en el mercado mundial. Las bellas verdades del librecambio y del internacionalismo no son verdades más que en un mundo pacífico, donde no haya Imperios que acechen en las encrucijadas de la historia la hora propicia para devorar a los pueblos débiles e indefensos. Eapaña necesitará una inquebrantable unidad nacional, no la unidad administra- Suponemos que la dolorosa realidad Internacional habrá abierto a estas horas los ojos de muchos compatriotas nuestros, acostumbrados a vivir en el mundo de sus idealismos, sin contrastarlos con la piedra de toque de la realidad. Hemos aprendido en la experiencia que las naciones, como los seres, viven en el ambiente que les rodea y que han de adaptarse, si no quieren perecer. La solidaridad es una ley de la sociedad humana, que nos hace responsables del bien y fiel mal que los demás ejecutan, aun siendo nosotros ajenos e ignorantes de todo ello. De poco vale que nuestra conciencia nos declare Inocentes de los males del mundo, si éstos existen y sus efectos repercuten contra nosotros, sin tener en cuenta nuestra, inocencia. El sabio que se encierra un. día en su torre de marfil, aislándose de) a zafia y agresiva muchedumbre, descubre al cabo que la guerra civil está, en medio de la calle, y le envuelve, y le amenaza, y le atemoriza, a pesar de su aislamiento filosófico, hasta obligarle a trasponer la frontera. El rico usurero y la dama frivola, que, insensibles y egoístas, pretendían vivir su pobre y limitada vida sin dárseles un ardite de las grandes conmociones históricas del pueblo- -sediento éste de grandeza, y de justicia- despiertan de su letargo una mañana, para verse envueltos en la gran tragedia nacional que los arrastra y arruina. Los hartos que no cuidaron que había ham brientos; los cultos a qtiienes no preocupó la ignorancia ajena; los honestos que se juzgaron limpios de la corrupción social que llenaba la cárcel, el tugurio y el prostíbulo, vieron surgir de pronto el espectro de la justicia trascendente, y advirtieron que eran responsables, aunque lo ignorasen, del hambre, de la ignorancia y de la corrupción de todos sus semejantes. ¡Cuan grandes estos momentos revolucionarios en los que, hundidos los convencionalismos sociales, salen a luz las grandes verdades eternas de, la humanidad y del solidarismo í Infructuosamente durante estos últimos años quise enseñar a mis conciudadanos la moral solidaria, y no pude convencerlos, por más que aguzaba los resortes de la lógica y la fuerza plástica de las imágenes retó- ricas. Y he aquí que la revolución, con un solo argumento: la realidad, impone a todos la evidencia que no pudo alcanzar mi filosofía. La solidaridad no es sólo una doctrina filosófica; es un hecho ineludible de la Naturaleza. El arte del hombre consiste, no en negarlo, sino en actuar de acuerdo con la moral que se deduce de los hechos, como el hombre de ciencia aprovecha el conocimiento de las leyes naturales para poner al servicio de la Humanidad las fuerzas misteriosas del universo. Tampoco las naciones pueden aislarse de la atmósfera internacional que las rodea. Nuestra soberanía como nación no tiene poder para quebrantar la solidaridad que liga nuestro destino al de las naciones todas. No basta que nosotros queramos la paz, que permanezcamos indefensos, que cerremos los ojos a la realidad, si en el rincón de Europa en que vivimos se ciernen nubarrones de guerra. ¡Oh, aquella paradisíaca pretensión de Clara Campoamor, que aspiraba a suprimir el presupuesto de guerra! ¡Eterna ilusión humana la de tomar los efectos por causas o de cpnfundir la realidad con nuestras alucinaciones y deseos; Ahora ya sabemos experimentalmente que no basta. querer la paz, sino que es menester merecerla. Mientras haya en Europa Imperios, sólo podrá viviT en paz el que llegue a ser temido por su organización, su unidad, su economía y su armamento. tiva del centralismo, sino la unidad espiritual que nace del reconocimiento de nuestra solidaridad y de nuestro destino como pueblo. Necesitará también una economía, una industria potente de guerra, Una organización que oriente las actividades todas, del país, con vistas al panorama político, de Europa. Y si España no hubiera aprendido esta terrible lección que le cuesta miles de millones y nadie sabe cuántos centenares de miles de víctimas, poco le quedaría ya que hacer en la historia de las naciones libres. Tal economía y tal política presuponen ánimo esforzado para merecer una paz de trabajo, digna de esta guerra de heroísmos. La República nueva, el sistema social nuevo, la justicia social hasta hoy desconocida, sí, mas también una abnegación, una moral de trabajo, un espíritu de solidaridad que idealice el esfuerzo y alegre la fatiga de nuestros músculos, con la satisfacción de nuestros deberes cumplidos. Una. economía y una política así, de guerra defensiva contra las posibles agresiones de los Imperios, exigirá en nosotros más intenso sentimiento de paz, mayor fortaleza de la conciencia civil, más esmerado cultivo de la democracia y de la ciudadanía; no fuera que, huyendo del imperialismo de fuera, viniéramos a caer en la hipertrofia del militarismo, que nos impusiera desde dentro la tiranía, el Imperio y la guerra que quisimos remediar. Porque es una verdad infalible de la Historia que el imperialismo conduce fatalmente a la guei- ra. de conquista contra los demás pueblos. La política de guerra defensiva corre el riesgo de transformarse insensiblemente en política de guerra ofensiva, es decir, de Imperio. Y la única manera dé eludir seme jante peligro consiste en crear y mantener la conciencia, civil despierta y vigilante, que valore en más al ciudadano que al militar y que anteponga el trabajador al soldado, en cuanto que un buen ciudadano trabajador es también el más heroico, abnegado y eficiente de los soldados. FBKHANDO VALERA Estampas del frente Un cambio de impresiones entre una pareja de soldados y la campesina que lava su ropa en el Jarama. (Foto Tello.