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A B C. MARTES 16 DE MARZO DE 1937. EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG. 10, tranquilos, haciendo cálculos aritmético con el Anuario y aspirando a la Orden de San Hermenegildo. A la masa de oficiales que se lian encontrado enrolados ea la sublevación, arrastrados por la audacia de unos pocos y los inconscientes bálagos de ciertas clases soeiaies van dirigidas sus palabras. Es induílabie que lian sido miserablemente engañaslos; sa candidez tiene caracteres de tragedia. Hay que fijarse bien en quiénes son sus aliados e inductores: unos cuantos generales traidores a su Patria, los mismos cjue eran censurados continuamente en los cuartos de banderas. J To paede creer que acaten üa buen grado, ni mucho nienos con entusiasmo, las órdenes de tin CafoaneSlas decrepito, de nn Queipo tan pródigo en derrotas 5 traiciones, cíe un Millán, y así sucesivamente Estos generales tendrán siempre a mano un avión para cruzar la frontera, mientras oue a quienes se dirige caeí án ea el abismo. En cnanto a sas aliados, que les observen detenidamente y verán a les poilos ialarsgiias, que les odiaban y ahora les perfuman 1 con el incienso de sus chillidos patrióticos; qae se fijen en el clero y comprenderán la hipócrita patraña fie sus predicaciones; que contemplen el coro de demás irresponsables por su propia isieiüUira, qae les han cai- díscifio al caos, excitando su vanidad, coa 3 a alabanza a su bizarría. Xios políticos jue íes dedican sus mejores discursos, son los iríissnos cnin Íes apostrofaban cuando su coi- ducta y procedes? no estaba en. armonía con sas intereses. Ahí tienen al fundador fie Ja dinastía de los jabalíes, que aíiorp. resulta ser ¡m tratadista intei- nacionalista. Aquí no hay más que un Frente Popular, un Gobierno legítimo y un Ejército regular de hombres disciplinados y conscientes de su deber, que saben respetar a sus oficiales, más que ¡os facciosos les respetan, porque en las filas leales existe un ideal que los adversarios no tienen. Los jefes y oficiales facciosos son 1 odiados por los soldados, porque les hacen luchar contra sus hermanos y morir en contra de España. Les hicieron creer que su porvenir se perdía, y todo la que han querido conservar es precisamente lo que han perdido. La guerra la tienen perdida, y ellos, como profesionales, lo saben. La guerra la ganará el que tenga el último hombre y el último lingote ce oro; pueden hacer c! balance, y verán. Les hablan de patriotismo, cuando han abierto las puertas do España a la invasión extranjera, cometiendo la traición más vergonzosa, que registra la Historia, y el crimen más espantoso lanzando a. los moros a pelear contra los españoles. Ss indudable que muchos de ellos estarán aterrados ante su hazaña. Bs preciso haber perdido toda s- -isibilidad masculina para ver impasible como están mediatizados por italianos, alemanes, portugueses y moros, y por ese núcleo de oficiales que esperan impacientes el momento de pasear por las calles de Madrid, con aire de vencedores, los uniformes de las tropas coloniales; esos oficiales no pisarán Madrid, porque a Madrid le defiende un pueblo dispuesto a sucumbir antes que perder su independencia. Los facciosos dicen qué Madrid está defendido por un Ejército raso; a Madrid le defiende un Ejercito español, mandado y dirigido por oficiales empalióles. El orador manifiesta que sabe qae muchos de los oficiales rebeldes si les dejaran llevar de su impulso, hace tiempo que hubieran dejado las flías facciosas para luchar a uaesú O Jacio, La causa de su indecisión son las mujeres e hijos, ese lastre precioso que les obliga a ser una vez más comparsas de los que llegan a gastar del prestigio a costa de IÍI ¡sangre ele la císeiaiidad, siendo muchas veces su heroísmo y sacrificio el que lia bordado los entorchados de esos generales. Sigue deciéndoles que en sus manos está su propia salvación; son los más y no están solos, pues les siguen los soldados, que solo esperan a. que un oficial dé la voz de rebeldía; les siguen miles de ciudadanos que, inmóviles ante el terror fascista, solo esp- eran tener un arma en la mano para alzarse contra los traidores. ÜT- ün a las puertas de Madrid, pero Madrid So será Jamás de ellos. España no es un zot í marroquí, no es Abisinia. En Madrid jamás entrarán, porque líos no comprende! heroísmo y la moral de este pueblo glorioso; podrán destruirlo, incendiarlo, pero jamás será de ellos. Mientras haya un hombre habrá un fusil en la trinchera, y cuando éste falte surgirán las mujeres, estas mujeres madrileñas que han visto a sus hijos destrozados; ellas no sabrán manejar una ametralladora, pero saben hervir el aceite para abrasar la cara del invasor. Si este glorioso Madrid- -termina- -Hegara a ser un montón le escombros, todavía habría sobre él un pionero mutilado que alsara la bandera tricolor. Lo que. no hayan conseguido que no esperen lograrlo con esas divisiones italianas que se estrellan contra nuestro Ejército, que tiene elementos suficientes para detenerlas, rechazarlas y destruirlas. EL GENERAL B U R G U E T E ACUSA, CON V I R I L E S ACENTOS, AL ASESINO DE SUS HIJOS, QUEIPO DE LLANO Valencia 15, 3 tarde. El general Burguete ha hecho público un escrito, que titula- Yo acuso en el que hace relación de la vida militar y civil de Queipo de Llano, al que llama asesino de sus hijos Entre otras cosas, dice: Cobarde, perjuro y dos veces traidor Queipo de Llano: Por fin, es cierto has dado fin de los Burguetes, miserable. De aquellos Burguetillos que, rotos y despedazados por la ira, como Ricardo, o acribillado de heridas en el suelo y retirado del campo por sus leales soldados moros en la campaña de Marruecos, como Luis y Manolo, con derecho también a la laureada, al igual que su hermano, fueron vueltos a la vida milagrosamente en manos de médicos abnegados y expertos, para llenar de orgullo al Ejército y a la Patria en los días duros y memorables de Marruecos. Sucumbió Ricardo recientemente a sus terribles heridas incurables, de un hígado cosido y remendado y de un vientre despedazado y vaciado a golpes, cosido y recosido también con zurcidos terribles... Poco después, robada en tu traición Sevilla por ti, miserable Queipo de Llano, has fusilado en ella a Xmis, mi otro hijo aviador, cuando, de orden del Gobierno de la República, acudió con su escuadrilla de Cabo Juby y aterrizó en Tablada sin conocer tu segunda traición ni sospechar tu inmunda hazaña del que espera escondido para aprisionar su presa. ¡Ah! Ya era tuyo quien declaró un día en tu expediente por cobardía mandado incoar por tu abandono a la columna Riquelme, a lá que tenías orden de proteger con la tuya, acudiendo en su auxilio, por sus muchas bajas en el camino de Tetuán a Xauén. Tú no protegiste por miedo, quedándote a mucha distancia, como declaró mi hijo Luis cuando sangrando por sus heridas y bajando de las montañas en brazos de sus leales soldados moros, fue testigo deAtodo. Ya te has vengado de aquella declaración fusilando a Luis y vengándote también. 3 e mí, como presidente que fui de aquel Tribunal que juzgó y sancionó tu conducta ante el segundo expediente que ordenara formar en el campo de Tetuán, donde te expulsó de su presencia el general en jefe del Ejército, Miguel Primo de Rivera, hombre valiente, que te llenó de improperios escupidos, no pudiendo tolerar tu cobardía reiterada. Pero ello consta en el expediente que se instruyó en el Consejo Supremo de Guerra y Marina, y en aquel otro Tribunal que yo presidí también y dispuso por unanimidad tu pase a la escala de reserva, donde en mala hora y sin conocimiento, te sacó 3 a República. Salo tú, miserable bufón, cobarde y borracho, has sido capaz de fusilar también en estos días a mi tercer hijo, Manolo, al Bayardo sin miedo y sin tacha, que ya dejó en Marruecos recuerdos imborrables, siguiendo en fuego con cuatro balazos, con derecho a la cruz laureada de San Fernando y retirado del campo de combate casi exangüe. Este mozo es el comandante Burgüíete, cubierto de gloria una y cien veces en Giiiadix y frente a Granada, en Sierra Nevada, y la Alpujarra con sus milicias, por él improvisadas y organizadas, que rescataron Albacete. Tuvo que acudir a Málaga al mando de una columna improvisa- da, y allí, después de defender el terreno que los facciosos venían arrebatándonos desde Marbella. se refugió con un puñado de valientes e la Sierra da Mljas, jicnde ha sido copado al cabo de seis días. de combate, y a juzgar por cuanto difpTa radio adversa y relatas en tus charlas de loro borracho. Bien cuadra tu misión de gallina mojada en alcohol a tu corazón de verdugo y tu dura cabeza de buey con ejercicio y servidumbre. Pero, óyelo bien: No estoy en- el frente porque estoy en la reserva, donde jn. e tocó pasar suprimida la categoría da, i finiente general, y porque, además, rni ca rgo en la Cruz Roja me obligó a ser pacifista y abominar de la guerra. No olvides que te he seguido y te seguiré en tus andanzas, desde aquella tu huida en aeroplano abandonando a los que alzaste y comprometiste en Cuatro Vientos, y cuando quisiste ponerte a la altura de aquellos hombres, que a mí me tocó juzgar y que estaban en la cárcel, mientras tú, eterno payaso, funcionabas ya de sempiterno bufón en el extranjero, de donde volviste al instaurarse la República, mientras yo juzgaba mi justa sentencia y su razonamiento a la Prensa encerrado en el castillo de Santa Catalina. Volviste a España precipitadamente al instaurarse la República, para buscar acomodo y aun parentesco, andando el tiernpo, con alguno de aquellos a quienes España había confiado su República, y una de tus primeras payasadas fuá la de acudir de uniforme a la; Casa del Pueblo, voceando tu adhesión a la causa del pueblo. ¡Tú, señorito malnacido, de socialista. Óyelo bien, vuelvo a re petírtelo: Si sales de ésta con vida, gracias a tu escondite de araña y a tus aeroplanos, pues espero no te deje sin la merecida sanción el mundo civilizado, que te ve descentrándote de todo aquello que por honor, militar prohiben sus Códigos y las Conveniencias internacionales de La Haya y Ginebra, con la acción reiterada a las naciones para que no se haga lo que tú haces y sólo fue capaz de hacer en la guerra carlista el cura Santa Cruz, fusilando soldados, oficiales y jefes del Gobierno legal, al que sirven por juramento y seguirán sirviendo, cueste lo que cueste y pase lo que pase, como consecuencia del trance doloroso y terrible en que pusiste a los leales. Tú, que no supiste ni sabes nada de nada, y hasta esto ignoras, porque de saber esto ya sabrías aleo, desconoces cuanto se ha escrito en las Convenciones dé La Haya y de Ginebra respecto al trato de prisioneros. Tú, miserable, cobarde, abofeteado en un café de Madrid por uno de los hijos del general Primo de Rivera, al oírte hablar mal del muerto a quien temiste tanto en vida, quedándote con las bofetadas y gritando que pegaban a un sexagenario, que no se podía batir, no olvi- des una vez más que si de todo esto escapas, no escaparás, donde estés, de la tenaza de mis dedos, donde te estrangularé como aquel perro lobo hidrófobo, inmovilizando, a pesar de mis desgarrada! manos, aquella su babeante boca, tan asquerosa como la tuya, pero con la disculpa de que aquél era un animal enfermo, y tú eres un animal sano cío éserpo, aun cuantío corrompido de espíritu, pero de espíritu bovino, a, quien, como definitiva rúbrica de cuanto escribo, escupo en la hedionda boca por donde aspira tu cobardía servil y tu corazón de cobarde- y no maldigo a los tuyos en cien generaciones porque, bastante deshonra les legas con tu apellido mancillado en el mundo entero y tu historia intrépida de cobarde y vengativo asesino, cuyas manos ensangrentadas ni en ti ni en los tuyos se verán, nunca limpias, como el