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A 1- R- -C, í I E F E B R E R O- D E 1937. EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG. i í volución? Como de costumbre, me coge- de improviso el problema. El día 18 de julio, cuando se difundía por todas partes la sublevación militar y no había grandes esperanzas de dominarla, me planteaba yo esta misma cuestión. ¡1 pronunciamiento militar es la guerra; la guerra es la revolución social pensé entonces. Y también, como de costumbre, escribí mi pensamiento. A fines de julio publiqué varios artículos explicando el rumbo que debía seguir la revolución y el modo de encauzarla. No sé si algún curioso conservará aquellos trabajos- -yo, desde luego, no conservo nunca nada, y menos lo mío- si así fuera, relíalos y comprobará mis certeras previsiones. Pedía yo entonces rápidas medidas de gobierno a ejecutar por los Ayuntamientos, que, en síntesis, hicieran lo siguiente: primero, nacionalizar la renta y el dominio de la tierra, respetando al campesino el uso, así como la propiedad, de las cosechas; segundo, nacionalizar todas las propiedades y bienes de la Iglesia; tercero, incautación de todos los bienes, propiedades y valores de los enemigos del régimen, y cuarto, municipalización de la riqueza urbana, respetando a los propietarios adictos a la República una renta prudencial y módica. Era lo menos que podía hacer una revolución. Kadie, como de costumbre, me hiso caso. Hoy todo aquello que pudo realiaar de un modo ordenado el Poder público ha tenido que ser objeto de espontáneas improvisaciones por el pueblo, con la consiguiente pérdida de eficacia y con el inevitable agravio para la justicia. No habrá verdaderas socializaciones ni incautaciones hasta que los bienes privados se hayan convertido en bienes públicos o comunales, es decir, bienes cuyo dominio pertenezca a entidades públicas, para fines públicos y de utilidad común. Y mientras así no sea, sólo ze habrán llevado a cabo unas simples, aunque anormales transmisiones de dominio, que no alteran el carácter privado de la propiedad. Esto me parece evidente. Los hechos demostraron, pues, que yo planteaba bien a fines de. julio el problema cío la revolución. Pero. es que, además de la orientación revolucionaria, existía otro problema importantísimo, éste de índole poh üea: ¿Quién controlará la revolución? Se trata de controlar una cosa viva, creadora, fecunda. Controlar la revolución no puede eer asfixiarla, desviarla o corromperla, sino interpretarla conforme a su verdadero impulso inicial, de acuerdo con su genuino destino histórico. El impulso y el destino deben hablar por nosotros. ¿Queremos hacer de la revolución lina obra pequeñita y sectaria, conforme a la doctrina más o menos vaga de esta o la etra organización? Pues eso equivale a desconocer el impulso y a traicionar el destirio (Je nuestra revolución. La España trabajadora se puso en pie un buen día de julio, con olvido de todo lo que no fuera el sentimiento de su libertad amenazada. En los primeros días, cuando el impulso de, la revolución estaba virgen en cada uno de nosotros, todos nos olvidamos de lo particular, de lo doctrinal, de lo sectario, para pensar en una sola cosa: la Libertad, la República. A más de un luchador le hice observar el hecho curioso de que durante las más afanosas y duras horas del primer momento nadie pensó más que en Ja República de todos, en la Libertad de todos. Ni se ostentaban otros emblemas que los de la República, ni se cantaban más himnos que el de Riego. Quizá era la primera vez que el pueblo entonaba espontánea y emocionalmente el viejo himno de la Libertad. Así, pues, toda aspiración de controlar la revolución que tuviera el oculto designio de supeditarla a una sola organización sindical o política, sería infiel al impulso inicial que la dio vidai La revolución española es una obra nacional, porque la alimentó con su sangre todo el pueblo libre. ¿Quién controlará, pues, la revolución ¿QUIÉN, C O N T R O A R A EL DOCTOR MARANON ESCRIBE I LA REVOLUCIÓN? CARTA EN PARÍS QUE LE ACREDITA Por Fernando Valera He ahí una preguntas que alborea en el ambiente. Ya hemos. visto despuntar sus COMO DESLEAL Y ANTJPATRIOTA primeros rayos. ¿Quién controlará la reEl doctor Marañan, que hasta hace poco residió en Valencia, prestando, según se dijo, sus valiosos, servicios al Gobierno de la República, se encuentra actualmente en París, a donde fue con el pretexto ele dar unas conferencias en la Sorbona. Desde allí ha dirigido una carta a Agustín Edwards, que caracteriza a Gregorio Márañón como un desleal y un traidor. Quien como él. pertenecía a un grupo antifascista de los que forman parte del Gobierno y ha aprovechado el título de Raíz y decoro de España para uno de sus libros, ha perdido su decoro propio mes que he salido de Madrid. Además, esto mismo que le digo a usted se lo he dicho personalmente a algún ministro del Gobierno del Frente Popular, antes de su marcha a Valencia. Es absolutamente exacto que, en contra de lo que, sin duda de buena fe, cree 1 Gobierno, el número de asilados que pueden considerarse como gentes de derecha es escasísimo. La mayoría, son personas aterradas por el espectáculo diario d las persecuciones, que alcanzaban a los medios de los liberales de siempre, incluso republicanos. Disimular ésto es faltar a la verdad, y a una verdad que constituye el hecho capital de la revolución española. Yo no puedo darle a usted los nombres de las personas de izquierda o absolutamente neutras que han tenido que esconderse por el justificado temor de perder la vida, ya por haber sido directamente perseguidos, ya por haber visto de cerca la persecución de los suyos. Pero sé que basta, que yo se lo diga para que usted me crea. Es muy posible que yo no vuelva a España nunca, precisamente porque acaso me sería difícil vivir, aunque quisiera, sin abdicar cada día del derecho de decir la verdad. Donde esté la diré mientras viva. T. ahora digo que, salvo un pequeño número, los asilados en las Embajadas, extranjeras están dentro del más elemental derecho de asilo; y, claro es que, para mí, es otro pequeño número, también; porqueísolo una mentalidad inhumana puede considerar como condenables a muerte a lo s que piensan de un modo distinto al nuestro. Como esta tolerancia era el ideal fundamental de muchos de nosotros, ahora nos duele con dolor de tragedia el ver que el negarle se considera como una cosa natural. Por eso están asilados o voluntariamente desterrados la casi totalidad de los hombres de izquierda española, cuyo izquierdismo no iba hasta cruzarse de brazos ante el crirnerr. No conozco exactamente el caso Madariaga, pero tiene s usted donde escoger entre las docenas y docenas de profesores de la Universidad española- -casi el 80 por 100- en su mayoría liberales y republicanos, que viven ahora en Francia y en otros países; y, más aún, a los ex ministros republicanos; todavía más, a los propios ex ministros del Frente Popular, que con distintos pretextos están ausentes de la Repúal servirle a Agustín Edwards el venenoso blica democrática y parlamentaria, a la enjuague de la carta que transcribimos, y que no quieren volver. De varios 4 e esos no vale adobarla con el estúpido humo- refugiados y ausentes es absolutamente rismo de convertir al inmortal Pérez Galcierto que han tenido que buscar el auxilio dós en perseguido de la República y del extranjero por denuncias aparecidas en los pueblo, si ahora viviera, porque es aumen- periódicos oficiales. tar la felonía, manchando el nombre del Piense usted que no le habla un renegado glorioso autor de los Episodios Kacionade sus ideas les que derrochaba patriotismo, con alu- ahora como de siempre; sino quien, por ser siempre fiel ellas, siones desde el extranjero, que quieren jus- convertirlas en tapaderasa de la no puede violencia, tificar una cobardía y una traición. de la arbitrariedad y del fanatismo: de todo El mayor escarnio que se le ha podido aquello que he combatido siempre y que ocurrir al diagnosticador de los estados in- combatiré mientras viva. tersexuales es escudarse con el cantor de Lo que haga usted para ayudar la epopeya del 2 de Mayo, en estos días asilados de Madrid será una obra a los digna en que Madrid repite, sublimándola, una de la que están haciendo los beneméritos brillante página de su historia. representantes de los países extranjeros; casi todos ellos, por lo menos, y muy especialmente los de las Repúblicas america París, 26 de enero de 1937. nas, a las que ahora han aprendido los Excmo. Sr. D. Agustín Edwards. españoles a amar; porque no han olvidado Mi distinguido amigo: Le hablo al mar- que el respeto a la vida humana es tan gen de toda posición política. Pero, por sagrado, que junto a él todo eso de las mi condición de médico, he entrado consideas apenas serviría, como dijo nuestro tantemente en casi todas las Embajadas Galdós (que hoy también estaría escondido) de Madrid para ver a los asilados enfer para abonar los campos mos y puedo hablar del asunto con un perMuy suyo affmo. amigo Gregorio Mafecto conocimiento de causa. Hace sólo un rañón. El que la hizo: el pueblo. Ni este ni el otro partido; ni este ni el otro grupo: el pueblo. En la hora más difícil juntos asaltaron los primeros y más difíciles baluartes del enemigo republicanos, marxistas y anarquistas; obreros, campesinos e intelectuales; militares y paisanos; fuerzas coercitivas del Estado y grupos rebeldes de la calle. Todos fueron precisos; todos ofrendaron su vidaf todos tuvieron héroes y mártires; quizá sin el más humilde habría sucumbido el más pode- oso. La revolución la hizo el pueblo. quién sino el pueblo la sostiene con su saerificio y su trabajoj? Necio habría de