Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
EL SEÑOR DE BEMBIBRE NOVELA POR ENRIQUE GIL Y CARRASCO dad dé qué dé nuevo se anudase aquel lazo que ya antes había roto con el enlace del conde de Lemus, y que entonces parecía traído por una mano invisible. Desde el día mismo de la sentencia volvió a sus cabalas y maquinaciones, procurando torcer el ánimo de los obispos para que declarasen templario a don Alvaro, y como tal sin absolverle de ninguno de sus votos le sujetasen a la final determinación del Sumo Pontífice. Con esto se lograba que, continuando sus bienes en secuestro, perdiese aquella insigne milicia la esperanza de mejorar su causa al abrigo de un señor poderoso y valiente, mientras el tiempo y el decaimiento a que habían venido acababan de todo punto con su lustre y prestigio. Sólo de esta suerte podía descansar su codicia acerca del fruto que pensaba sacar aquel rico botín. Con grandes obstáculos tenía que luchar, sin embargo, y no era el menor de todos ciertamente ser él quien tan solicito se mostraba en semejante fallo, porque su reputación no podía andar más despreciada y abatida, aunque se abrigase de la majestad y pompa del rey y su sobrino. Por otra parte, las candorosas declaraciones de don Alvaro, que; viendo ya en salvo el honor y aun la vida de sus hermanos, había acallado por fin los generosos escrúpulos de su honor; las cartas del infante a don Juan Núñez, en que se revelaba la negra trama de Tordehumos; los esfuerzos de este buen caballero, sinceramente arrepentido y deseoso de enmendar su anterior conducta, y el noble desprendimiento de Saldaña, que a trueque de favorecer al señor de Bémbibre no vaciló en acusarse de haber ejercido coacción en el maestre para su admisión en la Orden, eran contrapeso más que suficiente a las intrigas y maquinaciones de aquel mal caballero. No era la cuestión de gobierno y buena política la sometida a la sensatez de los prelados de Castilla y Portugal, sino de justicia estricta y rigorosa, y así, desde luego manifestaron su resolución de favorecer a don Alvaro. En tan robusto fundamento descansaban las esperanzas del abad de Carracedo y las seguridades, temerarias sin duda, de doña Beatriz. Desgraciadamente no estaba del mismo modo de pensar el inquisidor delegado del Papa, y sin su ayuda mal podía ponerse el sello, a la ventura de aquellos desdichados amantes. Arrastrado por el rey de Francia, según ya dijimos, entró Clemente en la persecución de los templarios; la política más que el encono le mantuvo en aquella senda indigna de la majestad pontificia, y atendiendo a ella más que a otra cosa, sus legados salieron bien penetrados de sus instrucciones y decididos a. llevar a cabo sus intentos. Viendo, pues, Aymerico, que los padres de Salamanca, puesta la mira únicamente en la justicia, se inclinaban a pronunciar la nulidad de los votos de don Alvaro, y ocupado de los mismos temores que el infante don Juan, comenzó a suscitar estorbos a la decisión del concilio. No le valieron, sin embargo, sus astucias; así es que, pasado poco tiempo, hubo de recaer su fallo sobre este incidente del gran proceso del Temple. La sentencia declaró a don Alvaro libre de los votos de obediencia y pobreza, únicos que le ligaban a la Orden, y le restituyó todos sus bienes y derechos, pero no pudo coronar la obra de virtud de aquellos piadosos prelados. El voto de castidad y pureza, atadura la más fuerte de todas, quedaba sujeto a la jurisdicción especial del legado pontificio; pues cualquiera que fuese la nulidad de los otros, al cabo todos se referían a un orden de cosas ya finado o suspenso por lo menos, al paso que éste, como de obligación absoluta y puramente individual, no estaba sujeto a tiempo ni circunstancias, habiendo sido pronunciado voluntariamente. Semejante explicación, como otras muchas que se fundan en una mezquina y farisaica explicación de las leyes, tenía mucho más de escolástica y teológica que dé caritativa y benéfica, porqueel ningún valor esencial de la profesión de don Alvaro, mal podía fprtalecer ninguna de las obligaciones con ella contraídas, y por otra parte ningún empleo más noble podía buscarse al poder de la religión que remediar los daños de la iniquidad y perfidia. Por dado que fuese el siglo aquél a sutilezas de escuela, de tanto bulto eran estas razones y tan acomodada por otra parte la solicitud al espíritu del Evangelio, que los obispos todos, con el mayor encarecimiento, rogaron al inquisidor que en uso de sus facultades extraordinarias rompiese la última valla que se oponía a la felicidad de dos personas tan dignas de estimación y de respeto por sus desventuras y por, su elevado carácter, agradeciendo así las hazañas de don Alvaro en Andalucía y Tordehumos y librando a un tiempo de su final ruina a dos linajes esclarecidos y antiguos. Cabalmente estas razones eran las que más desviaban al inquisidor de otorgar la demanda, pues no habiendo sido poderosa su influencia a estorbar la declaración que restituía a. don Alvaro a la clase de señor independiente, el único medio que tenía de disminuir su poderío era impedir aquel enlace deseado. Tan cierto es, que la mano de la política y la razón de estado sin escrúpulo trastornan las esperanzas más legítimas y se burlan de todos los sufrimientos del alma. Perseverante, pues, en su propósito; desoyó Aymerico, no sólo las reclamaciones del abad y de los prelados, sino los ruegos de una gran porción de señores que, guiados por don Juan Núñez de- Lara y llenos de afición a don Alvaro, emplearon todos sus esfuerzos en allanarle el- camino de su felicidad. Recayó, pues, brevemente la sentencia, dando por válido y obligatorio el voto de que se trataba hasta que el Sumo Pontífice, en el concilio general que debía celebrarse en Viena del Delfinado, determinase lo más justo. El inquisidor, por su parte, para dulcificar algún tanto la amargura de este fallo, ofreció interponer sus buenos oficios con la Corte romana para la resolución definitiva de este asunto, que en conciencia no había podido zanjar favorablemente, según decía. Ninguno se dejó engañar, sin embargo, porque, acudiendo al concilio de Viena casi todos los obispos de la cristiandad y habiendo de verse en él las piezas innumerables del inmenso proceso del Temple, no había imaginación que le viese el término, ni esperanza que hasta su fin pudiese llegar. Muy general fue la pesadumbre que ocasionó semejante desenlace, pero la del abad, del maestre, de Saldaña y de don Juan Núñez de Lara, fue grandísima y sobremanera amarga, aunque dictada por tan distantes motivos. Mucho le pesaba al buen religioso de ver así malogrados sus afanes, y a los ancianos- caballeros asistir a los funerales de la última esperanza de don Alvaro, pero en Lara se mezclaba al dolor el más vivo remordimiento, y de todos ellos era quizá el más digno de compasión. Por lo que hace a aquel desventurado joven, no se le oyó más que una queja: la de ver definitivamente separada su suerte de la de los templarios, cuando acababan de romper el último talismán que podía hacerle agradable el poder y los honores. Desde entonces hasta el día en que hubo de dar la vuelta al Bierzo en compañía del abad, no volvió a pronunciar una sola palabra sobre su suerte; pero en aquella ocasión, y sobre todo al despedirse de Saldaña, soltó la compresa a su dolor y maldijo mil veces del sino que había traído al mundo. El anciano le consoló como pudo, exhortándole a la fortaleza y poniéndole delante la inmensidad del porvenir con que le brindaba su juventud. Tanto él como el maestre y casi todos los caballeros quedaban en calidad de reclusos esparcidos en monasterios y conventos apartados hasta la resolución del Papa; así, pues, don Alvaro, después de haber recibido la bendición de su tío y los abrazos de Saldaña y de sus compañeros, salió de Salaman ca con el abad de Carracedo, desamparado y triste como nunca. Después de tantos desengaños y severas lecciones, al cabo de tantos vaivenes dentro de su propio corazón y en los revueltos caminos del mundo, la luz de la esperanza sólo podía iluminar, dudosa y turbiamente, las tinieblas de su alrna. No se le ocultaba el estado de doña Beatriz y el terrible golpe que con el último suceso iba a recibir, y contra aquel presentimiento, contra aquella voz interna, se estrellaban todos los consuelos y reflexiones del abad; bien es verdad que los mismos temores y zozobras asaltaban el alma del anciano y privaban a su voz de aquel acento de seguridad tan necesario para comunicar el valor y la confianza. El viaje, por consiguiente, fue muy desabrido y silencioso. Había pensado el monje presentarse desde luego en la quinta de Carracedo y preparar por sí mismo a doña Beatriz para la dura prueba a que volvía a sujetarla la suerte; pero meior mirado todo, juzgó más prudente detenerse a descansar en Bembibre y desde allí escribir a don Alonso todo lo ocurrido. Habínse adelantado Millán a la impensada nueva del regreso de su amo, y todo Bémbibre salió a su encuentro, pues ni un solo día habían dejado de rezar por su feliz y pronta vuelta ni echar de menos su autoridad paternal. Don Alvaro procuró corresponder, como siempre, a aquellas sencillas muestras de aprecio, pero nadie dejó de observar con disgusto cuan mudado estaba con los pesares el semblante de su señor. La guarnición, que en nombre del rey ocupaba el castillo, lo dejó al punto en manos de su legítimo dueño y un buen número de los soldados que habían acompañado a don Alvaro a la expedición de Tordehumos se apresuraron a guarnecerlo. En una palabra, el día entero, y aun algunos de los posteriores, se pasaron en dan (Continuaró. y, -61-