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LA R A Í Z El día que los defensores de una España genuina nos lancemos a precisar, en una lista civil y santamente inquisitorial, los nombres familiares y personales de los bacilos en quienes radica el nial de Fl pañar quedaran los españoles asombrados de que sea tan poca gente la que constituye el terribi; cáncer de nuestra Patria. La historia de España podría escribirse desde final del siglo xvn, señalando los pocos espíritus heroicos que pusieron el dedo en la llaga. ¡Cabría esa historia en una cuartilla! El útimo audaz que osó intuir el mal fue el general Primo de Rivera. Pero apenas se decidió a atacarlo, el morbo se rí -olvió y atacó al cirujr. ro. haciéndole pagar con la vida tamaña audacia. La vuelta a la normalidad se llamó el castigo dz asfixia con que el dictador pagó su descubrimiento. Como en el famoso cuento de Grimir. España es un castillo por el que se puede andar impunemente por todas partes, pero sin mirar en una cámara secreta. Sólo mirar por el ojo de su cerradura, expone a la persecución y al peligro. Como el Maricnkivd del cuento, yo no sólo he mirado por la cerradura, sino que he entrado en la secreta estancia. Claro, que ¡así me va a mi desde entonces! Yo he visto y he andado entre los espíritus que en ese misterioso apartado preparan y manipulan los maleficios de España. Y he visto que no- eran demonios ni fantasmas, sino personas muy correctas, de perfil insospechable, que luego circulaban por todo el castillo, por todo el país, pasando inadvertida: sigilosas, disimuladas y sin jamás dar del todo la cara. Infiltradas en las izquierdas y en las derechas, pero siempre en el lado del triunfo y del goce político. ¡Cuántas amarguras y soledades, por haber dado en el secreto! Porque esos amos de España presienten ya el día en que la España genuMia precise en una lista civil y santamente inquisitiva sus nombres, para estirparlos radicalmente. Presiente que ese día nuestro pueblo resucitará, curará su mal de ojo y sanará como por encanto. El día que descubramos que los nervios esenciales de nuestra Prensa, de nuestro fine, de nuestra Universidad, de muestra Escuela, de nuestro Ejército, de nuestro Trabajo, de nuestra Banca, están en manos da unas cuantas familias que van consolidando sus parentescos de interés incluso con enJaces consanguíneos, en una cadena tentacular, en un anillarse de ofidio, quedaremos estupefactos ante esa raiz del mal. Son esas minorías que desde hace dos siglos han ido sustituyendo lenta, incansablemente a las viejas aristocracias del sistema imperial de España. Son esas gentes nacidas de la burguesía ciudadana, que fueron corroyendo los cuadros jerárquicos de todo un imperio católico en el mundo. Surgidas bajo el aliento rencoroso de la Reforma y del Racionalismo, de los valores dinerarios y burgueses, esas gentes fueron poco a poco cuajando su poder y su España Nada había que decir contra esas nuevas minorías de origen burgués, contra esos mejores contra esos selectos -si al derrotar, tras dos siglos de pugna a la España genial y perfecta del siglo xvi- -hubiesen construido otra España sucedánea, perfecta y genial. Nadie debe defender lo viejo contra lo nuevo. Pero tampoco lo más podrido contra lo putrefacto. Nada habría que decir contra esas minoirías, como no hubo nada que decir contra la Francia nacida en el 89, que supo cuajar un Napoleón y una revolución nacional- -y luego universal: la de los Derechos del hombre- Una Francia burguesa que sustituyó con ventaja a la vacilante de los últimos ¡Luises. Yfemular en grandeza e imperio los mejores tiempos de Richelieu y Luis XIV. DEL MAL Pero nuestros burgueses revolucionarios en vez de recrear en nueva planta la política austríaca de España- -se aliaron con el enemigo eterno de España, creyendo que Kant, Herriot, Mac Donald, Tolstoi, el popularismo belga o León Blum- -eran los modelos hispánicos por excelencia. Claro que con su cuenta y razón. Porque ello les ha servido- -a este puñado de núcleos selectos- -para chuparse el presupuesto del Estado y para sorberse la medula de España. A ellos, ¿qué les importa el que España se fraccione en Estados y se parta los huesos con bombas y pase algún dia el Negus a ocupar aquí el puesto perdido en Abisinia? Ellos tienen sus puestos, sus carrozas, sus barrios aparte en la ciudad y sus policías. Sus guardias pretorianos para dejar fuera de circulación al que mire por la cerradura y les llame lo que son: traidores y bastardos, de una casta cancerosa que corroe a España. Morbos peligrosísimos, e s o s bastardos. Los encontraréis en todas las situaciones políticas de España desde hace dos siglos. Se harán monárquicos, republicanos, demócratas o dictatoriales. Con fervor tan inusitado como sospechoso. El 14 de abril o el 16 de febrero, valiosos socialeros pasarán a fascistas- -ya están pasando- -en cuanto la cosa se ponga a tono. Contra ese mal de España no hay más que el descubrir su raiz y destrozar sus tentáculos. Pero eso no se hace con un golpe o una política a la antigua usanza. Porque puede ocurrir- ¡y quizá ya está ocurriendo otra vez! -que los bacilos aniden ya en el mismo corazón del que debería extirparlos. La revolución nacional de España tan sólo en esto consistirá: en dejar las ramas y atacar a la raiz. España sueña en el Sigfredo castellano que sepa matar ese dragón. E. GIMÉNEZ CABALLERO EL COMERCIO ENTRE ESPAÑA E 1 NGLATERRA Todos los años por este tiempo, con ocasión de la Asamblea general que celebra la Cámara de Comercio de España en Londres, escribimos sobre las relaciones comerciales entre nuestro país e Inglaterra. Tenemos el propósito de seguir escribiendo- -Dios mediante- -acerca de tan importante asunto, firmemente convencidos de que, como la gota de agua sobre la piedra, nuestras palabras acabarán por hacer mella en esa dura coraza que parece insensibilizar a los resortes estatales cuya actuación sería tan conveniente para los intereses patrios directamente afectados por aquellas relaciones. Empezamos, sin embargo, a concebir la sospecha de que nuestra intervención en este asunto tardará en surtir efecto tanto como la aludida gota de agua; no es éste el tiempo de ver florecer rápidamente los anhelos ae carácter constructivo. Y, siti embargo, a pesar de las circunstancias que atraviesa el mundo, y de la política proteccionista que impera en la Gran Bretaña, desde hace ya un lustro, seguimos persuadidos de que existe un margen amplio, casi inexplorado todavía, para intensificar esas relaciones Pensemos en la calidad de los frutos y legumbres que produce nuestro país, y en los que podría producir, sin olvidar las flores, para las cuales hay en Londres un mercado de insospechadas posibilidades; recordemos que España es el país al sol -más próximo a Inglaterra, y que los fletes, na obstante poder aventajar en baratura a los de cualquier otra nación en latitud parecida, no han sido organizados todavía, ni en cuanto a velocidad ni en adelantos técnicos, ya existentes para transportar productos similares a los nuestros, desde regiones mucho más remotas. La experiencia propia nos hace ver, a diario, la inmensidad del consumo británico, la escasez de la producción nacional destinada a satisfacerlo, y el progresivo deterioro en la calidad de los alimentos al alcance de la inmensa mayoría del pueblo inglés, debido, precisamente, a la lejanía de los territorios abastecedores, que impone el empleo de sustancias químicas para preservar esos alimentos durante largas travesías. No ya los avances de la horticultura, sino ni siquiera la elevación de los aranceles, loaran proteger los frutos y legumbres producidos en Inglaterra contra la competencia de los que se producen en otras naciones, al calor del sol, por obra y gracia de una naturaleza más propicia a estos cultivos. Aun ahora, en plena primavera, las patatas nuevas se han vendido a precios absolutamente prohibitivos; cada pepino cuesta cerca de seis reales, y algo más la libra de tomates. Cuando se tiene todo esto en cuenta, queda fuera de dudas que con pericia, iniciativa e imaginación por parte del productor español, ayudado por la reorganización total de los medios de transporte conocidos, y por la implantación de los más rápidos y modernos, una política comercial acertada, basada en las premisas anteriores, que a su vez suponen paz en la tierra española, e inteligencia- -en el doble sentido, de la palabra- -del capital y del trabajo, podría multiplicar las relaciones comerciales angftphispanas, con la correspondiente intensificación de las importaciones británicas en España. Pero por desgracia es evidente que no estamos todavía en vísperas de tan satisfactorio estado de cosas. El hecho escueto es que el valor de nuestras exportaciones a Inglaterra, que en 1933 ascendió a 158 millones de pesetas oro, descendió en 1934 a 142 millones, y en 1935. a 127 millones. En el año 1935, correspondió a España el 1,50 por 100 de la importación inglesa, porcentaje que señala una disminución del 0,04 por 100 sobre el año anterior, mientras que la disminución del año 1934 sobre el de 1933 fue de 0,08 por 100; en 1934 aparecíanlos en duodécimo lugar entre los países suministradores de la Gran Bretaña, a excepción de sus dominios y colonias; pero en 1935 bajamos al 14 puesto. Es decir, que no sólo de un modo absoluto, sino relativamente, vamos peor cada año. En cambio, España importó en 1935 el 1,26 por 100 de la exportación inglesa, con un aumento del 0,05 por 100 sobre 1934, y de 0,06 sobre 1933. En la Memoria anual de la Cámara de Comercio de España en Londres, hay datos de gran interés. Algunos, desconsoladores, como los que se refieren al arroz español, que sin primas ni ayudas, ha perdido un mercado en el que gozaba de gran predilección hasta el punto de que la exportación española de este prodr- que en 1930 ascendió a 502.406 quintales ingleses, con un valor de 370.927 libras, descendió en 1933 a 31.635 quintales, valorados en 12.693 libras. Tan considerable pérdida no se compensa por el alza experimentada en nuestras exportaciones a Inglaterra de almendras y avellanas, que suben, respectivamente, desde 766.231 libras, y desde 119.224 a 239.204. Obsérvase un aumento de 3.000 quintales métricos en la exportación a Inglaterra de castañas españolas, debido principalmente a las sanciones que pesan sobre Italia; pero es de temer que desaparezca en cuanto cambien las circunstancias, sobre todo si Asturias y Huelva- -provincias ambas que por su situación y proximidad al mar deberían competir ventajosamente siempre con Italia- -no aprovechan el momento presente para cuidar la clasificación y calidad del fruto.