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aspecto grave del intelectual. Pero la gruesa papada, la barriga y la voluminosa envoltura física, eran claro indicio de. que el célebre humorista no parecía insensible a los placeres materiales. En efecto, duran ¿Es de estos días la noticia? ¿De qué Conocí personalmente a Chésterton en te su breve instancia en Madrid tuve ocatiempo, lejano parece, más bien, llegar; de Madrid, hace unos años. Venía a. dar aquí sión de comer un par de- veces con Chésqué otra época en que los hombres tenían una, conferencia en la Residencia- de Estu- terton y una de elías a su lado. Pude conél. Comité de sus deberes una noción 3 a olvidada? diantes, invitado por Duque deHispano In- vencerme entonces de que Chésterton tenía Alba. Hay ahora, bajo la tierra de España, en gíés, aque preside él centro de. enlaceGra- un apetito formidable. Y también me cli su un obscuro pueblecillo de Albacete, el cadá- cias este verdaderoprestigiosas figurasinte- cuenta de que hacía compatible Endevoción lectual con las más del con vano su ver de un ciudadano d- el que queremos ha- mundo anglosajón, trátese de autores, geó- a CristoMrs. el culto de Baca esposa Chéstertonj dominante y 1o blar, no con el respeto convencional que logos o exploradores- por la Presidencia cuaz- -que tenía la manía lamentable de inimpone la muerte, sino con estimación ver- han desfilado personalidades de tanto relie- terrumpir a su marido o de contestar por daderamente sentida. Entre todos los cuer- ve ve como Rudyard Kipling, Hilajre Be- él cuando se le hablaba- -lanzaba a éste mipos ensangrentados que descienden diaria- lloc, Wells, Howard Cárter, etc. Mi curio- radas severas al verle vaciar vaso tras vaso. mente a la tumba, sólo a ese puede apuntar sidad por ver y oír a Chésterton era bien El humorista, con un reflejo burlón en la la pluma del comentarista para convertirlo comprensible, aun cuando la experiencia me mirada, fingía ignorar la existencia de su en un nuevo Lázaro por ese breve tiempo ha desilusionado casi siempre que he cono- cara mitad mientras paladeaba los buenos que dura en la atención un artículo de pe- cido a un artista o escritor célebre. Pero vinos. Una vez, después de los postres, le vi esta ocasión de ser riódico. Muchos hombres sucumben trági- ¿cómo no aprovechar literato, popularizado levantar su última copa de licor en unjbrinpresentado al célebre camente. Unos llevan en sus ojos vidriados en Inglaterra por sus iniciales G. K. C. o dis mudo a su mujer, lleno de malicia intenpude contener la la iría lucecita del odio; otros, la. niebla del sea Gilbert Keith Chésterton? Quien entre cionada, ante el cual noviera en esto una terror. Las precauciones políticas echan pa- los ingleses es siempre aludido por las ini- risa. Sentiría que nadie acusación de embriaguez. Al contrario, letadas de silencio sobre sus sepulturas. La ciales como G. B. S. -George Bernard Chésterton tenía sin duda la misma capasangre ha perdido ya aquella voz con que Shaw- -puede ufanarse de haber llegado has- cidad para beber y comer que para el trallegaba al cielo en las edades de Abel. Se ta el pináculo de la fama. Y este era el caso bajo. Como sucede en tales casos, la buena la enarena, como en los circos, para que de Chésterton, humorista de enciclopedia mesa aumentaba su cordialidad humana y su mancha no alarme. Pero, llenos de piedad, cultura y pluma de desbordante fecundidad hacía brotar chispas de su ingenio al hablar podemos acercarnos en este caso a un hom- que a más de llenar semanalmente varias de los hombres y de los acontecimientos. Su bre en cuyo cráneo una bala abrió el camino páginas de semanarios y revistas aun ha- conversación era encantadora, sin asomó de llaba tiempo de escribir poemas, ensayos, dogmatismo, ni aires de superioridad. Se por donde se le fue la vida. novelas, biografías y obras de polémica y ha dicho demasiado en Inglaterra que GilEl accidente tuvo la triste vulgaridad de de crítica literaria. bert II. Chésterton se parecía al inmortal lo que es casi cotidiano. Una camioneta en su obesidad? ¿Por í Curioso tipo este Chésíerton! Su pro- Dr. Johnson... ¿PorQuizá... Mas no ensu la que viajaban cuatro personas fue alcanenorme erudición? el erudición desechaba zada por un tren en el paso a nivel de To- digiosadisfraz inútil en un toda pedantería, carácter, ciertamente, ya que el de Chésespíritu sano y barra. Los cuatro murieron, terriblemente como vigoroso. Devorador de libros, era al pro- terton carecía de ese ímpetu agresivo, de despedazadas. Y después ocurrió lo extra- pio tiempo un agudo obse: vador de la vida esa verbosidad inagotable, de ese espíritu ordinario. El guardabarrera culpable de la y de los hombres. Sincero en sus convic- amargo, sarcástico, intolerante, del temible catástrofe por su negligencia, al enterarse, ciones, -disimulaba su seriedad bajo brillan- doctor literato que tuvo al g; nial Boswell del suceso, se suicidó de un tiro en la sien. tes paradojas y un humorismo inagotable. por biógrafo. La humanidad estaba orgullosa de haber Aun cuando la Iglesia católica le contaba Logré captar su atención al hablarle de conseguido que el espíritu triunfase de la entre sus fieles, desde hacía ya tiempo, su literatura inglesa y de sus propias obras. misma Naturaleza. Sobre el instinto de con- conversión- sensacional estaba desprovista de Aludiendo a su admirable biografía crítica servación, una de las dos cumbres de nues- ese hondo dramatismo que ha precedido sobre Dickens y a su luminoso compendio tra esencia, habían llegado a alzarse posi- otros casos de conciencia como el de un La Edad Victoriano en la Literatura le exciones dominadoras. En los hombres se lle- Newman por ejemplo. No había sentimenta- presé mi esperanza de que algún día escrigó a crear un sentido tan profundo, tan lidad ninguna en su continua defensa del biera también un Thackeray, ya. que su escatolicismo. Defendía a Cristo contra los delicado, tan fuerte y completo que triun- herejes igual que un bufón pudiere, defen- píritu tenía tantas afinidades con el gran faba hasta del amor a la vida: el sentido der a su señor. Es decir esgrimiendo su humorista de La Feria de la Vanidad y del de la responsabilidad. El banquero que se acerada dialéctica lanzando ironías a los Libro de los Snobs. Pareció agradarle en extremo la idea y desde luego me confesó su equivocaba en sus presunciones, el general adversarios de la religión, por estar ys. de predilección por aquel insuperable retratista derrotado, el capitán cuyo buque encallaba, vuelta de todas las doctrinas filosóficas y las de la sociedad inglesa del siglo xix, cuya audacias negativas. no eran siempre aborrecibles responsables gloria quedó ensombrecida por la populari de su fracaso, sino, en la mayoría de los Debo añadir que el hombre no defraudó dad de su contemporáneo Dickens. Después r casos, víctimas del azar. Sin embargo, no mis esperanzas con. o me ha r. icedido con nuestra conversación derivó hacia obras y vacilaban en aplicarse la más rigurosa de otros autores. Chésterton era un gigante autores actuales, inspirándome las ingeniolas sanciones, en holocausto a las que habían gordo, afable y risueño, cuya conversación sas observaciones de Chésterton un artículo sido víctimas de su involuntario desacierto. deleitaba en cuanto se rompía el hielo de que publiqué entonces en estas mismas coEl humilde guardabarrera de Tobarra tenía esa actitud distante y reservada tras de la lumnas de A B C. el británico suele defender su. Su conferencia en la Residencia de Estutambién el alma templada en esa vieja moral. cual melena desgreñada, rubicunda, timidez. Su dábale Vieja moral, porque ¿quién la practica cierto aire de artista bohemio, así como los diantes, llena de brillantes paradojas y de ya? ¿Quién siente hasta tal punto la res- lentes sujetos a un cordón le añadían el sagaces juicios críticos- -como todo lo suyo- -no obtuvo, sin embargo, el. éxito mere ponsabilidad de sus funciones? Hombres micido. Acaso influyera en ello su dicción. algo crocéfalos se lanzan golosamente a todos lenta, premiosa, y también el que nuestro los puentes de mando e incurren en las más público no está, en general, muy familiari. graves equivocaciones. Su ignorancia prozado con el idioma inglés. Y desde entonces duce verdaderas e irreparables tragedias. no he vuelto a ver a Chésterton. ¡Van hacia un fin incoherente con zigzagueos Ahora, al desaparecer, creo que Inglatede borracho, atrepellándolo todo, a la marra ha perdido a su mejor ensayista y pe nera de aquellos autos que en los primeros riodista del siglo xx. En el renacimiento literario inglés de 1900 a él le corresponde tiempos del cine y quiados por actores cóla renovación del ensayo- -es. say- -como a micos, avanzaban derribando farolas, atraBernard Shaw la del teatro y a Wells de la vesando cercas, fragmentando barracas, desíacUiían ia digestión novela. panzurrando transeúntes. Y cuando un claEntre sus múltiples obras prefiero sus biomor de pena o de ira llega a sus oídos, se grafías y desde luego esos des libros Heredetienen apenas para responder desdeñosajes y Ortodoxia, que le clasifican entre los mente que la culpa es de los transeúntes, mejores polemistas de su tiempo. Pero es de las barracas y de las farolas. Y es que sobre todo el periodista fecundo, original y hace falta una calidad especial de alma para ameno, lo que sobrevivirá en él. Los artícuque ese sentido de la responsabilidad pueda los y crónicas de Chésterton, reunidos en existir en ella. volúmenes, tienen ya su patente de inmortalidad como los de nuestro Larra. Y es lo Si pudiese ser dado, asi, graciosamente, o que hace de él en la moderna literatura insi se adquiriese con la función, en España glesa el descendiente espiritual de Addison, ocurrirían ahora en un solo día, millares y de Steele, de Lamb, de William Hazlitt, pe. millares de suicidios. riodistas y ensayistas inmortales. EL SENTID 3 DE LA CHESTERTON O E L RESPONSA I ILI DAD E N- S A- Y I S T A ijW. FERNANDEZ FLOREZ ALVARO ALCALA- GALIANQ,