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NOVELA POR ENRIQUE GIL Y CARRASCO monte arriba y cuyas llamas, ora vivas y resplandecientes, ora turbias y obscuras, según la humedad o sequedad del combustible, oscilaban a merced del viento con mil formas caprichosas, llenando el aire con los fantásticos festones del humo que despedían, formaban un espectáculo sumamente vistoso y sorprendente. La principal ardía delante de la tienda del conde, sobre la cual estaba enarbolada la bandera de los Castros, que también acotaban las ráfagas nocturnas, silbando por entre las rocas y árboles. Una porción de mujeres que habían seguido a sus padres, maridos, amantes, o hermanos a aquella expedición, vestidas las unas con una saya blanca, un dengue encarnado al pecho y un pañuelo blanco a la cabeza, o con rodados obscuros, dengues y jubones del mismo color y un tocado de pieles negras, según eran de Galicia o de Cabrera, y una gran parte de ellas jóvenes y agraciadas, acababan de completar aquel cuadro, bullendo y agitándose por todas partes. A cierta hora, sin embargo, cesó todo movimiento, si no es el de. los centinelas que se paseaban cerca del fuego, y un ruido acompasado como de martillazos con que algo se clavaba. Saldaña, que con su vista de águila había seguido todo aquel día los pasos del enemigo, adivinando sus intenciones como si fuesen las suyas propias, estaba entonces en uno de los más altos torreones del- castillo, acompañado del señor de Bembibre, no menos ocupado que él en observarlo atentamente. -Don Alvaro- -dijo por fin con mal disimulado regocijo- mañana vienen. -Ya lo sé- -respondió el joven- oíd cómo clavan o las escalas o el puente de vigas con que piensan suplir el levadizo para atacar la puerta cuando nos hayan ganado la barbacana. ¡Pobres montañeses! -repuso Saldaña con una sonrisa y un acento en que se notaba tanto menosprecio como lástima- piensan que nos van a cazar como a los osos y jabalíes de sus montes, y sin duda despertarán muy tarde de su sueño. ¿Me perdonaréis si os pregunto lo que pensáis hacer? -le preguntó el mancebo respetuosamente. -No todo os diré ahora- -contestó el comendador- sólo sí que a vos reservo la parte más honrosa y brillante de la jornada. Antes de romper el día bajaréis con todos los caballos que hay- en el castillo por la escalera secreta que ya sabéis y va a dar a la orilla misma de ese riachuelo, y siguiendo su orilla tomaréis la vuelta a la caballería del conde, que creyéndonos de todo punto aislados, sin duda estará desprevenido y la desbarataréis; pero para esto preciso será que aguardéis emboscado en el monte hasta que la campana del castillo os dé la señal tañendo a rebato. -Pero, señor- -repuso don Alvaro- ¿y podrán bajar los caballos por aquella escalera de piedra tan larga y pendiente? -Todo está previsto- -respondió el anciano- la escalera está llena de tierra para que no resbalen. Además, ya sabéis que los caballos del- Temple son. de las mejores castas de la Siria y de Andalucía, aquí y en toda la Europa, y nuestros esclavos infieles los enseñan y acostumbran a todo. ¿Y, habéis tenido en cuenta- -insistió don Alvaro- -el cuerpo avanzado que tienen en Santalla? -Eso es lo que los pierde cabalmente- -replicó el comendador- -porque como sólo atienden al camino de Ponferrada, podéis pasar por medio de entrambos y cogerlos de improviso. ¡Ah! don Alvaro- -añadió tristemente- yo he peleado con los árabes y mamelucos, y queréis que no se me alcance algo de estratagemas y ardides? -Sí, sí, ya veo que todo lo tenéis previsto; pero ¿y. querrán los caballeros más antiguos que yo pelear bajo mi mando? -Todos os estiman y respetan por vuestra alcurnia, carácter y valor- -contestó Saldaña- -y todos os obedecerán gustosos; pero ¿qué tenéis que no habéis hecho sino ponerme reparos y dificultades en lugar de agradecerme la preferencia que os doy? Don Alvaro permaneció callado y como indeciso unos breves instantes, al cabo de los cuales volvió a preguntar a Saldaña: ¿Y pensáis que el conde esté mañana con sus lanzas? -No por cierto- -contestó él- -porque va sabéis que nuestro enemigo no abandona los sitios del riesgo. Nuestro odio mismo nos obliga a hacerle justicia. -Pues entonces- -repuso don Alvaro- -más os agradeciera que me dejarais en la barbacana del castillo. Saldaña levantó entonces la cabeza y le dirigió, una terrible mirada que don Alvaro no vio por la obscuridad de la noche, pero su ademán le hizo bajar los ojos. (Don Alvarc- -le dijo el anciano cotí severidad- hace muchos años que a ningún mortal se ha acercado mi corazón tanto como a vos; por lo mismo no os advertiré que vuestro único deber e la obediencia; pero no dejaré de. deciros que el dess prendimiento personal es lo que más ensalza al hombre. Para esta empresa os necesito, id y cumplidla, y prescindid por hoy de vuestro odio por más legítimo que sea, y esperad a mañana, que tal vez la suerte lo pongu en vuestras manos. De todos modos, si me lo entrega a mi albedrío, tal vez le irá peor. Don Alvaro, un tanto avergonzado de haber querido anteponer el interés de su venganza a la gloria de aquella milicia que con tanto amor le había recibido en sus filas, dio sus disculpas al comendador, que las recibió con su señalada benevolencia y se dispuso a su empresa, que no dejaba de ofrecer riesgos. El comendador se separó de él para dar las últimas órdenes y acabar los preparativos, ya de antemano dispuestos, con que pensaba recibir a los sitiadores en el asalto del día siguiente. CAPITULO XXVI 1 Buen rato antes de que asomase por entre las nieblas del oriente la aurora pálida y descolorida de aquel día en que debían suceder tantos casos lastimosos, don Alvaro, seguido de una porción de caballeros, bajó por aquella escalera que sólo otra vez y con distintas esperanzas había pisado. Los caballos llegaron también sin gran trabajo a la orilla del torrente, que entonces corría con tremendo estrépito, muy a propósito para ocultar su marcha. Emprendiéronla callados y atentos al inminente riesgo que les cercaba, porque caminaban por una ladera gredosa y escurridiza y por una senda estrecha y tortuosa al borde mismo de los enormes barrancos que excava aquel regato poco antes de entrar en el Sil. Desfilaban uno por uno con gran peligro de ir a parar al fondo al menor resbalón y con otro no menor de ser descubiertos en tan apretado trance por el relincho de un caballo; pero estos generosos animales, como si conocieseis la importancia de la ocasión, no sólo anduvieron el difícil camino sin dar un paso en falso, sino que apenas soltaban tal cual resoplido. Por fin salieron de aquellas angosturas, y antes de que amaneciese ya estaban emboscados en el monte de acebuches que linda con el pueblo de San Juan de Paluezas, y llegaba muy cerca del campamento de la caballería del conde de Lemus. Allí, cuidadosamente escondidos, aguardaron la convenida señal. Poco tardaron en colorearse débilmente los húmedos celajes del Oriente, y los clarines, gaitas y tamboriles de los sitiadores despertaron a los que todavía dormían al amor de la lumbre. Levantáronse todos ellos alborozados, y dando terribles gritos, se formaron al punto bajo sus enseñas. El conde Lemus salió de su tienda, y en un caballo blanco, donde el terreno lo permitía, y a pie en los riscos más difíciles, corrió las filas y pelotones haciendo distribuirles dinero, raciones y aguardiente, y alentándoles con su natural y astuta elocuencia contra aquellos idólatras impíos que adoraban un gato, y que, dejados de la mano de Dios, poco tardarían en caer bajo las suyas. Semejantes razones subyugaban y exaltaban a aquelles gentes crédulas y sencillas, y doblaban su brío; así es que el clamoreo y alharaca ensordecía y atronaba el aire. Los templarios por su parte, después de haber hecho su acostumbrada oración, conservaron su natural gravedad, y el comendador, que pensaba haberles arengado, después de haber observado el denuedo de sus miradas y semblantes, conoció la inutilidad de exhortar a unas gentes en cuyos pechos ardía la llama del valor como en su propio altar, y se contentó con repetirles, con aquel majestuoso ademán que tan bien cuadraba, el versículo que días antes había dicho a don Alvaro, al tomar por segunda vez el mando del castillo. -Dominus mihi custos, et ego disperdam inimicos meos. Los caballeros, aspirantes y hombres de armas lo repitieron en voz baja y cada uno quedó en su sitio sin hablar más una palabra. Los momentos que siguieron fueron de aquellos zozobrosos y llenos de ansiedad, que preceden generalmente a todos los combates, y en que el temor, la esperanza, el deseo de gloria, los recuerdos y lazos que en otras partes pueden atar el corazón, y un tropel en fin de encontradas sensaciones, batallan en el interior de cada uno. Por fin las trompetas de los sitiadores dieron la última señal, a la cual los añafiles y clarines de los templarios respondieron con agudas y resonantes notas como de reto, y los cuerpos destinados al asalto se pusieron en movimiento rápidamente, precedidos de un cordón de ballesteros que despedían una nube de saetas, y sostenidos por Continuará. -43