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El S E l O R DE BEMBIBRE (CONTINUACIOKI NOVELA POR ENRIQUE GIL Y CARRASCO actividad por parte de las tropas de Castilla, pues los templarios, dea antemano prevenidos, y aprovechándose de las enormes ventajas: que sus riquezas, su subordinación y disciplina les daban sobre sus contrarios, no hicieron más sino estarse a la defensiva, según lo tenían determinado, y aguardar el trance del combate. Los peligros de semejante empresa se ocultaban a su orgulloso jr altivo valor, y cansados de la paz con los moros a que los habían obligado las alianzas de Castilla con los reyes de Granada, y sus discordias intestinas, codiciaban nuevos laureles ganados en defensa de su honor y de su existencia. Don Rodrigo mismo, a pesar de sus tristes previsiones y de sus años, parecía animado de un ardor juvenil cuando se vio: cerca de dar su vida por el honor de su Orden; bien como un caballo envejecido en las batallas relincha y se estremece, a pesar de su debilidad, al oír la trompeta guerrera. Cualquiera que fuese el entusiasmo con que por ambas partes pudiera emprenderse esta lucha, había en cada bando tm hombre que saludaba su sangrienta aurora con particular júbilo y esperanza. Estos dos hombres eran el conde de Lemus y el señor de Bembibre. Los pesares del corazón y los desengaños de la vida en el uno, la ambición y codicia desapoderada en el otro, y en entrambos el odio y el valor, les mostraban los trances venideros bajo los colores de sus deseos. Don Alvaro, para. mayor humillación del conde, se había negado á hacer campo con él por la desigualdad que con su ruin comportamiento había introducido entre los dps; pero en aquella ocasión, desnudo ya de voluntad propia, como lo estaba de su. s antiguos derechos de señor independiente, podía completar su venganza, y lavar con sangre su ofensa. EL conde, de cuya memorá no se apartaba aquel ultraje, y a quien su proceder no podía menos de avergonzar, anhelaba ardientemente cerrar para siempre la boca de aquel testigo inexorable y terrible, y desagraviar con su muerte su orgullo ofendido. Así, pues, ambos aguardaban la ocasión de medir sus fuerzas con ansiedad indecible, bien ajenos de la suerte que su sino fatal les preparaba. menor ni más profundo que el de don Alvaro el rencor que abrigaba contra el conde. La afición que había cobrado a su ahijado, violenta como todos sus afectos, había avivado esta hoguera con todos los pesares que la perfidia del rico- hombre gallego había derramado sobre aquel alma generosa y llena de bondad: y, -el deseo de llenarla con las emociones de la gloria y de asentar. su fama sobre la ruina del enemigo, comunicaba energía nueva a todos sus movimientos y disposiciones, y al parecer, le quitaba dé delante de los ojos las hondas heridas que su causa presentaba en lo restante de Europa. Pronto se sintió su presencia en el castillo; pues tanto su brazo como su ingenio infundían por todas partes el valor y la confianza, y sus antiguos compañeros y soldados le acogieron con extraordinaria alegría. Desde aquella enriscada altura extendió su mirada tranquila y satisfecha por los precipicios que la rodeaban, por el lago de Carracedo, entonces crecido por las aguas y comentes del. invierno 3 por las llanuras del Bierzo que desde allí se descubrían, y tendiendo la mano a don Alvaro, y apretándosela fuertemente, le dijo con los ojos alzados al cielo y con acento religioso y recogido: Dominas mihi cusios et ego disperdam húmicos meos (1) Don Alvaro sólo le respondió apretándole también la mano fuertemente y poniéndola en seguida sobre su corazón con un gesto vehemente y expresivo. El. comendador recorrió en seguida el castillo con el mayor cuidado, examinando muy prolijamente sus murallas y convenciéndose de su buen estado, se recogió a su. cámara sosegado y confiado en sus gentes y en sus medios de defensa. Verdaderamente él es tal aun ahora que sus obras avanzadas han desaparecido y está cegado el foso de todo punto, que no es de extrañar la confianza de su alcaide en aquella época. Cualquiera que ella fuese, los enemigos tardaron poco en llenar aquellos contornos con el ruido de sus armas. A los dos o tres días los puestos de soldados de la guarnición, que llegaban hasta las Médulas, se fueron retirando sucesivamente y dejaron al conde dueño. del campo con sus bandas, no muy veteranas ni, disciplinadas, pero en cambio, pintorescas y vistosas en. sumó CAPITULO XXV grado. Sus lanzas y hombres de armas venían equipados con cierta regularidad, y aun sus caballos traían las defensas de La posición militar de los templarios en el Bierzo, según ya costumbre; pero los peones variaban extraordinariamente. Los dejamos dicho en otro lugar, no podía ser más aventajada. Por gallegos de Valdeorres y de otros valles y pueblos que componen el lado de Castilla nada tenían que temer, porque las encomien- la mayor parte dé la provincia de Orense, venían armados de das y fortalezas que allí poseían darían demasiado que hacer a cueras de pellejo de buey bien adobadas, y traían además en la las huestes del rey, y en el país, los vasallos de don Alvaro, que cabeza unas monteras que casi por entero la cubrían. Las pierpor su profesión habían pasado al poder del Temple, eran con- nas traían hasta las rodillas con unos gregüescos muy anchos de trapeso sobrado a las fuerzas del abad de Carracedo y del señor lienzo blanco y lo demás desnudo, menos el pie, que cubría un de Arganza. Las suyas propias eran más que bastantes para enorme zueco de becerro y de madera. Las armas en unos eran conservar la posesión de la tierra y cerrar ambas entradas de picas y en los otros unas porras de gran peso y guarnecidas de Galicia con los fuertes de Cornatel y del Valcárcel. puntas de hierro, cuyo golpe debía de. ser fatal en aquellos braSin embargo, las gentes que de toda Galicia juntaba el. conde zos robustos y fornidos. Todos ellos se distinguían por su corpu- de Lemus en Monforte, iban componiendo ya una hueste po- lencia, por su fuerza y por la pesadez de sus movimientos. derosa, formada en su mayor parte de montañeses ágiles, robusLos de las montañas de la Cabrera traían todos gorros de pietos y alentados, acostumbrados a los ejercicios de la caza y de cordero, coleto muy de diestrisimos ballesteros en general. El conde era, además, capi- lesde. color rojizo; calzones largo de piel pañorebezo destazada y ajustados de obscuro y unas tán muy hábil, y aunque odiado, en el país, su liberalidad y des- pellejas rodeadas a las pantorrillas y sujetas con las ligaduras prendimiento, siempre que la ocasión lo requería, le; granjeaban y correas de la abarca. La traza de estos serranos era viva, ágil la voluntad He la gente dé guerra. Su astucia, además, había su su fisonomía atezada y sabido aprovecharse de la crédula superstición de los monta- y suelta: duracuerpo enjuto, y pastores les sujetaba seca, porque su vida de cazadores ñeses pintando a los templarios con los más negros colores, asperezas e inclemencias de su clima; y, las armas a todas las que usaban y. atizando más y más aquel, horror secreto con que miraban las eran un gran cuchillo de monte a la cinta y su ballesta, en la artes diabólicas y maravillosas y los ritos impíos a que suponían cual eran muy certeros y temibles. Pudiéráse decir de los unos entregados a los caballeros de la Orden. Con semejantes, voces que componían la infantería de linea de aquel pequeño ejército, y estímulos no parecía sino que iban a emprender una. cruzada y de los otros, que eran los flanqueadores y tropas ligeras a contra infieles, según el tropel de soldados que corrían a ponerse quienes por lo fragoso del país debería caber la mayor gloria debajo de sus banderas, deseosos algunos de servir al. rey, codi- y peligro de la demanda, que no. dejaba de ofrecerlo grave. ciosos otros de botín y ganancias, y todos aguijados del. deseo Toda este gente acampó a la falda del antiguo monte Mede poner pronto fin a un mal que tan grande les pintaban. Juntó. por fin un tercio y comenzaron a moverse por la encañada del dulcuin, tan celebrado por su extraordinaria abundancia de criaSil, como una nube amenazadora que. iba a descargar sobre deros de oro durante la dominación romana en la península Ibérica. Esta montaña, horadada y minada por todas partes, Cornatel, acaudillados por el conde en persona. ofrece un aspecto peregrino y fantástico por los profundos des i p í r r o d e u ü e l a c i s Mé n c i i garrones y barrancos, de barro encarnado que se- han ido forel comendador Saldaña, que para servir de padrino a, don Al- mando con el sucesivo hundimiento de las galerías subterráneas varo se había quedado durante algunos días en Ponferrada, y la. acción de las aguas invernizas, y que la cruzan en direccioVolvió prontamente a su antigua alcaidía. Don Alyarp solicitó nes inciertas y tortuosas. Esta vestida de castaños bravos y licencia de su tío para acompañarle, y la consiguió, al punto, matas de roble, y coronada aquí. y allá de picachos rojizos y de con lo cual nada quedó que desear, ai- anciano caballero, más. po- un tono bastante crudo, que dice muy bien con lo extravagante seído que nunca de sus extraños pensamientos de gloria y- de conquista. La idea de ser el primero en pelear por; el honor de (Continuará su cuerpo y tener por contrario, al enemigo más. encarnizado que contaba en Castilla, lo envanecía y alegraba extraordina, (1) Este versículo está esculpido, en unalápída en el castillo d riamente, porque si en los motivos c diferenciaba algo, no era Poní errada, y parecía servir de divisa. 41 4