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LA TRAGEDIA DEL JRONISTA Esos anuncios compendiosos de Blanco y Negro, que casi todos los martes aparecen en la primera página de glosas de A B C y que buena parte del. público lee con fruición, son míos, por lo menos en el usufructo del espacio. Cansado de escribir artículos sobre política, problemas sociales y cuestiones económicas, la literatura publicitaria- -no por sencilla, menos noble que cualquier otro géiiero- r- es un sedante. Blanco y Negro, aunque no necesite el reclamo, me debe una gratificación- -y la espero espléndida- -por esta forma de publicidad con exégesis; pero como no sólo de ingresos pecuniarios vivé el hombre, tengo el prurito de que mi firma modesta, precisamente por serlo y por no prodigada, se asome con alguna mayor frecuencia á las columnas del gran diario. Y aspiro a repetirla hoy, si acierto a enfocar un tema literario. Fernández Florez, fino observador, afirma que en la: hora actual los escritores políticos no tienen misión que cumplir. Perdone el maestro; pero me parece que aún pasan por trance más difícil los ironistas. El político, unas veces- espolvoreando tópicos y otras perdiéndose en enrevesadas disquisiciones doctrinales, puede salvarse de la quema; el pobre ironista está perdido en la vorágine de incomprensión y zafiedad que destroza al mundo. Y si el, político ha ensayado la ironía, siquiera con vislumbres de éxito, no le salva ni la consideración de ser una criatura que tiene derecho a vivir. Yo, que apenas soy aprendiz de ambas cosas, pienso elegir oficio de segura readmisión, obligatorias indemnizaciones y socorro en paro forzoso. Mucha gente ignora que la ironía, según el Génesis, la. empleó el mismo Dios refiriéndose al mal paso de Adán, y después a la torre construida estúpidamente por los hombres para escalar el cielo; que los profetas, los evangelistas y los apóstoles tuvieron rasgos irónicos con fines aleccionadores; que el método socrático hizo de la ironía una lógica; que los escritores griegos y romanos la esgrimieron contra el error, y que sin la ironía, enérgico reactivo en las debilidades humanas, el mundo sería un lodazal de vicios y aberraciones. Es decir, un lodazal más extenso, más hondo y más pestilente, porque lodazal ya lo es. Pero váyale usted al público con estas y otras razones, que he leído anoche de sobremesa, en el Espasá, para no enterarme de la crisis ni de los deportes. Al ironista se le tiene por un burlón, empeñado en dar a entender cosas contrarias a las que dice. Y ésa es su agobiante tragedia, sobre todo cuando habla o escribe en serio. El hombre público le mira a los ojos, esperando descubrir en ellos una pugna con las palabras; el lector husmea entre líneas el secreto del disimulo y no desiste hasta encontrar a la frase más inocente significa- ción malévola. Cuando le dan a uno diploma de escritor irónico le firman algo así como su sentencia de muerte. ¡Líbrele Dios de exteriorizar sentimientos patrióticos en horas de exaltación! Sospecharán que se burla del patriotismo. No se le ocurra examinar concienzudamente los problemas nacionales, porque creerán que los desdeña. Si dice: no me gusta el café puro se sobreentiende que combate al Negus y si habla de los miriápodos, los coleópteros o los batracios en una leve disquisición naturalista, se estremecen furiosos los hombres públicos, creyéndose aludidos y ultrajados. Una lamentación sincera provoca risas; un chiste corriente alcanza categoría de dardo venenoso. En circunstancias excepcionales, al forjador de ironías, lo sea o se lo atribuyan, le está vedado, aunque no las emplee, hablar o escribir. Su sola firma atrae el rayo de la condenación, más fulminante cuanto menor la capw: i3 ad comprensiva del que leyere y la sutileza de su espíritu. El lector, especialmente el lector que escudriña receloso, piensa sólo en la figura retórica que consiste en dar a entender lo contrario á lo que se dice. Si uno escribe elogios, el exégéta traduce censuras. Bien está. Pero cuando se escriben censuras ¿por qué no interpretarlas como elogios y dejarle vía abierta a la intención? Después de hacernos estas preguntas, sin esperar respuesta, parece lo más lógico, hasta que la civilización reconquiste al mundo, seguir entregados a la inofensiva literatura publicitaria. M. DELGADO BARRETO cho porque Alemania no. sé deja. Eri euanW a- España... Pero dejemos eso a un lado. Y! limpiemos ya nuestra pluma de la pringue y el deshonor con que la ha manchado esa palabra bárbara que suena como un crujido de huesos descoyuntados: ¡Catch- as- catch can! JOSÉ M. SALAVERRL DIVERSIDAD Y AZAR Así como estimamos arduo- -dice un personaje de D. H. Lawrence, el gran novelista inglés- -conseguir que todos los astros tengan las mismas dimensiones y la misma órbita, tampoco nos parece fácil que todos los individuos posean la misma idiosincrasia y ocupen posiciones sociales idénticas. A pocos escritores contemporáneos les preocupa tinto como al autor de Lady Chatterley s Lo ver, la trágica pugna entre el individuo y la niasa que, si. es de todas las épocas, en el tiempo que vivimos- -y sufrimos- -reviste caracteres universales y de un encono tremebundo. En su gran novela escandalosa creo que la última del ingente escritor, nos ha dejado Lawrence la mas pura y recia defensa del individuo. Y, quizá, la fórmula de armonía entre el hombre y la masa, entre el yo y el todo Más importancia, más vigor y más rigor científicos tienen en Sons aiid lovers y en Lady Chatterley s Lover los temas sociales que... los otros, los que ofuscaron la pudicia tradicional y oficial de la vieja Inglaterra. Pero no hace falta seguir a Lawrence para observar, en el espectáculo de la vida cotidiana, la diferenciación entre el individuó y el grupo. Alternativamente el hombre es masa, molécula, átomo de muchedumbre, y es individuo. Y alternativamente también, según las circunstancias, piensa y obra con sumisión al grupo o con independencia del grupo. Su vida se compone. o, más bien, descompone en este ritmo alterno entre lo individual y lo social. Pasadas la manifestación y el mitin, en que el hombre es parte de un todo recupera su personalidad por rudimentaria y mísera que sea. Es la victoria del individuo sobre el grupo. Invito al lector a una serie de pequeños experimentos de los que se deduce esta verdad elemental. No es necesario que el hombre esté solo entre las cuatro paredes de su aposento, para, advertir sus rasgos personales, los reflejos- -en su conducta- -de su inteligencia y de su instinto. Basta con observar cómo se produce y conduce en público No en un público político que s e aglomera y actúa siempre en una misma dirección, sino en el público apolítico de la calle y del teatro, del club y del café... Fijémonos- -porque la serie es demasiado larga- en el café y en el club. En el café- -en el café de España, sobre todo- -existen, desde luego, dos grandes partidos o tendencias: la del café con leché y la del vaso de cerveza. Cafetistas y cañistas Pero no faltan las partidarios del vermouth, del jerez, del chocolate y del anís. Hay consumidores de sólidos y líquidos y de líquidos solamente. Hay los devoradores de moluscos y crustáceos y los que prefieren el bocadillo de jamón. En el café el individuo se siente libre. Libre de consumir! o que se lé antoja y lo que puede pagar. Tan difícil como obtener que todos los astros girc en la misma órbita sería el conseguir que toda, la clientela de un café consumiese, por ejemplo, café. No, señor. Cada uno pide lo que le da la gana, su real gana porque el estómago es una realidad, una autoridad. Y lo más profundo de la autonomía del individuo. Entremos en el club, en el círculo, en, el casino. Prescindamos del salón o del hett donde, en tertulias más o menos homogéneas, se habla de política. Una frase, un grito, un silencio nos bastan para clasificar CATCH- AS- CATCHCAN La palabra- es bárbara en todos los sentidos; en el que los griegos daban a: todo lo extranjero, y en el que nosotros atribuimos a una brutalidad muy grande. Bárbaro juego para una humanidad bárbara. No es que yo sea muy: entendido, en ese juego. ¡Yo, qué voy a ir a presenciar una sesión de Catch- as- catch- can! Ni siquiera sé. cónio se pronuncia esa especie de garabato británico. Pero en el cine nos ilustran de todo, de lo ruin como de lo sublime, y allí me he. enterado, aunque en: forma esquemática, de lo que hacen ciertos hombres, unos para ganarse el pan a dentelladas y otros para divertirse con el vejamen y el dolor ajenos. Uña cosa resplandece en esta magnífica barbaridad de espectáculo: la franqueza. Hasta ahora los hombres procuraban envolver ee el papel de seda del disimulo sus impulsos agresivos; guantes: amortiguadores, prohibición de golpes bajos, cierta decencia- en los ataques; algo de lo que sucede en los duelos caballerescos, en que las pistolas sé cargan con poca pólvora y un rasguño de sable es suficiente para dar por layado el honor. Hay ya no valen contemplaciones. Se lucha con feroz sinceridad, como las bestias, con todo el cuerpo y el alma a la vez, a patadas y mordiscos, a todo lo que da de sí un hombre fornido y furioso. Y al público le gusta extraordinariamente. ¡No ha de gustarle! Para una humanidad sembrada de pistoleros, matizada de cotidianos asesinatos, el Catch- ascatch- can es el deporte más oportuno del mundo. Como que la yida en sociedad, principalmente en la sociedad de ciertos países, va siendo ni más ni menos que un Cátch- ascatch- can sin tapujos. Tan franco y cínico como el Catch- as- catch- can del circo. Quien tiene más fuerzas, aquél puede. Y quien no se atreve solo, busca la ayuda de muchos, y entonces ya. no los contiene nadie ni nada. Presentarles la defensa del derecho, de la razón y la justicia, equivale a despertarles el prurito de la carcajada. Pega, pero escucha decía el filósofo griego. No; aquí no valen estoicismos, porque después de pegar, nadie está dispuesto a. escuchar. Como ocurre entre los salvajes. Con la única diferencia de que los salvajes transitan bajo los cocoteros y nosotros vamos en medio de todas esas conquistas de la civilización teléfonos, aeroplanos, bibliotecas, grandes periódicos y soberbias universidades que, en efecto, no parece que hayan servido para mucho. La violencia y la brutalidad alcanzan hoy un esplendor incomparable. Italia se abalanza sobre Abisinia, la muerde y la patea, en un desaforado juego de Catch- as- catch- can que el público contempla apasionadamente. Francia quiere tener siempre, pero para siempre, cogida a Alemania por el cuello bajo su bota; sólo que Alemania no se deja: v Y qué estupendo el de Rusia exterminando a sus disidentes, asesinando a sus reyes, matando de hambre a millones de subditos; ahora quisiera practicar el Catch, as- catch- can con Alemania, y se irrita mu-