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EL U EVO A D AN Que el. hombre ha sufrido otra caída esencial en estos tiempos es cosa de que algunos estamos convencidos sin necesidad de medir el descenso por métodos científicos. Esa caída era el tema de aquel libro, La crisis del humanismo, que empecé a escribir en inglés al estallar la guerra grá ide. Pero estas cosas las tiene que decir hombre de ciencia positiva, para que se persuada esa muchedumbre de médicos, ingenieros, físicos de toda índole, que sigue conservando el optimismo. He aquí que las dice un eminente doctor francés, Alexis Carrel, que pasa lo más de la vida en uno de los Institutos Rockefeller, de los Estados Unidos. Su libro L hommc, c esl inconnu, ha tenido tal éxito, que ya se vende traducido, al castellano, aún en tiempos como estos, en que no se lee un libro. Y eso que la tesis. no puede ser más negra, porque el autor nos dice, con toda la autoridad que le dan sus experiencias de dos mundos, que el hombre degenera, que toda la civilización corre peligro, y que degenera, porque se le hace vivir en un Universo exclusivamente mecánico, como tenía que ser por deber la existencia a técnicos de la astronomía y de la física, cuando lo que necesita es un Universo cualitativo y humano, en el que pueda recorrer los ciclos de la Belleza, del Amor y de la Gracia. Pero se ha tratado al hombre como a una máquina, se le han amputado las actividades morales, estéticas y religiosas y aun buena parte de las fisiológicas, haciéndole vivir en un mundo extraño a su naturaleza y el resultado ha sido su degeneración. Ha degenerado tanto más cuanto vive en naciones más industrializadas y adelantadas. Casi todos los inventos de estos tiempos le han sido funestos, en cuanto han aumentado sus comodidades y con ellas su debilidad, al punto de que se va haciendo de día en día más incapaz de dirigir la civilización y de nada le sirven los telescopios, automóviles, aeroplanos y radios, si carece de tiempo para pensar en sí mismo y retener, y mucho menos aumentar, sus propias capacidades. ¿No recuerda algún lector la Sinfonía Pastoral, de nuestro Palacio Valdés? En la abundancia y el regalo se moría una muchacha en Madrid, que. recobró la alegría y la salud al verse obligada, en un pueblo de Asturias, a segar, heno y. a ordeñar vacas. Es la misma tesis la del doctor Carrel. La conveniencia de. panaderos- y caseros nos hace comer pan blanco y vivir en. rascacielos, pero lo que nos conviene es el pan moreno y vivir en el campo. Es verdad que se aumenta la vida media, pero ello no significa sino que se protege a los tontos y a los débiles. En cambio, no se alarga la longevidad y acrece de tal modo el número de locos, que excede aLde todps los demás enfermos. Cada vez es más bajo el nivel de la inteligencia y el de lá moralidad. Ello se advierrte claramente hasta en Francia, tan notable en otro tiempo por la inteligencia de sus hi- jos. La civilización moderna, dice el doctor Carrel, es incapaz de producir una minoría selecta dotada al mismo tiempo dé imaginación, de inteligencia y de valor En parte ello se debe probablemente a ha. berse atrofiado, por falta de uso, las facultades adaptivas. No necesitamos hacernps al hambre, al frío, al gran calor; hay muchas gentes que no han sufrido nunca el latigazo del viento; los niños se nutren con alimentos demasiado blandos. Pero la verdadera salud se forma a la intemperie y con el hambre. El ambiente blando hace degenerar. Lo que hizo fuertes a los antiguos yanquis es que tenían que sufrir inviernos escandina. vos y veranos con un sol español. Y ello lo muestra el doctor Carrel con argumentos fisiológicos referentes a la necesidad de dar ocasión a los distintos órganos para producir reacciones adecuadas. Sólo que tampoco insiste demasiado en estos argumentos, porque está conyencido de que todavía no exis- te una ciencia del hombre que merezca tal nombre. Esto es lo grave. Por la anatomía, la fisiología, la psicología y la medicina poseemos las bases esenciales paar el conqcimiento: del hombre. Pero un talento sintético necesitaría saber también la química, la patología, la genética, la pedagogía, la estética, la moral, la economía y la sociología (y no le sobrarían la religión y la filosofía) para conocer bastante al nombre. Carrel propone que haya una minoría de hombres que dedique veinticinco años a estos estudios, desde los veinticinco hasta los cincuenta y que renuncien para ello al matrimonio, a jugar al golf y al bridge, a asistir a las sesiones de las Academias y a los Congresos científicos. Han de vivir como los antiguos monjes, solo que dedicados al trabajo. Sólo de esta manera se podrán formar los espíritus sintéticos que necesitamos para que puedan juzgar, como los nueve jueces deí Tribunal Supremo de los Estados Unidos, de la bondad o maldad de los inventos y dirigir la civilización, para proteger a la humanidad contra los progresos que tienden a destruirla. El doctor Carrel considera fracasada la democracia. No es a los débiles a los que hay que proteger, sino a los fuertes, para que no degeneren, para que puedan saber lo que hace falta para protegernos, como aquellos Capitanes viejos, que te sepan amparar que para España pedía López de Ubeda en su romance de Santiago. Así como los benedictinos de Solesmes necesitaron tres generaciones de trabajo para reconstruir el canto gregoriano, así hará falta acumular la labor paciente de muchos investigadores para saber lo qué es el hombre y salvar la civilización del peligro de muerte que corre, por falta de inteligencias jque sepan conservarla. Y no lo ha dicho todo el doctor Carrel, porque lo fundamental se lo ha dejado en el tintero; y es que el hombre ha de saber que tiene espíritu y que el e s p i r i t e s lo que le permite lo mismo vivir una vida casi animal, en la que se olvida de que lo tiene, que remontarse- has ta que Dios le mire con amor de complacencia. A ello alude el autor más de una vez, pero no llega a decirlo y con ello prescinde de que la condición de todo progreso verdaderamente humano, es la fe en el espíritu. Su libro impresionará grandemente a los que ya la tengan; posiblemente, y con la gracia de Dios, la despertará en algunos, lectores; pero no dirá nada o casi nada a los que carezcan de esa fe en el espíritu, que aparece siempre, en una forma u otra, en los pueblos que van a hacer algo grande en el mundo, y que desaparece, por materialismo o por indiferencia, cuando los pueblos van de caída. RAMIRO DE MAEZTU EL AMIGO CIEGO Han ido quedando detrás de nosotros algunos de los que, con nosotros, emprendieron el camino de la vida. Pero el dolor de saber qae nunca más los encontraríamos én sandas y propósitos nuevos se fue haciendo blando y suave, bajo esta mansa lluvia de olvidos que va cayendo, hora tras hora, a lo largo de todos los senderos. La vida- -y no HOTEL MONT- THfíBOR PARÍS GERENCIA ESPAÑOLA 180 habitaciones. 100 baños. 4, rué MONT- THABOK Ampliado en 1932. VINOS COSAC JEREZ ASTIL L se sabe si ello es fortuna- -es fecunda siempre, y bajo esa lluvia brotaron, en otras. primaveras, flores nuevas sobre las mismas huellas de los pasos viejos. Y también se nos fue acomodando el corazón a su oficio de congojas, y ya. éstas le harán menos daño al entrarse por él; la primera noticia de que un camarada se había detenido para siempre, y en vano volveríamos, como en otras ocasiones, la voz y los ojos hacia él para llamarlo a nuestro lado, nos desgarró el pecho y la frente con espinas punzantes; pero ya, a cada nueva triste, de abandono forzado, suspiramos apenas, y no podemos decir si este suspiro es por el que se detuvo o por los que seguimos andando, si es suspiro de amargura o de cansancio. Ya no nos conmueven las cosas como en los días primeros, y, sin embargo, la noticia de que a este buen amigo se le enturbiaron para siempre las pupilas ha empañado por largo rato las nuestras. Nos habíamos resignado forzosamente a lo inevitable, y ya casi no nos espanta lo que hemos de esperar; pero esa pérdida de la mayor fortuna no es de obligación para todos, sino excepción que atormenta a uno sólo, y, por ello, motivo cierto de tristeza por el dolor ajeno, y aun de susto por el dolor que puede llegar, un día, inesperadamente. Cuando alguna vez hemos vuelto a los campos de nuestra infancia con el tormento de una tristeza en el pecho, parecía q ie la cura nos llegaba desde los lugares que recorrimos con alegrías en otros tiempos, como si allí se hubieran quedado aquellos gozos para esperar nuestra vuelta y nuestro remedio: y todo es oro de trigo maduro, y ovas verdes en los i ansos de los estanques, y blancura de espumas en el torrente; color y luz que acaricia los ojos abiertos. Mas, ¿en dónde han da hallar su consuelo los ojos cerrados? Quisiéramos estar en estos momentos jijnto al amigo ciego, para decirle que no vale la pena de ver tanto rostro contraído por el odio tantos ademanes de furia y tantas miserias en almas y cuerpos; pero no podríanlos consolarlo y hacerle olvidar aquella visión clara de las cosas que jamás amenazan y acarician siempre. Ahora, cuando llegó su desgracia, para hacerla más dura, son los días en que se visten de pensamientos policromados las macetas de la ventana y los ribazos del huerto, y los suyos serán negros y tristes, sin aquellos puntitos de oro que eran luz y gala en los grandes pensamientos oscuros de pétalos aterciopelados. Sólo habrá de escuchar el ruiseñor que canta todos los veranos entre las ramas de los azufaifos, pero ya no será su música de armonía completa, sin el contrapunto de la rama y la flor. Siempre es dolor la privación absoluta, pero es más suave cuando no se conoció la abundancia. El que no tuvo nunca abiertas las ventanas del alma, eri; la obscuridad de los aposentos espirituales, crea mundos arbitrarios que serán más suyos, y a veces más ricos que los mismos, mundos materiales que nos cercan. Ellos no saben cómo es el pájaro, pero acaso crean que no es más que un trino, y esto les basta; no conocen el matiz de las flores, pero tal vez piensen que son únicamente perfume. Mas a quien ya conoce el jilguero y el clavel no le bastará su música y su esencia, sino que ha de sufrir al sentir Ja sensación incompleta, sin el color ni la línea. Quisiéramos estar junto al amigo ciego en estos primeros días de su consroja. pero no sabríamos de qué cosas hablarle, ni qué palabras serían consuelo suyo y nuestro. Acaso ningunas, porque todas le recordarían, con menor gracia, que el pájaro y la flor, alegrías que ya le están vedadas para siempre, aunque se hubieran quedado, como las nuestras, desperdigadas por los campos vecinos y en espera de que volvamos a ellas los ojos abiertos. MARIANO TOMAS