Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
l i sns s. í E l S E MOR ftE B E M B I B R E -Por fiti hoy- décíá para sí contemplando a su ama- -estará un JJOCO más a sus anches la pobrecilla, porque el viejo y el otro pajaro andan por las montañas ea. no sé que manejo. Dios me perdone, ya es mi amo y me ha recalado las arracadas y cadena que, guardo en mi cofre, y, sin embargo, ni con ésas me pasa de los dientes para adentro. Es verdad que el que conoció a don Alvaro, por maldito que fuese su genio en ocasiones, bien creerá que este señor, con todo su condado y su fachenda, no le llega a la suela del zapato. Así me hubiera yo casado con él, como volar. No sé qué mal espíritu le metió a nuestra santa ama semejante terquedad en la cabeza en la hora de la muerte. ¡Dios la tenga en su gloria! Pero lo que es el amo, que no. se moría y tenía el uso cabal de sus sentidos y potencias, no sé yo qué bien le salgan sus soberbias y fantasías. Bien oí yo lo que le dijo el abad de Carracedo, que por cierto no ha vuelto a poner aquí los pies desde entonces. En verdad, en verdad, que muchas veces he pensado en aquellas palabras, y que cuando veo cómo pasa las noches en claro mi señora y las congojas que le dan. ¡Válgame Dios: y tan contentos como hubiéramos podido estar todos! No se lo demanden a quien tiene la culpa en el día del juicio. Aquí llegaba la buena Martina en sus reflexiones, cuando sintiendo pasos detrás de sí volvió la cabeza y vio la abultada persona de Mendo, que echando los bofes por andar de prisa, venía hacia ella con toda? la idea de una novedad muy grande pintada en su espacioso y saludable semblante. ¿Qué ocurre, Mendo? -preguntó la muchacha, que nunca desaprovechaba la ocasión de dispararle alguna pulla- ¿qué traéis con esa cara de palomino asustado, que no parece sino que veis la mala visión de siempre? Esta alusión a la inquietud y comezón que le causaban las visitas un poco frecuentes de Millán, no fue muy del agrado del buen palafrenero, que de seguro hubiera respondido, si se le hubiera ocurrido algo de pronto; pero comoJno era la prontitud del ingenio la cualidad que más campaba en él; y como por otra parte el recado que traía era urgente, se. centehtó con responder: -En cuanto a la visión, puede que la espante yo haciéndole la señal de la cruz en los. lomos; pero no es ese el caso. Has de. saber que al meter yo el caballo Reduán por la reja del cercado, de repente se me acercaron dos caballeros, el uno de esos nigrománticos de templarios y el otro no, y preguntándome por doña Beatriz, dijeron que querían hablarla dos palabras. Por cierto que el caballo del uno me parece que le conozco. -Más valía que conociese al jinete: dime, ¿qué señas tiene? -Ambos traen baja la visera, y el que no es templario, viene con armas negras, que parece el mismo enemigo malo. ¿Sabes, hombre, que me da en qué pensar la tal visita y no sé si decírselo al ama? -Decírselo, eso si, porque yo tengo que volver con el recado, y aunque ellos me lo dijeron con mucha aquella y buen modo, si no les llevo la respuesta, Dios sabe lo que vendrá, porque ni uno ni otro me han dado buena espina. Doña Beatriz, que había oído las últimas palabras ele la conversación, les ahorró sus dudas y escrúpulos, preguntándoles de qué se trataba, a lo cual- Mendo repuso, contestando palabra por palabra como a Martina. ¡Un caballero del Temple! -dijo ella como hablando entre sí- Ah! tal vez querrán proponer a mi padre o al conde algún partido honroso para la guerra que amenaza, y me elegirán a mí or medianera. Que vengan al punto- -dijo a Mendo- También a hora de la desgracia ha llegado para está noble Orden! ¡Quiera Dios que no sea el maestre! -Pero, señora, ¿aquí en este sitio y sola los queréis recibir? -Necio eres, Mendo- repuso doña Beatriz- ¿qué temores puede causar a una dama la presencia de dos caballeros? Anda y que no tengan motivo para quejarse de nuestra cortesía. -El diablo es esta nuestra ama- -iba diciendo entre dientes el caballerizo- ¡ella no- tiene miedo ni aunque sea a un vestiglo! ¡Cuidado con fiarse de los templarios, que son unos brujos declarados, y será. n. capaces de convertirla en rata! No, pues yo en cuanto les dé, el recado, por fí o por no, voy a avisar a la gente de casa por lo- que pueda suceder. Los encubiertos caballeros, en cuanto recibieron el permiso, se entraron a caballo en el cercado y se encaminaron por las señas que les tíió el palafrenero hacia donde quedaba ¿u. señora. ¡Pues! -le dijo éste poco satisfecho de semejante llaneza- jcomo si fuera por su casa se meten! No, pues como se salgan un punto de lo regular, yo les prometo que les pese de la burla- Y diciendo esto se encaminó a la casa. Echaron pie a tierra los desconocidos poco antes de llegar a (CONTHUACION) NOVELA POR ENRIQUE GIL Y CARRASCO doña Beatriz, y el caballero de las armas negras, con un paso no muy seguro, se fue acercando a ella seguido del templario. La señ ta. ccm. los ojos espantados y clavados en él, seguía con ademán atónito todos sus movimientos, como colgada de un suceso extraordinario y sobrenatural. Si el sepulcro rompiese alguna vez uis cadenas, sin duda creería que la sombra de don Alvaro era lo que así se le aparecía. El caballero se alzó lentamente la celada y dijo con una voz sepulcral: -i Soy yo, doña Beatriz! Martina dio entonces un tremendo grito y cayó al suelo sin fuerzas, cerrando los ojos por no ver el espectro de don Alvaro, pues por tal le descubrían la palidez de sus facciones y su voz trémula y hueca. Su ama, al contrario, aunque sujeta a la misma engañosa ilusión, lejos de temer la imagen de su amante, se arrojó a. ella con los brazos abiertos, temiendo que entre ellos se le deshiciese y exclamando con un acento que salía de lo más hondo del corazón: ¡Ah! ¿eres tú, sorñbraquerida, eres tú? ¿Quién te enyía otra vez a este valle de lágrimas y detitos que no te merecía? Mis ojos desde tu muerte no han hecho más que. seguir el rastro 1 de luz que tu alma dejó en los aires al encumbrarse al empíreo, no he abrigado más deseo sino el de juntarme contigo, -Tened, doña Beatriz- -repuso el caballero (porque, como presumirán nuestros lectores, menos preocupados que aquella desventurada mujer, él mismo, y n su espíritu, era el que se aparecía) porque todavía no sé si debo bendecir o maldecir este instante que nos reúne. ¡Ah! -replicó doña Beatriz sin poner atención en lo que; le decía, y palpando sus manos y sus amados brazos- ¿pero eres tú? ¿Pero estás vivo? -Vivo, sí- -respondió él- aunque bien puede decirse que acabo ¡de salir de la huesa. ¡Justicia- divinaI- -exclamó ella con el acento de la desesperación cuándo ya rio le cupo, ninguna duda- ¡es él, el mismo! ¡Miserable de mi! ¿qué es lo que be hecho? DJcieJHiJij esta sé retjró tinos: cuantos pasos hasta apoyarse en el tronco de un árbol, retorciéndose los brazos. Don Alvaro echó una ojeada al templario, que también había levantado la visera, y no era otro sino el comendador Saldaña, el que. parecía pedirle perdón. En. seguida te acercó a doña Beatriz y le dijo con un acento al parecer respetuoso y sosegado, pero en realidad iracundo y fiero: -Señora, el comendador que veis ahí presente me ha asegurado que sois la esposa del conde de Lemus, y aun cuando no ha mucho que le debí la libertad y la vida, y sus años le aseguran el respeto de todos, no sé en qué estuvo que no le arrancase la lengua con que me lo dijo y el corazón por las espaldas. Voy viendo que no mintió; pero aun me quedan tantas dudas que, si vos nó rne las- desvanecéis, nunca llegaré a creerlo. -Cuanto os ha dicho es la pura verdad- -respondió doña Beatriz- Id con Dios, y abreviad esta conversación, que sin duda será ía postrera. -La postrera será, sin duda? guna- -repuso él con el mismo acento- pero fuerza será que me picáis. ¿Que es verdad decís? Lo siento por vos más que por mi, porque habéis caído de un modo lamentable y me habéis engañado ruin y bajamente. ¡Ah! No... -exclamó doña Beatriz juntando las manos- ¡Nunca... -Escuchadme todavía- -dijo don Alvaro interrumpiéndola, con uji gesto duro e imperioso- Vos no sabéis todavía hasta dónde ha llegado el amor que os he tenido. Yo no había conocido familia ni más padre que mi buen tío, y vos lo erais todo para mi en la tierra, y en vos se posaban todas mis esperanzas a la manera que las águilas cansadas de volar se posan en las torres de los templos. ¡Ah! Templo y muy santo era para mí vuestra alma, y cuando la dicha me abrió sus puertas, procuré despojarme antes de entrar en él de todas las fragilidades y pobrezas humanas. Con vos mi vida cambió enteramente: los arrebatos de la imaginación, las ilusiones del deseo, los sueños de gloria, los instintos del valor, todo tenía un blanco, porque todo iba a parar a vos. Mis pensamientos se purificaban con vuestra memoria: en todas partes veía vuestra imagen como un reflejo de la de Dios, procuraba ennoblecerme a mis propios ojos para realzarme a los vuestros, y os adoraba, en fin, como pudiera haber adorado a un ángel caído que pensase subir otra vez al cielojpor la. escala mística del amor. Tenía por divina la fortuna de encontrar. gracia éñ vüe stfos ojos 7 p imaginándoos una criatura más perfecta que la de la tierra, sin cesar trabajaba mi espíritu para asemejarme a vos. Saben los cielos, sin embargo, que (ConHnuargj) -28-