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El S EflOR DE B E M B I B R E ÍCONTÍNUACIOHJ NOVELA POR ENRlÓUE GÍt Y CARRASCO se rebullía o quejaba; pero nada oyó. Vamos- -dijo para sí y de estimar su brillante valor, de que tan fresca memoria déde esta vez sus melancolías han podido menos que el sueño, jaba. La mesnada volvió a sus prados y montañas nativas llena y cuando despierte, Dios mediante, se ha de encontrar otro. de luto y tristeza por íá muerte de su; señor, verdadero i padre Aguardó, pues, otro rato bueno, durante el cual comenzó a de sus- vasallos, y por la de tantos otros hermanos de armas, cuinquietarse, pensando que tanto dormir podría hacer daño a vos huesos blanqueaban ya a la luna en los áridos campos de su señor; pero pasada una. hora y media ya no pudo contener Castilla. Millán los dejó atrás y se adelantó a llevar a Arganza su impaciencia, y metiendo la llave en la cerradura y dándole y a Ponferrada la fatal nueva. vuelta con mucho tiento, entró en puntillas hasta la cama de don Alvaro, y después de vacilar todavía un poco, se decidió a CAPITULO XVI llamarle, meneándole suavemente al mismo tiempo, Don Alvaro ni se movió ni dio respuesta alguna, y Millán, de veras Doña Beatriz, como dejamos dicho, volvió a la casa paterasustado, acudió a abrir una ventana; 1 pero ¡cuál no debió de na en medio del regocijo de los suyos, queui l a n í a srazones te- i t tantas- i i i iiiv- uiu ux- j. 4 c u v i j u vi s j u y jJt V J t a unv. ser suinanimado y frío, apartados cuando vio eldesgarradas las n í a n p a r a estimarla. Su padre, como deseoso de borrar las paasombro y consternación los vendajes, cuerpo de su señor sadas violencias, o bien convencido de que poco valían para heridas y toda la cama inundada en sangre! sojuzgar un ánimo tan esforzado, la trataba con la antigua bonAl principio se quedó como de una pieza, agarrotado por el dad, sin mentarla siquiera sus proyectos favoritos. El conde de espanto, la sorpresa y el dolor; pero en cuanto pudo moverse, Lemus, que frecuentemente era huésped de la casa, penetrado sin, salió dando gritos, y con los cabellos erizados todavía, por duda de los mismos sentimientos, o por mejor- decir, convencilos corredores del castillo. Al ruido acudieron algunos hombres do de que otro era el camino que llevaba al, logro de sus afade armas y criados, y, por último, el mismo; Lara segui- nes, escaseaba sus visitas a doña Beatriz y había trocado sus do de Ben Simuel. Millán, ahogado por los sollozos que por importunidades en un respeto profundo y en una deferencia fin habían podido abrirse paso, por medio de su estupor y siempre cortés y delicada. La urbanidad de sus modales y la asombro, les condujo hasta el lecho de su malogrado amo, y profunda simulación de su carácter, acostumbrado a los más cayo sobre el, abrazándole- estrechamente. -Don Juan no pudo tortuosos caminos, le ayudaron eficazmente en la difícil tarea contener errante v tremenda- que dirigió una mirada y tremenda. iup diriE- io a su mé me- Je cambiar la opinión que, acerca de Su persona y sentimiendico; pero recobrándose al punto y revolviéndola fieramente al- tos, había formado doña Blanca. Doña Beatriz, sin embargo, rededor y fijándola alternativamente en sus saldados y en Mi- nunca podía acallar la voz que repetía en sU memoria las frías llán, mandó a éste, con voz imperiosa, que ccjntase lo que y altaneras palabras de aquel hombre en el locutorio de Villahabía sucedido. Así lo hizo con toda la sencillez e ingenuidad buena. Harto bien to conocía él, y por eso todos sus conatos de su dolor, hasta que, llegando a decir cómo había dejado se dirigían a lavar esta mancha que, sin duda, le afeaba a los solo a don Alvaro, el judio, que había estado registrando el o j o s je j a j o v e n y p o r último, fuerza es confesarlo, a pesar de cuerpo, se volvió a él con los ojos airados y le dijo: la dureza y frialdad de aquel alma, el candor y la belleza de: ¡Mira, desgraciado, mira tu obra! Tu amo, en un ensueño doña Beatriz, habían llegado a penetrar en ella por intervalos o en un acceso de delirio, ha roto sus vendajes y se ha desan- y cotí un vislumbre nuevo y desconocido, que a veces suavizaba grado. ¡Cómo dejar solo a un caballero tan. mal herido! su natural aspereza. i El desdichado escudero empezó a mesarse los cabellos hasr Gomo suele acontecer a personas arrastradas por una; pata que, empleando Lara su autoridad, logró que acabase su sión, la señora de Arganza se había sqstentdo con, particular relación, y entonces condolido de su pena, le dijo ¡entereza, a pesar de sus achaques, mientras duró la enferme- -Tu no has hecho sino obedecer a; tu señor, y, en nada eres dad J convalecencia de su hija. El dolor y la alegría, sucesivaJ- y 1. -1 i. TM J T culpable. Además, todos nos hemos engañado: ¿quien no creía mente, le habían dado fuerzas, y sólo cuando ambos extremos a este noble mancebo libre ya de todo riesgo? ¡Dios ha querido fueron cediendo, la naturaleza recobró su curso con todo el afligirme permitiendo. que un castilla m o fíjese testigp de. se- ímpetu consiguiente a tan larga comprensión. Así, pues, cuanmejante desgracia! Manana se dará sepultura a este ilustre do doña. -Beatriz volvió, no ya a -i- -t- -i- -porque esto J J r 1... su natural robustez, caballero en el panteón de. este castillo. r. v l d. a estK 1 sei no. llegó, a. suceder, sino en sí, su madre comenzó a flaqueaf, y al 7 T No h a d e s e r asV p o y r- -le interrumpió pOC o tiempo se postró- enteramente- al rigor de sus dolencias, antes entregádmelo a. mí para que lo lleve a Bembrtre D. e. esia- suerte, ehvivo rayo de contento que había iluminado a mi para Bembitiré illan y lo entierre con sus mayores. ¡Válgame Dios- -exclamó en voz a q u e lla noble familia, tardo poco en obscurtcerse- det todo; y de imperceptible- y qué responderé a su tío el maestre y a doña nuevo comenzaron las torturas y congojas de la incertidumbre. Beatriz cuando me pregunten por él! Tenían los males de doña Blanca intervalos frecuentes- -El cuerpo de don Alvaro- -replicó don Juan- -descansará y lúcidos en que su razón se despejaba; pero entonces u a me. r i y lúcidos en que su razón se despejaba; pero entonces una meen este castillo hasta pueda restablecida con paz y los caballeros samientos. profunda se derramaba Ijerna, pero humilde y apacifunestas disensiones, que yo mismo, la todos acabadas estas ¡ancolia Su alma apasionada y en todos sus discursos y pehde mi casa y mis aliados, trasladarlo al panteón de su familia, ble, no había conocido más camino que la resignación, ni más ino con la pompa correspondiente a su estirpe y alto valor. norte que la obediencia. Habíase inclinado vivamente a don AlComo esto parecía redundar en honra de su malogrado señor, varo mientras su voluntad había caminado de acuerdo con la de y, por otra parte, como sabía que don Juan Núñez era absolu- su noble esposo, y aun le conservaba una afición involuntaria to en sus voluntades, hubo de conformarse con lo dispuesto. a pesar de ILJ, desavenencias ocurridas; pero últimamente la El cuerpo de don Alvaro estuvo todo aquel día de manifiesto fuerza que toda su vida había preponderado en su eápífitú, en la capilla del castillo, acompañado del inconsolable escude- acabó de ladearla hacia la, voluntad manifiesta de su esposo. ro, y escoltado por cuatro hombres de armas que de cuando En un carácter tímido y sosegado como el suyo, la idea de nueen cuando se relevaban. El capellán extendió la fe de muerto v a s discordias entre el padre y la hija era una especie de pecorrespondiente, y aquella misma noche deposito en la bóveda sadilla que continuamente la estaba oprimiendo. También en del castillo, en sepulcro nuevo, los restos de aquel joven Su juventud habían violentado 4 inclinación, y al cabo, llosc i iirt su j y b s cuidesdichado. dados domésticos, la conformidad religiosa y el amor dé sus, sus, Al día siguiente, Millán se p presentó a don Juan para que le hijos l hbían p r o o r i n d g, t de sentóda u é Juan lpara queh don de aabar muco hijos le habían proporcionado momentos d reposo y aund é le dés pemi d o l e al B i e o y p u diese permiso de volver al Bierzo, y despus d a b m S W ¿i íi lleno quién sería bastante audaz para lo que pasa apagadas las ni su fidelidad, se le otorgó, acompañándolo de un bolsillo n felicidad. ¿Quién puede adivinar asegurar queen el corazón, teoro de oro. r rribles llamaradas de la juventud, su hija no acabase por agra- -Muchas gracias, noble señor- -respe, dio el rehusando- d e c e r l a solicitud dé su padre, consolándose como ella se lo- Don Alvaro dejo hecho su testamento al venir a esta des- había consolado- v resocijándose por último de deiar a susdesdej- Don Alvaro último dejar a a b i a consolado -y- regocijándose venturada guerra, y estoy seguro de que habrá mirado por su hcendientes un nombre ilustre y las riquezas que siempre lo pobre escudero, de cuya fidelidad estaba él bien seguro. realizan? El mal concepto que en un principio había formado- -Eso no importa- -replicó don Juan, hadándole tomar la del conde se había ido desvaneciendo, gracias a la perseveranbolsa- tú eres lín buen muchacho, y además el único placer cia, artificio y destreza de, su conducta, y la btíena señora juzde que disfrutamos los poderosos es el de dar. gaba que lo mismo debería acontecer a su hija. Millán salió entonces del castillo, y yendo a encontrarse con Por desgracia, todos estos argumentos que tanto peso tenían Kobledb, le contó la tragedia acaecida. La noticia, que al ins- en una índole como la suya, nada tenían que vj? r con la eléro tante corrió por el campo, llenó de disgusto a todos, porque- si bien na vitaban a don Alvaro con cariño no por eso dejaban (Coñtim éi) -24-